Arrimadas: F5 y ‘flash back’

Fotos: Álvaro García Fuentes

Septiembre de 2015. Flash back. Inés Arrimadas es “sólo” candidata a la presidencia de la Generalitat de Cataluña. La voz de Ciudadanos en el Parlament con aspiraciones y talento. Llegaría a convertir a los naranjas en la segunda fuerza en esas mismas elecciones del 27-S. 

Cinco años después, Arrimadas es la presidenta de un partido con sus altos y sus bajos. Necesario, en mi opinión, para los contrapesos de esta política nacional de bipartidismo polarizado y hartazgo social. Ahora de baja maternal -enhorabuena, Inés-, es probable que Arrimadas tome aire y piense en cómo volver al terreno de juego con más relevancia que la que representan diez diputados en la Cámara Baja.

Pienso en voz alta. 

Desde aquella entrevista de hace cinco años donde nos reímos y brindamos con rebujito, Inés ha madurado políticamente, y también se ha distanciado un poco de la calle ciudadana. Se la ve seria. Como insegura. Mucho más insegura de lo que estaba en 2015. Estoy convencido de que es una mujer valiente y con capacidades por encima de la media de lo que vemos en la política española. Pero le falta naturalidad, perder el miedo a quedar mal, a salir con el pelo movido en una foto, a que la vean corriendo por el Retiro… Quizás sin darse cuenta, una mujer que vino a refrescar el panorama político de la mano de Albert Rivera se está convirtiendo en una señora-mayor y desaprovecha todo lo potente que tiene mostrar la juventud, la simpatía, la verdad en un escenario político tan prediseñado. 

Animaría a la presidenta de Ciudadanos a ser la que era en 2015, pero con la experiencia de 2020. Entiendo que las responsabilidades crecen y la prudencia dosifica las formas de ser, estar y aparecer. Pero la naturalidad me parece una gran virtud para la nueva política que demanda la nueva normalidad. Es compatible ser rotunda, clara y coherente, con sonreír más. Es compatible ser la única mujer presidenta de un partido político en España y pisar fuerte sin miedo a meter la pata. Si se mete la pata, se pide perdón, y se sigue. Es gratis y ejemplar. La sociedad no pide políticos perfectos, sino auténticos. 

Arrimadas debería conseguir salir de la torre de marfil a la que tienden las cúpulas de los partidos. Debería dejarse ver muy cerca de sus diez diputados sin parecer en un estrado superior. Debería salir más al asfalto, pasear a Álex, hacer deporte sin miedo al paparazzi, tomarse una caña o ir al Congreso en zapatillas de deporte para ponerse los tacones cuando pise suelo institucional… Como muchas mujeres y muchos hombres de su edad.
Arrimadas es también la voz de una generación en la que Pablo Casado y Pablo Iglesias ya se han hecho demasiado viejos.

Ella está a tiempo de mirar a Jacinda Ardern y sonreír más a cámara con la naturalidad de Jerez, la experiencia de Cataluña, y la sartén por el mango de Madrid. Creo yo. Lo sugiero con carácter constructivo, porque me parece que hay mucha madera en esta mujer. Y tengo mis dudas que sus asesores se lo digan todo. La naturalidad de Edmundo Bal en esta conversación me conquistó para siempre.

Deseando una nueva entrevista larga y a fondo. Quizás la entrevista política que más he disfrutado, junto a la que le hice a Núñez Feijóo. Cuando alguien va por la vida sin prejuicios y sin argumentarios gana mucho. 

El Prado, un museo del pueblo con 200 años y la salud de la eterna juventud

Reportaje publicado en la revista Influencers en septiembre-noviembre de 2019

El próximo mes de noviembre el Museo del Prado soplará 200 velas, una detrás de la otra. Desde que arrancó 2019 el mundo entero ha puesto su foco en esta pinacoteca, una de las más importantes del globo. Es martes, temprano, y su director adjunto de Conservación e Investigación, Andrés Úbeda, nos ofrece un paseo por sus salas, llenas de arte y de luz, antes de que los visitantes lo inunden todo. Porque, por ejemplo, solo en 2018, más de tres millones y medio de personas disfrutaron de la joya de la corona de la cultura española, casi un 2,5% más que en 2017. Esa es la tendencia.

Hemos quedado en el recibidor de Los Jerónimos. Úbeda es, a la vez, el médico, la sala de máquinas y el escaparate de este museo bicentenario donde trabajan 500 personas. Se encarga de la conservación de las pinturas, del taller de restauración, del análisis de diagnóstico de las obras de arte, de la biblioteca, la documentación y de las exposiciones temporales.

Pasilleamos a susurros entre Murillos, Goyas y Velázquez. A solas. Dentro solo opera a estas horas esos servidores públicos que tienen la suerte de ejercer bajo techos así de únicos. Se nota que el personal del museo está feliz con este cumpleaños, con el reconocimiento universal y con el futuro que le espera por delante al Prado más vergel.

El museo de todos los españoles

Úbeda, además, está muy contento con el desarrollo de esta larga onomástica. En su opinión, los grandes objetivos del Prado en 2019 se centran en asentar la idea de que estamos ante un museo de todos, “no del Gobierno, o de Madrid. Por ley, y por derecho propio. Cada una de las piezas de este museo pertenece a todos los españoles. Esto no es una declaración de intenciones. Estamos desarrollando políticas concretas. Ahora mismo hay obras maestras de nuestro catálogo en todas las comunidades autónomas y la mayoría están en museos de acceso público. El Prado es la institución más descentralizada del Estado español”.

Una de las características del Prado es su libertad de movimiento, con directores no políticos que han sabido gestionar esta casa como un patrimonio común. Gracias a un pacto parlamentario entre PP y PSOE, el Prado está fuera de la liza política, y eso le da una soltura especial dentro de las instituciones culturales públicas.

Los 200 años de su inauguración coinciden con dos aniversarios más que el Prado quiere subrayar. Por un lado, este año se celebra los 150 años de la nacionalización del museo, “el momento en el que dejó de ser una colección de los Reyes de España para convertirse en lo que es hoy”. Por otro, en agosto hará 80 años ya del retorno de los cuadros que abandonaron su casa con la Guerra Civil, una ocasión plástica para trascender las heridas.

Dentro de 50 años

A sus 200 años, el Prado es un espejo lustrado donde nos miramos todos los españoles, y es también un reflejo de la generosidad de muchas personas que con su trabajo o sus donaciones han ido mimando esta institución para que no envejezca nunca.

-¿Cómo ve el Museo del Prado de dentro de 50 años?

Responde Úbeda: “El Prado de dentro de 50 años es inimaginable. Esto va muy rápido. Lo que parece evidente es que será más virtual y menos presencial. Sí podemos hablar con más acierto del museo que deseamos para las próximas décadas: un Prado más inclusivo, donde los sectores de la sociedad que aún no se sienten concernidos se integren en esta casa de manera natural. Queremos que ese 30% de españoles que nunca han entrado en el museo den el paso, aunque sea por curiosidad”.

El Prado de las próximas décadas seguirá progresando también en su colección con más arte contemporáneo. Ahora mismo el límite temporal está en los años 20, con Sorolla, “pero ya notamos el cariño de mucha gente en forma de donaciones y de ahí vendrán cuadros para ampliar nuestra colección en el futuro. En ese camino hacia adelante empezaremos desde cero, y habrá un día en el que quedará claro que el Prado, como museo vivo, requerirá en sus paredes la continuidad del siglo XX”.

