
En 2008 el Goya a la Mejor Película fue para Camino. En 2026 lo ha ganado Los domingos. Entre ambas películas ha pasado toda una mayoría de edad (18 años), pero el contraste es más cultural que cronológico.
Las dos producciones españolas orbitan en torno a un mismo territorio: la experiencia religiosa, la fe vivida en contextos concretos, el choque entre conciencia individual y entorno. Sin embargo, el punto de vista de sus directores es muy distinto.
Camino, dirigida por Javier Fesser, fue una película de causa de martirización. Incómoda, dura con una de las partes implicadas, deliberadamente crítica. Tenía la forma del drama social y el pulso de un alegato contra la Iglesia católica. Su mirada era frontal, casi quirúrgica. Funcionaba desde la denuncia y el desgarro. La vieron en salas unos 250.000 espectadores.
Fesser es un director enorme, especialmente reconocido por la comedia. De hecho, también ganó el Goya a la Mejor Película con Campeones en 2019, y ese añovimos en tres dimensiones todo el potencial de la mirada misericordiosa y empática para embellecer los temas sociales con un don particular. En aquella cinta, su talento se expande con libertad y ternura. Pero el drama social exige una complejidad que no siempre cabe en la lógica del señalamiento.
En 2026, Alauda Ruiz de Azúa ha hecho algo distinto con Los domingos que aplaude la audiencia y, por lo que se ve, también la Academia de Cine. Ella dirige películas que no entran a la tentación de juzgar. Su pasión por comprender lo enmarca todo. Ella no construye una tesis, sino personajes con unos diálogos que continúan cuando salimos del cine. Alauda nunca dispara desde fuera; se aproxima desde dentro, casi de puntillas, con una profesionalidad más propia de una experta en esterilización de quirófanos.
Los domingos ni blanquea ni idealiza. Escucha. Entiende. Se hace preguntas maduras. Tampoco caricaturiza. Observa. Y permite que cada personaje tenga razones, miedos y contradicciones. Esa honestidad, lejos de enfriar el relato, lo hace más universal. En enero ya superaba los 620.000 espectadores erigiéndose también como líder de una tendencia cultural, muy de la mano de Rosalía.
Evidentemente, algo ha cambiado en la forma de contar lo religioso.
Da la impresión de que los que disfrutamos el cine español preferimos propuestas sin trincheras, hastiados de tanta polarización. Es probable que a los propios directores y directoras les interesen cada vez más los relatos creíbles. En este caso, que asuman que la fe -como la duda- forma parte de la experiencia humana y no de una guerra ideológica permanente.
La vocación, el musical
Otro fenómeno parecido en éxito social y temática trascendental fue La llamada, de Javier Calvo y Javier Ambrossi. En aquella película marchosa, María y Susana son dos adolescentes rebeldes, apasionadas por el reggaetón y el electro-latino, internas en el campamento cristiano “La brújula”. A María se le aparece Dios cantando canciones de Whitney Houston. La vocación irrumpe en clave musical.
La película -adaptación del exitoso musical homónimo de 2013- funciona como un festival de colores. Es pop, es ritmo, es identidad en construcción. La fe aparece con respeto, pero también envuelta en una estética que convierte la llamada interior en una cabalgata. Más de 300.000 espectadores en cines y en televisión rozó las cifras de Los domingos. Y, sí, probablemente hablaba el lenguaje emocional de su generación.
En La llamada, la vocación se asocia a la afirmación personal y, de manera explícita, a la identidad sexual. Hay frescura, hay irreverencia amable, hay celebración. Pero el fenómeno religioso es más un asunto de carnaval.
En el trabajo posterior de los Javis, especialmente en La Mesías, esa asociación entre lo religioso y lo excéntrico —lo excesivo y lo friki— se mantiene, aunque con más oscuridad. Hay fascinación estética por lo espiritual, pero se narra con una distancia irónica.
Los domingos, en cambio, no convierte la fe en espectáculo ni en símbolo generacional. La trata como una experiencia compleja que atraviesa familias, afectos y silencios. No la celebra ni la combate. La interroga en directo con una profesionalidad digna del periodismo más romántico.
El Goya de Los domingos puede ser una cuestión pasajera. El año que viene, una monja asesina o un cura pederasta pueden asaltar las taquillas y las alfombras rojas del cine español, porque la cultura es esencialmente imprevisible. Pero, al menos en 2026, da la impresión de que la Academia de Cine y el público han coincidido en relevar el gesto enfático por la voluntad de comprender. Eso, en un país donde la fe es raíz, sentido de la vida, tradición, familias, sed, y también trinchera y chiste, es un no-a-la-guerra como un templo.
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