Más allá de avanzar en el contenido y en las formas de exponerlos, en las fechas de sus obras y en las manera de abrirse a públicos tan diversos, el museo del pueblo tiene también grandes retos que se divisan ya por el retrovisor, como remarca Úbeda: mantener el nivel de la exposiciones en un contexto “en el que cada vez son más difíciles y más caros los préstamos de obras de otras instituciones”; preparar al visitante para que entienda lo que expresan las obras de arte, “porque la pérdida de la cultura religiosa se nota mucho, y sin ese conocimiento no se entiende el museo.  Además, actualmente la mayoría de nuestros visitantes son extranjeros, y no conocen nuestras raíces y nuestra historia, imprescindibles para disfrutar al máximo del arte que cuelga de nuestras salas”.

El Prado del presente y del futuro se abre ya a los temas sociológicos candentes en la calle, como las cuestiones de género. En 2020, por ejemplo, expondrá bajo su techo la primera exposición dedicada a la presencia de la mujer en la pintura del siglo XIX, “que estoy seguro que va a ser una muestra sorprendente”.

Modernidad y tradición

Conviven hoy dentro de estos veteranos muros la pintura renacentista de Fra Angelico y los hierros humanos contemporáneos de Giacometti. El Prado es un diálogo entre todo lo que ha sido y todo lo que será. Entre todo lo que ha sido España y todo lo que será nuestro país. Para que nadie se pierda, explicaciones sencillas pero esenciales acompañan a cada obra. Audioguías en ocho idiomas acercan sus entrañas al mundo entero. Circuitos adaptados a públicos diferentes pueden descargarse desde su página web. Un museo abierto. Un museo listo para salir del museo.

El Prado influye en la cultura española y en el arte universal. Su prestigio -cuenta Úbeda- hace que su voz se oiga también fuera. Su acierto ha sido escuchar antes que proponer y esforzarse cada curso en hacer propuestas tan atractivas que más de 40.000 personas por el mundo portan con orgullo su carné de Amigos del Prado. Es un buen reflejo de cómo la responsabilidad social se hace cómplice de sus referencias culturales para sostenerlas entre todos. Aquí caben entendidos, novatos, mayores, escolares, españoles, extranjeros. Abierto al mundo y al futuro, el Prado navega rejuvenecido las aguas de todos sus tiempos.

Entre sala y sala, contemplando y escuchando, entre la boca abierta y las preguntas, hemos andado por este museo cinco estrellas conversando sobre la historia y sobre las esperanzas de avance que albergan las personas que dirigen con batuta futurista una institución cultural de este calibre. Un lujo estético. Salimos por la puerta de Los Jerónimos. Quedan unos minutos para que el Prado abra sus puertas de par en par y la cola de visitantes da la vuelta al edificio. Se nota la impaciencia, las ganas de dejarse sorprender por la estética, la ilusión de poner un pie en este punto de ignición universal de la Historia del Arte. Un guitarrista callejero anima la espera tocando los acordes de Entre dos aguas. Las aguas de los 200 años. Las aguas de la eterna juventud de un Prado en permanente efervescencia.

CINCO GUIÑOS AL AYER Y AL MAÑANA

Cada vez que le preguntan a Andrés Úbeda, director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado, cuáles son sus cuadros preferidos, elige opciones diferentes. Todo depende del contexto. Hay mucho donde elegir y no se pueden poner puertas al campo de la belleza. Hoy le hemos pedido que nos presente sus cinco propuestas que reflejen bien la tradición y la modernidad que rebosan de estas paredes. En mitad de junio, casi en el ecuador del bicentenario, estas son sus elecciones para los lectores de Influencers:

1. Sala de El Bosco. Más que El Jardín de las Delicias, Úbeda se queda con la sala entera, donde también brilla con luz propia el Tríptico del carro de heno. Apuesta así “por la singularidad del pintor, que hace lo contrario a lo que muestran el resto de artistas del museo al exponer pinturas religiosas que no lo parecen, porque él no se fija en lo imitable, sino en la rechazable”. La exposición de 2016 con motivo del quinto centenario de la muerte de El Bosco ha sido la más visitada de la historia del Prado, al menos desde que se registran los datos de audiencia.

2. Vestir el Prado. Más que una obra que cuelgue de las paredes de esta casa, Vestir el Prado es el origen de una coyuntura: en plenos festejos del bicentenario, los desperfectos del granito que corona el edificio requirieron una intervención urgente. Los andamios conquistaron el exterior “y haciendo de la necesidad, virtud” se colocaron lonas q ue ilustran detalles de telas pintadas que forman parte de las grandes obras maestras del museo. Al final, el edificio se ha vestido de modernidad casi por accidente, y el Prado logra uno de sus objetivos prioritarios: sacar su arte al exterior para que nadie permanezca ajeno a la belleza que late dentro. Estas lonas se han convertido en una obra efímera costeadas íntegramente por El Corte Inglés.

3. El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Esta obra de Antonio Gisbert de finales del siglo XIX se ha convertido en un icono del 150 aniversario de la nacionalización del Prado. Úbeda personaliza en este lienzo el interés del museo por hablar de frente a todos los españoles, “porque cuenta la historia de un patriota, de una persona que fue un héroe por su país y, por tanto, un personaje reivindicable para la Historia de España”. Es el único cuadro encargado por un presidente del Gobierno -Sagasta- exclusivamente para el Museo del Prado. La sala que acoge este cuadro de amplias dimensiones ha sido contextualizada con otros lienzos y objetos que explican la historia de Torrijos.

4. Juan Bautista de Muguiro. Retrato ubicado en la sala de los fusilamientos de Goya. Se trata de una obra pintada en 1827, un año antes de la muerte del consagrado artista, “y que, sin embargo, recoge toda la técnica del pintor, y todas sus ganas de vivir. Es un cuadro que refleja bien que Goya fue un pintor que no se resignaba a dejar de aprender”.

5. Sala 12. Giacometti invade con naturalidad el espacio de Las meninas. Terminamos este recorrido peculiar por el Prado en la sala 12, que lleva más de un siglo ocupada por las grandes obras de Velázquez. En las paredes de este óvalo, además de Las meninas, reyes, reinas y príncipes ecuestres deslumbran en la sala. En medio, una intervención agresiva que resulta muy natural. Sobre una tarima circular, esculturas de Giacometti campan a sus anchas como si estuvieran aquí desde hace mucho tiempo. La convivencia entre modernidad y tradición del Museo del Prado se expresan solas contemplando este diálogo artificial que es un desiderátum de los dirigentes del museo hecho arte.

Richy Castellanos: El hombre que susurraba lealtad a los famosos

Entrevista publicada en la revista Influencers de enero-febrero 2020.

Después de 26 años, cerca de 3.500 eventos, uno 4.000 contactos VIPS, y mucho trabajo, el sueño del relaciones públicas número uno del país es este: reunir sobre las tablas del Madison Square Garden a Camarón, Paco de Lucía, Michael Jackson y Julio Iglesias, y contar con actuaciones especiales de Amy Winehouse, Barbra Streisand, Shirley Bassey y Mina. Es el deseo imposible, salvo milagro de la tecnología, de un hombre que está muy cerca y muy al quite de las estrellas, que lo ha hecho casi todo en las alfombras de los eventos y que aspira a convertir la confianza de los famosos en su viaje por otros 26 años detrás del telón, pero con la luz propia del reconocimiento masivo a la discreción y eficacia de su oficio.

Álvaro Sánchez León (@asanleo)

Dicen que todos los hombres tienen un precio, pero la moneda de Richy Castellanos es la lealtad. Por eso lleva una boda de plata larga ofreciendo a los famosos de España la red de su confianza, el respeto de su discreción y un sigilo sobre lo que ve y lo que oye que se acerca al secreto de confesión. Un relaciones públicas con estas señas de identidad y el valor constante del trabajo bien hecho es un tesoro.

Un casco de obrero sobre el esmoquin. Muchas horas de acción, reacción y repercusión en cada pajarita ajustada. El lustre de la pasión por un oficio “oscuro y difícil, en el que es importante tener claros los principios para no ahogarse”. Un móvil en efervescencia, miles de eventos y miles de contactos VIPS que le llaman, se ponen y se aprecian. En una hora de conversación, de pasada, sale que “anteayer hablé con Julio Iglesias”, “mira este audio que le acabo de mandar a Rafa Nadal felicitándole por su boda”, “hoy he quedado a comer con Josema Yuste”, “toca cenar con José María García”, “acabo de organizar la presentación del libro de Andrés Pajares”, “estoy colaborando una vez más con el especial fin de año de José Mota”, y “tengo que ir cerrando el partido de famosos a favor de los niños con Síndrome de Down de Prodis. Este año colaboran Vicente del Bosque y Javier Gutiérrez”.

¿Cómo se gana la confianza de la gente que está en la cumbre?

-En la cumbre, en realidad, hay pocas personas. Muchos están en ese entorno, pero son pocos los que rozan de las estrellas.  Si trabajas bien con gente importante, ellos lo agradecen mucho. Valoran que guarde su intimidad, que sea honesto y que vaya con mis principios amueblados por delante. La transparencia y el cariño auténtico lo pueden casi todo.

Richy Castellanos nació un 11-S, y se pasa el día entre torres gemelas que brillan, cuidándolas para que nadie las destruya. “Perfeccionista y tenaz”. Su obsesión sana es “no defraudar a las personas que requieren sus servicios, aunque esto no es un veni, vidi, vinci”. Su estrategia: “estar muy cerca, sobre todo en los momentos complicados, y estar al quite, como los grandes banderilleros que están junto al matador”, hasta que lo que empezó siendo una relación laboral se convierte en feeling, detalles e intuición “para dar siempre lo que cada uno necesita, aunque no lo pida”. Con esa fórmula de empatía sincera “tengo el placer de haber estado en las casas de casi todos los artistas de este país, y algunos del extranjero”.

Seguro de sí mismo. Ajeno al óxido. Más conectado a los nombres y apellidos del DNI que a los nombres artísticos en un escenario en el que todos se arriman a las estrellas para pedir: la cartera, una foto, un favor, un milagro, un sueño, la luna.

“No soy de la prensa rosa”

A Richy Castellanos se le quedó grabado algo que le escuchó a Paco de Lucía: “No sé de nada, de casi nada, pero sé un poquito de lo que hago”. Y él sabe de tratar bien a las personas, de garantizar su confianza, “y cuando hay confianza, ellos mismos te abren su corazón”. También sabe de separar vida pública y vida personal en un ámbito en el que codearse con las estrellas podría suponer un plus de ingresos: “Sé miles de intimidades de artistas que ni me van, ni me vienen, porque no soy de la prensa rosa. Todo el mundo sabe que en mi vida iría a un programa de cotilleos de la televisión. Prefiero perder ganando que ganar perdiendo”.

26 años remando en esa dirección con constancia han visto crecer este huerto florido lleno de amistades. “La seriedad en el trabajo es lo que te abre las puertas para tener un millón de amigos, como dice Roberto Carlos, y lo que hace que mucha gente me llame sin pedirlo”. En el fondo, después de tantas luces cercanas que han brillado intensamente y luego se han apagado de sopetón, Castellanos valora mucho ir por la vida profesional “a portagoyola”: de cara, pero toreando los cuernos de la falta de ética poniéndose de rodillas ante la dignidad de las personas con las que trata por encima de sus personajes.

Dice que “si te metes en alerta roja, el barco se hunde y nadie te ayudará a sobrevivir” que, en el fondo, es lo mismo que decir que defraudar por un plato de lentejas es el primer paso hacia el ostracismo en un oficio donde la verdad en el cara a cara es la clave del prestigio. Por eso, como dice Pedro Ruiz, “Richy no conoce a todos los famosos, pero todos los famosos conocen a Richy”.

Castellanos sabe que “la vida de un artista es muy difícil, porque se construye a largo plazo. Mi experiencia es que la elegancia, la clase, la personalidad, la casta y el saber estar son las señas de identidad de los que consiguen permanecer”. Reivindica valores humanos – “humildad, temple, el arte de tratar bien a las personas, la calma…”- que ennoblecen a la persona que late dentro de un famoso como esencias del currículo oculto de las estrellas, sobre todo, para que las caídas y los fracasos no sean tan estrepitosos, y para saborear cada escalón arriba siendo agradecidos y reforzando la ilusión por dar un do de pecho cada vez que se trabaja.

Serio en su oficio. Bromista en las distancias cortas. Su sabiduría popular está llena de respuestas con refranes y versos de canciones de siempre. Quiso ser futbolista, y ahora se dedica a regatear en el área de los monstruos de la fama ajena, cubrir a los delanteros con prestancia social y meter goles con eventos por la escuadra. Quiso ser flamenco, y ahora rasga las cinco cuerdas a la vez para que las estrellas no se pierdan en el Olimpo de las distancias humanas enfriadas, taconea sobre las dificultades, intuye el quejío y logra que el público toque las palmas. Por el camino, se ha hecho amigo de grandes futbolistas –Maradona, Butragueño, Martín Vázquez, Raúl, Guti, Íker Casillas, Fernando Torres…- y de grandes flamencos como Camarón, Paco de Lucía, Tomatito o Vicente Amigo

Después de 26 años en la tarima del backstage, Richy Castellanos sigue con la ilusión de la primera vez. Contento. Entrenado para mirar, escuchar, oler, tocar y sentir lo que otros no intuyen ni de lejos. Cuando se apagan los focos, él sigue ahí. Cuando se encienden las famas, él está en la otra cara del tapiz. Cuando se visten los trajes de noche y cuando los esmóquines se llevan al tinte. Cuando un famoso se pone el chándal de andar por casa y los tacones son alpargatas. Antes, durante y después, como una pila Duracell que da energía sin luz propia, rodeado de amigos con galones, el Richy que encendió la luz por ser el primero, la apaga el último.

Si una noche, al llegar a casa, después de descalzarse el glamur, Castellanos se toma un cola-cao con galletas, sepan ustedes que no es una inercia costumbrista. Esa receta ordinaria que tan bien representa al hombre a gusto en su casa, es el broche de oro sobre un trabajo bien hecho. Si sus amigos-estrellas prosiguen sus caminos, con buen rumbo, por la Vía Láctea, en una galaxia paralela, él duerme a honestidad suelta detrás del telón.

LOS MITOS DE CARNE Y HUESO DE SU PASEO DE LA FAMA

De entre todas las personas a las que Richy Castellanos ha tenido la oportunidad de conocer, algunos nombres propios tienen un realce especial en su paseo de la fama. Ahí están Camarón, “un vanguardista que no hablaba mal de nadie y cantaba como los ángeles”; y Paco de Lucía, “un genio universal”; y Maradona, “el Walt Disney del fútbol”; y Rafa Nadal, “el mejor deportista de todos los tiempos”. Ahí están dos de sus mejores amigos: José Mota –“una bellísima persona”- y Santiago Segura: “dos cracks de la interpretación”. Ahí están tres amigos que le deben, incluso, haber conocido a sus mujeres: Raúl González, Guti y Carlos Moyá.

Están también Alejandro Sanz, “el revolucionario de la música” o Ana Obregón -“mi gran amiga”- y una de las primeras que le ofreció su confianza cuando era 1993, y él se abría paso en la selva de la mano de Los Chungitos, Pedro Ruiz, Luis Cobos, Julio Sabala o Azúcar Moreno. Y andan también sus padres, “que son las personas que más me han influido en esta vida”, y Dios, “mi fan número uno, y el que me da salud, trabajo, amistad, y confianza en mí mismo para seguir adelante en este mundo complicado del espectáculo”.

José Coronado | Laureles de galán, podios de honesta madurez

Entrevista publicada en la revista Influencers de noviembre-diciembre 2019

Coronado de prestigio, de proyectos, de presente, de futuro, de pasado, de cuerpo y de alma. Con ese rostro que lleva dentro de nuestras casas desde hace tantos años que nos parece un familiar, un vecino, uno más de los nuestros. En vaqueros de andar sin oropeles. En las orejas de un sofá, a medio metro, escuchamos a un actor que también es voz, pero que, sobre todo, quiere ser José, a secas, sin más focos que los necesarios para seguir adelante en una carrera que le tiene entusiasmado a sus 61 primaveras.  

A punto de volver al cine con la última de Jaume Balagueró (Way Down). Con la última temporada de Vivir sin permiso en prime time. Con el color aún del verano, los ojos de mar verde-hondo y el pelo cano con olas de vida.

José Coronado es un portento físico. Pudo ser abogado, o médico. Pudo haberse perdido en la montaña rusa de los coletazos de la Movida. Pero después de tres décadas llenas de variedad dedicadas a la interpretación, entre el teatro, el cine y la televisión, al final ha sido un actor maduro, de pies a cabeza, capaz de conquistar a audiencias transgeneracionales con un trabajo cada vez más bien hecho.

Galán consumado, buscador de océanos en cada personaje, pescador de tesoros de lo que de verdad importa, padre a muerte, actor con cayos de horas y sin cayos de acostumbramiento, comprometido con las grandes causas de la sociedad.

Estamos en su Madrid, en una esquina de la Plaza de España. Hace 32 años que inició su carrera. Es un hombre de las mil caras coherente que desfila de puntillas por la alfombra roja, porque pisa fuerte el asfalto de la cotidianidad. En unos meses le veremos en medio de un atraco apoteósico en el Banco de España haciéndose el duro. Ahora, sin armas en la escena de esta entrevista, disparamos.

Le veo como en una segunda juventud, en medio de otro despegue profesional.

En estos años de profesión siempre me he sentido en el aire. Me considero un tipo absolutamente privilegiado. Siempre me he agarrado a tocar todos los frentes -teatro, cine y televisión- y esa combinación me tiene muy vivo desde el principio. No sé si estoy en una segunda juventud. Sinceramente pienso que nunca me he bajado de la juventud casi infancia que requiere ser actor. Es cierto que, en estos últimos años, con la edad y con las posibilidades de seguir haciendo cosas, noto un segundo rebrote de ilusión que me hace estar muy feliz.

Una nueva juventud, pero sin adolescencia. Es una ventaja.

Efectivamente, sin dejar que me distraigan las cuestiones que te dispersan cuando tienes 20 años y todavía no estás formado. He aprendido a priorizar y a saber dónde está lo importante. En la profesión ya no padezco los efectos los flashes y la parafernalia que gira en torno a un actor que pueden perturbar la construcción de un buen personaje. Todo eso lo tengo más que superado. Sé que forma parte de mi trabajo y lo hago con la máxima entrega, pero a mí es lo que menos me gusta de todo lo que integra este oficio.

Tiene usted algo de galán, de actor del pueblo, de bueno y de malo, de español medio del CIS, que le hace empatizar mucho con audiencias muy distintas.

La televisión ha tenido mucha importancia en mi carrera, porque, meterte en las casas de tantas personas cuando están en pijama y en familia, hace que te sientan de los suyos. Mi experiencia es que, si eliges bien los personajes, las audiencias te cogen cariño. Al menos yo así lo siento. 

Coronado

Empezó Derecho. Empezó Medicina. Y encontró en la interpretación la pasión de su vida sin tener sangre del gremio. ¿Cuántas veces le preguntaron si estaba loco?

Nadie me dijo que estaba loco, porque cuando llegué a este oficio venía de una locura mayor: la noche y la hostelería en plena época de la Movida madrileña. En esos escenarios había condimentos que podían llevar más directamente a perder el norte… Posiblemente la profesión fue la que me salvó de caer en males mayores y la que me centró. Dar con la tecla de mi trabajo me hizo ponerme las pilas en todos los sentidos.

En el cine ha pasado usted de ser el galán guaperas al maduro con personajes llenos de carácter, historia y fuerza. Bendita madurez…

¡Bendita madurez! Normalmente, los personajes complejos tienen más enjundia que el simple galán, que lo apuesta todo al físico, aunque nunca he renegado del galán. Cuando en mis primeros años me decían eso del galán, lo primero que hice fue ir a leer la definición y vi que se definía a un hombre educado, de buenas maneras, y todo lo que decía ese significante me parecía bonito. En mis comienzos tuve dos referentes fundamentales: Robert de Niro, por la complejidad de sus personajes, y Gary Grant, por lo que a mí me pudiera tocar de similitud. Con él entendí que esa galanura, si la acompañas de trabajo y esfuerzo, también puede aportar muchas cosas.

Su primera oportunidad importante en el cine fue “porque sabía mirar a las mujeres”. Ahora que el feminismo se ha convertido en una trinchera, ¿cómo mira un hombre a las mujeres sin necesidad de ideologías?

De una forma limpia y sincera, como lo he hecho toda la vida. No hay nada que me haya gustado más en la vida que las mujeres, y tengo la absoluta seguridad de que nadie me va a venir con sospechas de acoso, porque soy incapaz. Cualquier tipo de relación debe ser consentida y basada en el respeto y la educación. Mis padres me enseñaron a tratar bien a las personas, y así lo he hecho siempre. Nunca he dejado de buscar a las mujeres y de jugar con ellas, pero desde un respeto máximo.

No habrá paz para los malvados (2011) fue la película por la que le cayeron todos los premios gordos, especialmente el Goya al Mejor Actor. ¿Cómo se encarna a la perfección la corrupción, señor Santos Trinidad?

En No habrá paz para los malvados se hablaba de corrupción, pero Santos Trinidad no era un personaje corrupto. En absoluto. He podido desarrollar otros papeles donde la corrupción saltaba más a la vista, como la serie de Acusados, donde interpretaba a un corrupto potente. Santos Trinidad era una bestia de la naturaleza que buscaba salvar su culo, pero, al mismo tiempo, salvaba al mundo. Esa es la esencia del estupendo personaje perfectamente creado en el guion de Enrique Urbizu.

Ha sido usted falso párroco en Brumal, Goya de joven en Goya en Burdeos, Ricardo Palacios en El lobo y en GAL, Maximiliano I de Habsburgo en La Corona Partida, Don Juan, e incluso Iván el Terrible. Por resumir sus repartos. ¿Tanta versatilidad cabe en un Coronado solo?

Y más… En esta profesión pasan muchos personajes, e incluso reeditas con otros matices y otros enfoques los que ya has hecho. Una de las cosas que más me apasiona de este oficio es que me puedo enriquecer personalmente en la medida en que buceo en la construcción de mis personajes. Cuantos más registros tienes, más aportas y más ganas tú mismo. Un actor cuenta con la opción de quedarse o no quedarse en las historias que vives. He aprendido a ser mejor persona entrando en fibras humanas de personajes que, normalmente, me pillarían lejos en mi día a día. Y también aprendes de los hijos de puta, a calarlos de lejos, a mantener la distancia y la seguridad ante ellos, porque los has estudiado a fondo.

¿Cuál ha sido el personaje que más le ha transformado personalmente?

Probablemente mi personaje más catatónico fue Rafa, que era un homosexual que interpreté en teatro en los principios de los 90. Aquel papel hizo que me vieran muchos directores y me llamaran para otros proyectos. Pero, sobre todo, me sirvió para crecer como persona. La obra hablaba de una historia de amor entre un hombre y su marido, enfermo de sida, y cómo el protagonista cuida de él hasta sus últimos días. Para mí esa obra representaba el amor con mayúsculas. Meterme en ese personaje significaba darme cuenta de cosas que, si no me hubiera metido en esa piel, jamás habría descubierto. Me ayudó a realizar un viaje introspectivo que me hizo crecer por dentro. Menos mal…

Aunque sus papeles son multitud, usted ama la soledad.

Profundamente.

¿Cómo se ve cuando está a solas, sin guion?

Muy libre. Me gusta la soledad, evidentemente adquirida por deseo propio, no impuesta, que esa soledad es terrible. En realidad, no es que me guste la soledad, es que la necesito. Por mi trabajo interactúo con mucha gente diferente y mi forma de ser requiere que, como respuesta, me meta en mi burbuja para recargarme a solas.  

¿Los actores están demasiado expuestos demasiado tiempo?

Sí. Las únicas armas contra esa realidad son la honestidad y la sinceridad. Si no tienes nada que esconder, te da igual por dónde te pillen. Además, el actor debe examinarse siempre ante cada nuevo trabajo que haga. Lo asumo.

Vivir sin permiso, de nuevo en nuestras pantallas, y usted dentro de Nemo Bandeira y su Alzheimer. ¿Recuerda su vida como un vivir sin permiso, a pesar de la fama?

Yo en mi vida tengo que dar cuenta cada día a mucha gente. Soy un obrero de la interpretación. Me muevo en un modo de vida muy libre, exento de monotonía, pero otras cosas pagas. La libertad de cada ser humano va más allá del oficio.

¿Cómo vienen los nuevos capítulos de Vivir sin permiso?

Todos los personajes están muy cogidos para esta última temporada de diez capítulos, que es un lujo. Tiene un cierre final, no es de estas series que te dejan muchas ventanas abiertas. Irrumpen los mexicanos, con Leonor Watling y Patrick Criado, que hacen unos personajes maravillosos. En esta ocasión, todo se precipita de una forma tremenda. Son los mismos ingredientes de la primera temporada, pero llevados todos al límite, y solucionando.

Gigantes. Abraham Guerrero, el más cabrón de las pantallas. ¿Los papeles así son duros para alguien que parece un cacho de pan, o son una catarsis?

Cuando empecé a trabajar con mi adorado Enrique Urbizu me llamó para hacer La caja 507, una historia de un director de banco buena gente y de un killer. Yo venía de la serie Periodistas, y estaba convencido de que llamaba para hacer de director de banco bonachón al que atracan, y que Antonio Resines sería el malo. Me sorprendió cuando me dijo que eso es lo que esperaba todo el mundo, y que me quería a mí de killer. Me abrió todo un campo que nunca le dejaré de agradecer: esa parte oscura de los seres humanos en la que me metí hasta el fondo. Soy un amante de los thrillers y del suspense, he estudiado mucho el tema, y me siento muy a gusto en ellos. A partir de aquella película empezaron a salirme más y más personajes en los que he disfrutado, porque con la edad sabes muy bien de lo que hablas, sobre todo cuando trabajas con un director con las ideas tan claras como Enrique, que te sabe dirigir de maravilla.

Tu hijo. De nuevo en la pole de los últimos Goya. En escena, el padrazo Coronado vuelve a la Medicina y se pasa el juramento hipocrático por el forro por amor ciego a su hijo. ¿Su amor de padre es así de heavy?

Sí. Creo que el de la mayoría. Un hijo es un hijo. La familia es la familia, eso está claro. Por un hijo hace las mayores barbaridades que nunca harías por nadie más, ni siquiera por una pareja. Por un hijo pierdes el norte y puedes perder los papeles.

Muchos de sus personajes transitan bien de la vulnerabilidad a la dureza. ¿José Coronado está en el punto medio?

Sí. Soy una persona equilibrada, aunque tengo mis puntas a un lado y a otro. Para la profesión, jugar desde la vulnerabilidad hasta la máxima dureza y salvajismo es lo que te permite un arco de registro que hace posible que no aburras a la gente viendo siempre a Jose haciendo otros personajes. Robert de Niro conseguía en sus películas que solo vieras al zumbado de Taxi Driver y esa es la máxima aspiración a la que puede llegar un actor. El mejor piropo que me han lanzado en la vida me lo dijo una chica en Twitter: “José Coronado es un policía que en sus ratos libres hace cine”. 

Le vemos con pistolas y gestos de odio, y en la vida real, echando una mano a Paco Arango en la Fundación Aladina, o con Ayuda en Acción. ¿Cómo es esa parte del metraje de su vida? ¿Echa en falta más asfalto de realidad y menos alfombras rojas?

Las alfombras rojas no son un plato de buen gusto para mí, pero son absolutamente necesarias. Entra dentro del juego de la industria. Hace casi 20 años que empecé a colaborar con Ayuda en Acción como una forma de canalizar esta estupidez que yo llamo fama. Cuando empecé a ser conocido me di cuenta de que cuando hablaba, la gente te escucha. Además de ganarme dignamente la vida, fui consciente de que podía aportar algo a la sociedad a través de esa fama. Desde entonces pongo mi granito de arena, me arremango para concienciar en temas en los que creo, y siento que es mi obligación, y el de cualquier persona que tenga el poder de hacerse escuchar- apoyar estas causas sociales.

Entre esas causas está su defensa del medioambiente. Para el reportaje gráfico que ilustra esta conversación ha querido usted vestir la marca Ecoalf, un referente en la moda sostenible que fundó hace diez años Javier Goyeneche.

Tiene un mensaje maravilloso de reciclaje de todo tipo de deshechos que naufragan en el fondo del mar para convertirlos en las materias primas de sus prendas. Además, el 10% de sus beneficios van directamente a campañas para sanear el mar. La degradación del planeta en el que vivimos es un tema que me preocupa seriamente, y estoy implicado en la concienciación para que se revierta la situación antes de que sea demasiado tarde.

Más allá del mensaje, ¿se siente estéticamente a gusto con sus prendas?

Para mi la ropa es un elemento completamente superfluo que sirve para no pasar frio y para tapar las vergüenzas. Aunque antes de ser actor estuve metido en el mundo de la moda, la moda no me mueve nada. Mi uniforme son unos vaqueros, una camiseta y unas botas de montar en moto. Es lo que me pongo cada día. Por mi oficio, cambio constantemente de vestuario, pero las ropas no me importan nada. No gasto un minuto al día en pensar lo que me pongo.

Hágame un trailer de su papel en Way Down, su próxima aparición en cine prevista para 2020.

En la nueva película de Jaume Balagueró soy el jefe de seguridad del Banco de España, que no es poco… En la línea de los tipos con peso y mala leche que he interpretado últimamente, este personaje es un tipo celoso de su trabajo que ve que le van a entrar a robar en el banco justo durante la final que jugaba España en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica en 2010, y Cibeles estaba completamente llena de gente. Ese es el momento en que estos ingeniosos rateros intentan robar el banco de España, y mi misión es ponérselo muy difícil.

Coronado

¿Ve usted un cambio en el público y una empatía más fiel al cine español?

Sí, hemos mejorado mucho. Cuando empecé, el cine español estaba en la UVI, y ahora está sano, con muchas fuerzas, y peleando con los primeros espadas del mundo.

Teatro. ¿Le tientan las tablas o está más a gusto ante las cámaras?

El teatro es lo que más me gusta de mi profesión. Creo que es el espacio donde un actor realmente disfruta, y donde se ven sus dotes. Mi problema es que compagino proyectos de cine y televisión y no es fácil establecer un calendario libre para hacer teatro. Para mí es la fuente a la que un actor debe estar acudiendo constantemente para no dejar de aprender. Me encanta el silencio de 500 personas dispuestas a escuchar lo que vas a decir.

Usted, que ha muerto y ha resucitado, ¿qué juicio ha hecho sobre la vanidad del glamour y las apariencias del cuché?

Después de ese acontecimiento que he reciclado en positivo, he visto más motivos para priorizar lo que de verdad importa en la vida. El glamour, los flashes, el oropel son pura cáscara. Me he asentado más en mis principios: la humildad de trabajar con casco cada mañana y tratar de hacerlo lo mejor que sé para consolidar una carrera de largo recorrido.

¿La madurez y el infarto le han hecho más espiritual?

Lucho por buscar la espiritualidad todos los días, pero me cuesta, porque soy demasiado cuerpo. Entiendo que en la espiritualidad está la verdad. Me fui con mi hijo y Jesús Calleja al Tíbet, porque yo quería aprovechar aquello para conectar con el budismo… En fin, como diría el clásico, estoy trabajando en ello. 

Además de “madridista acérrimo”, ¿confiesa algún otro extremo?

Soy madridista acérrimo, pero según acaba el partido, desconecto. Soy madridista acérrimo, pero me encanta que gane el Atlético de Madrid, e incluso me gusta más su idiosincrasia y su forma de ver la vida. Pero desde niño me tocó ser del Madrid, y sigue siendo mi equipo. Mi mayor afición es aprovechar el único lujo que tengo: una pantallita de cine que tengo en casa. Disfruto mucho viendo buenas historias, que me ayudan a descansar como persona y seguir trabajando como actor. En esa burbuja puedo ver hasta cuatro películas seguidas.

De aquel compromiso social de la cultura de la Movida con la sociedad española, ¿quedan restos vivos?

Bueno, ¡tampoco soy tan viejo! A mí la Movida me pilló muy niño, aunque tuve la suerte de vivirla. A mí esas noches de Madrid en esos ochenta en los que la gente salía, reía, y estaba abierta a una nueva forma de vida… Había más luz en las calles, más sonrisas en las caras… Aquello fue un regalo que nos tocó vivir. El compromiso del mundo de la cultura de entonces tenía que ver con la cantidad de cosas que había que cambiar. Ahora hay menos, aunque haya que mejorar mucho.

¿Se ve trabajando para Almodóvar?

¡Ojalá!

Cuando vi Dolor y gloria pensé que cabía usted.

¡Yo pensé lo mismo! Eso nos pasa a los actores, que nos encantaría estar en muchos trabajos estupendos… Me encantaría estar con Almodóvar, y con Amenábar, y con muchos grandes directores.

¿Qué es para usted un actor influyente en la sociedad?

Un actor que tenga credibilidad y sea respetado.

¿Qué es para usted un cine que nos haga a todos mejores personas? 

Un cine que aporte reflexión y mecanismos para ayudarte en tus cambios de conducta.

RODAJE DE LA SERIE EL PRINCIPE EN GRANADA FOTO: ALFREDO AGUILAR

EN PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO

• La película que más le ha cambiado:

El Padrino.

• El papel en el que ha estado más incómodo:

Adoro todos mis personajes.

• El director con el que mejor se entiende:

Enrique Urbizu.

• El colega con el que funciona como un reloj:

Álex González.

• La actriz que mejor ha mirado siempre:

Victoria Abril.

• El fracaso que nunca esperó:

La vida mancha, de Enrique Urbizu, no fue un fracaso, pero no fue reconocida como se debía. Para mí es una joya.

• El éxito que llegó de improviso:

No habrá paz para los malvados. Sabía que estábamos haciendo algo digno, pero no pensé que íbamos a convertirnos en un tsunami.

• El momento en el que pensó dejar el cine:

¡Nunca!

• La película en la que más le hubiera gustado estar:

El Padrino.

• El reto cinematográfico con el que sueña:

He aprendido a enamorarme de lo tangible, todo lo demás son quimeras que florecen, y se mueren. El reto de mis sueños es lo que está firmado.

• La idea de su juventud que ahora está en sus antípodas:

Soy bastante fiel a mis principios.

• La persona que más le ha querido en su vida:

Supongo que mi madre…

• La persona a la que más ha querido en su vida:

A mis hijos.

• Lo que rebobinaría si fuera posible:

Sé que he hecho cosas mal, evidentemente, pero no las voy a contar la sociedad… Pero, en general, me encuentro bastante a gusto con mi vida. De todo he aprendido. Tengo la virtud de ser muy pragmático y poner las cosas a mi favor para sacarles partido.

• Lo que ha disfrutado tanto que pondría siempre a cámara lenta:

El teatro.

UN TRAVELLING DE 32 AÑOS LUZ

José Coronado pisó por primera vez la interpretación con 30 años. Llamó a la puerta de Cristina Rota, y a los dos años estaba ya sobre las tablas con El público y detrás de las cámaras, con Waka-Waka. Desde entonces, 70 papeles entre cine y televisión -54 películas 17 series – y 10 obras de teatro sobre sus espaldas. De momento.

Entre sus trabajos más aplaudidos por la crítica destacan No habrá paz para los malvados (2011); Goya, en Goya en Burdeos (1999); Rafael Mazas en La caja 507 (2002), y Jaime Jiménez y su bata blanca manchada de sangre en Tu hijo (2008). Fue mejor actor en televisión ya en 1998 siendo Luis Sanz en Periodistas y también se reconoció ampliamente sus papeles en Brigada Central (1990) o en El cuerpo (2012). Asimismo, su interpretación en Contratiempo (2017) levantó pasiones en torno a un actor que ha sido Don Juan, cura, salvador del mundo, matón, emperador, poli bueno, poli malo, gay, machote, padre a toda costa, e incluso rey mago.

Ahora está en nuestras pantallas itinerantes con Vivir sin permiso convirtiendo a Nemo Bandeira en un personaje icónico. Como hizo con Santos Trinidad, con Ricardo Palacios, con Tomás Garrido o con Joaquín de la Torre.

32 años con metraje de sobra y con metralla por explotar. Esa es la cuestión. La madurez con dientes apretados, puños sobre la mesa e historias interiores complejas tienen su nombre sobre el guion para muchos directores. Coronado de papeles de lujo. Cada vez más.

La revolución de los retratistas ‘housesofcards’

Los fotógrafos institucionales que más influyen en España dan la cara

Reportaje publicado en la revista Influencers enero-febrero 2020

La fotografía de calidad, humana, fresca, coherente, con relato y con épica urbana, ha dado un golpe de estado en la política española. Aprovechando la nueva generación de dirigentes, el poder de las series, la influencia de Instagram, y el ejemplo de la comunicación institucional americana, los departamentos de Comunicación de los partidos empiezan a dar realce y libertad a sus fotógrafos para que ilustren sus historias políticas en el lenguaje del siglo XXI. Las fuerzas políticas comienzan a entender que esmerarse en la imagen es tan importante como pulir un discurso, una necesidad que todavía no vislumbran ni la Casa Real, ni Moncloa.

Álvaro Sánchez León | @asanleo

Dice el tópico que una imagen vale más que mil palabras. Y, sin embargo, los responsables de Comunicación de las instituciones públicas y los partidos políticos llevan muchos años perfilando titulares, mimando los textos de sus notas de prensa, y colocando muy en segundo plano a sus fotógrafos. En plena era audiovisual, muchos, todavía, no se han enterado. Otros, cada vez más, surfean la nueva ola impulsada por las redes sociales y el tsunami icónico de las series de televisión y ya se han convertido en exponentes de cómo conseguir que el poder de la imagen sea importante en la construcción de un líder político.

En la cresta de esa onda está Pete Souza, fotógrafo de Reagan y de Obama. A él le siguen exponentes extranjeros como Soazig de la Moissonniere -retratista de Enmanuel Macron-, Adam Scotti –fotógrafo de Justin Trudeau-, Marcelo Segura -disparador gráfico de Sebastián Piñera– o Tolani Alli, fotógrafa personal del vicepresidente de Nigeria; y españoles que empujan con prestigio, como Pedro Ruiz, Dani Gago, José Antonio Ramos, Ramón González Araújo, Moeh Atitar o Luis Gaspar.

Aunque todavía hay instituciones y partidos políticos que usan fotos novatas hechas con móviles para su comunicación pública, descuadradas y del montón, los aires de transición irrumpen en la fotografía institucional española de la mano de fotógrafos independientes y de los partidos políticos. Suena casi a golpe de estado, porque la inercia es publicar fotografías grises, predominantemente informativas, y poco más. La revolución de los housesofcards ve tantas palabras detrás de una fotografía que sus militantes con objetivos beben de la estética cinematográfica para convertir en planos de historia los momentos políticos ordinarios. Desde luego, en el siglo de Instagram, esta batalla era ineludible.

Hemos hablado con algunos de los cabecillas españoles de este movimiento vanguardista contra las estampas sin alma de los organismos oficiales. Son pacíficos, pero están muy cerca de conquistar un panorama lleno de tópicos arriesgando con arte para que el gris de la política no infecte más al fotoperiodismo contemporáneo, ni el desencanto global con la actividad pública.

Pedro Ruiz: la mirilla sobre Albert Rivera

Uno de los fotógrafos de cámara más laureado por sus colegas es Pedro Ruiz, responsable de la comunicación gráfica de Ciudadanos. Aterrizó en el partido naranja por casualidad y ha sido el fotógrafo personal de Albert Rivera desde 2016 hasta el día de su dimisión. Desde entonces sigue los pasos de Inés Arrimadas. Ruiz procede del mundo audiovisual, pero se ha hecho fotógrafo de prestigio muy pronto.

El objeto de su objetivo es convertir cada instante en un fragmento de historia, revelar el lado humano que late siempre dentro de un político, exponer la cercanía de un líder. Gracias a la confianza cosechada cerca de Rivera, ha podido estar muy pegado al ex presidente de Ciudadanos y eso ha empoderado su cámara hasta convertir su trabajo en la envidia de muchos fotógrafos políticos, censurados desde dentro por el miedo a la imagen de muchos candidatos ajenos a su tiempo. El resultado es evidente: de esa conexión entre político y fotógrafo resulta buena parte del éxito de la construcción de este relato audiovisual creíble. Aunque en el caso de Rivera los resultados electorales truncaron su carrera, al echar un vistazo al perfil de Instagram de Pedro Ruiz (@pedroruiz_csphoto) se observa a la primera cómo es un político que quiere ser presidente sin despegarse de los ciudadanos.

Dani Gago: un objetivo para Pablo Iglesias

Desde 2015, Dani Gago trabaja para Podemos con la experiencia de haber pasado por las redacciones de Diario 16 y EFE. La complicidad absoluta entre él y Pablo Iglesias han logrado un trabajo uniforme en la comunicación gráfica institucional de la formación morada, siendo parte importante de la imagen pública y social del líder de Podemos. “En Podemos me he encontrado mucha libertad y un reconocimiento a nuestro trabajo que no he visto en muchos otros sitios”. Parece que el poder de la imagen lo han descubierto los nuevos políticos. Seguramente hay ejemplos precedentes que demuestran que no, que siempre ha habido buenos fotoperiodistas en el gremio. Lo que está claro es que no han conseguido establecer una tendencia, algo que sí están cosechando ya estos primeros espadas, gracias, también, al efecto viral de las redes sociales.

José Antonio Ramos: versatilidad y liderazgo

Detrás del perfil @santanadeyepes de Instagram opera José Antonio Ramos, actual responsable de fotografía de la Junta de Andalucía, al borde, siempre, de la agenda institucional de Juan Manuel Moreno Bonilla. Sin haber hecho nunca fotografía política, aterrizó en la campaña electoral andaluza de 2014. Su mundo era más bien el espectáculo, pero terminó subido en las tarimas de Moncloa. Mientras Moreno Bonilla se preparaba, sin sospecharlo, para ser el primer presidente no socialista del gobierno andaluz, Ramos fue fichado por Mariano Rajoy en 2015. El fotógrafo malagueño imprimió otro tono a la comunicación gráfica en Moncloa, aunque las cosas de palacio van muy despacio y casi todos los políticos y sus asesores prefieren no innovar demasiado, por si acaso. Hay retratos suyos de Rajoy que mejoran, incluso, el perfil humano de su entrevista con Bertín Osborne en Mi casa es la tuya. Y es un solo plano, y sin músicas de fondo.

Ramos fue también el fotógrafo de Soraya Sáenz de Santamaría durante las primarias del Partido Popular tras la marcha de Rajoy. Su experiencia es que “el trato cercano entre dirigente político y fotógrafo es esencial para la fotografía política institucional”. Aunque es consciente de que en este género fotográfico prima la información, apuesta por un toque en cada estampa que no envejezca a sus protagonistas. Admite un cierto miedo a hacer cosas nuevas en este ámbito, “porque, con el ruido de las redes sociales, es muy fácil malinterpretar una fotografía y convertirla en un meme”.

Ragonar: otro enfoque en el hemiciclo

Ramón González Araújo, más conocido como Ragonar, trabaja en el Congreso de los Diputados para el partido de Pablo Casado. Entre otras cosas, ha sido el fotógrafo de los diferentes portavoces del Grupo Parlamentario Popular en la Cámara Baja –Rafael Hernando, Dolors Montserrat y, ahora, Cayetana Álvarez de Toledo-, y cubre también las campañas electorales del PP y otros actos del partido. Precisamente, Pedro Ruiz y José Antonio Ramos tienen un hueco especial entre sus referencias fotográficas para cumplir la misión de retratar la política azul en el epicentro del Congreso, desde donde llegan fotos muy similares cada día y desde, sin embargo, él está sabiendo mostrar enfoques novedosos, imprimiendo sobre el registro informativo un plus de nombres y apellidos personales bajo el rótulo de los políticos que más se exponen a su objetivo.

Disparos puntuales en el blanco

Luis Gaspar es un reconocido fotógrafo con una obra predominantemente artística, pero con algún que otro roce con la política. En concreto, él fue el que unió a Íñigo Errejón y a Manuela Carmena para quererse en blanco y negro desde el cartel electoral de Más Madrid de las elecciones de abril de 2019. Una imagen que fue un éxito, porque es natural, porque es real, y porque se nota que el fotógrafo está a solas con los candidatos, “algo que es importante para nuestro trabajo. Si fluye la conexión entre retratados y fotógrafo, gana la comunicación. Si hay equipos de revisores y extras del gabinete revoloteando en torno a la sesión de fotos, se nota”. Comparte la idea de que “el fotógrafo siempre ha sido el último mono en el mundo de la comunicación institucional, incluso en la publicidad. Dar el peso que se le debe a la fotografía no es una cuestión de dinero, sino de saber que la imagen importa mucho más de lo que han querido creer los expertos en comunicación política”.

Moeh Atitar ha trabajado para El País y para El Español, entre otros medios. Lidera una corriente de retratos con alma que le tiene, desde hace tiempo, de acá para allá posando el objetivo de su cámara en muchos rincones de la España. En 2014 fue el fotógrafo de la campaña de Eduardo Madina en aquellas primarias del PSOE de las que salió elegido Pedro Sánchez. En la galería de aquellas imágenes se muestra a un candidato más allá del estilo oficial: en bares, en el backstage, entre la gente real.

Atitar reivindica un trabajo fotográfico que trascienda la pura información del momento, porque entiende que parte de su tarea es “documentar, con coherencia, la historia de un político, de un candidato, de una etapa determinada de un partido. No tiene sentido que un partido político o una institución no invierta en fotógrafos y en editores gráficos. Igual que no tiene ningún sentido que haya medios de comunicación sin fotógrafos ni editores gráficos en plantilla, como sucede en todos los nuevos digitales”.

LAS CORRIENTES QUE LLEGAN DE FUERA

Manu Brabo es un fotoperiodista español que ejerce de freelance en lugares de conflicto como Haití, Bolivia, o Kosovo. Desde 2011 no ha dejado de ganar premios internacionales de fotografía, como el Pulitzer en la categoría de Breaking News Photography que obtuvo en 2013. Con el reconocimiento general por su trabajo y mucho conocimiento de causa, señala que “en España todavía se entiende la fotografía como mero registro de lo que sucede y no como un mensaje que se potencia con la excelencia estética”. Precisamente en ese escalón levanta el pie la revolución de los housesofcards. Y precisamente en esa avanzadilla han destacado ya algunos fotoperiodistas en el resto del mundo que están en la recámara de referencia de los fotógrafos españoles. Ellos ya lo han conseguido.

Pete Souza: el pionero

Cuando se habla de fotografía institucional de calidad, todos los teleobjetivos miran a Estados Unidos. Allí destaca como una estrella de Hollywood Pete Souza, jefe de fotografía de la Casa Blanca entre 1983 y 1989 durante el segundo mandato de Ronald Reagan. Después fue fotoperiodista del Chicago Tribune y siguió de cerca la carrera de un senador que apuntaba maneras llamado Barak Obama. Cuando el primer presidente negro de Estados Unidos llegó a la cumbre, Souza volvió a liderar su equipo de fotografía convirtiendo a Obama en un icono político universal. Con él hemos visto al presidente de los Estados Unidos casi en directo, porque nos enseñó con transparencia cada paso, cada visita, cada acto. Su cámara convirtió a Obama en un líder humano sonriente, como avala el relato histórico de sus miles de fotografías que quedarán para la posteridad.

Soazig de la Moissonnière: la dama europea

Para los fotógrafos españoles, el trabajo de Soazig de la Moissonnière, retratista oficial de Enmanuel Macron, es el Olimpo. Un presidente con la corbata floja, entre los miembros de su equipo, de espaldas, de frente, mirando por la ventana, abrazando a una abuela, sonriendo a un niño. Soazig está consiguiendo enfocar a Macron como un líder mundial de carne y hueso, trabajador y cercano, con horas de asfalto y con un punto de glamur. Todo ello, con una visión estética muy contemporánea. La dama de la fotografía política europea domina el blanco y negro y comunica mucha política y mucha ciudadanía en cada una de sus instantáneas con las que ilustra sus perfiles en Twitter e Instagram.  

Adam Scotti: la sombra de Trudeau

Justin Trudeau acaba de revalidar su mandato como primer ministro de Canadá. Parte de esa victoria se la debe a Adam Scotti, su fotógrafo oficial desde hace cinco años. Con sus imágenes, busca “contar una historia, el estado de ánimo, el desarrollo de los acontecimientos”. Scotti convierte a la opinión pública en espectadora en primera fila de la vida política del líder canadiense. Su talento, de alguna forma, le viene de sangre: su padre fue el fotógrafo del primer ministro Mulroney, allí en Canadá, en la década de 1980. “Crecí mirando sus imágenes y las de sus amigos”. El alma es la misma, pero en sus estampas vitales hay un 3.0 que convierte la trayectoria de Trudeau en algo más de andar por casa, y a la vez, más de transitar los despachos de poder de la historia actual.

Más allá de Occidente

Marcelo Segura es otro referente de la fotografía institucional. Después de 13 años publicando reportajes y retratos en la prensa chilena, el pasado marzo de 2018 Sebastián Piñera le echó el guante.  En su opinión, “la fotografía es sumamente importante para transmitir correctamente en política. Además, las redes sociales cada vez se fortalecen más como plataforma de discurso político, y ahí la imagen tiene un poder indiscutible”. Su objetivo en el trabajo es “buscar el lado más íntimo del presidente para acercarlo a las personas”.

Tolani Alli es la fotógrafa de cabecera del Gobierno de Nigeria. Con un impacto particular por un mundo, a veces, ajeno a Instagram, su trabajo se centra en “contar la historia desde los momentos ocultos a la mayoría, desde las instantáneas sinceras, con un afán por reflejar cómo se unen las cosas y los momentos históricos que están destinados a suceder. Crear una imagen que capture recuerdos intemporales para el futuro es y será siempre mi objetivo”.

El desenfoque de Casa Real y Moncloa

Todos los fotógrafos españoles consultados coinciden en que la Casa Real y Moncloa están fuera de tiempo y de lugar en su comunicación gráfica. Así como los partidos avanzan en sintonía con el siglo de la imagen, las instituciones más importantes del país han abandonado la fotografía en el diván de los elementos secundarios. Hablamos, por ejemplo, de esa Casa Real que no hace mucho contaba con Goya o con Velázquez para retratar a sus miembros, y que ahora difunde imágenes amateurs para contar su día a día.

Dice Atitar: “Con lo fácil que sería hacer fotos buenas a unos Reyes atractivos, jóvenes y modernos, y, sin embargo, nos llegan desde Zarzuela fotografías estéticamente nulas y mal hechas, descuadradas, con pésima iluminación. ¡La monarquía es imagen! He visto fotografías en la web de la Casa Real en las que se le corta la frente al Rey. Las imágenes oficiales de la abdicación de Juan Carlos I fueron pésimas. A veces parece que la comunicación gráfica la lleva el mayor de los republicanos. Forma parte del respeto a la institución ofrecer fotografías de calidad, o, al menos, que no estén torcidas… No hay más que mirar el ejemplo de las imágenes de la Casa Real Británica, que ofrece siempre auténticos fotones. La Casa Real debería tener en nómina a un fotógrafo, o a un equipo de fotógrafos, y a un editor gráfico. ¡Es básico! La Corona no se merece las chapuzas que vemos, que son pura desidia y dejadez”.

Luis Galán es igual de contundente: “Las fotografías de la Casa Real son la mayor jugada del independentismo. Hacen daño a la monarquía. Tenemos unos reyes que darían mucho juego para una imagen de calidad”. Ragonar coincide en parte de esta sentencia: “Las fotografías de la Casa Real son demasiado institucionales. Por lo general, son poco artísticas y personales”.

Según Dani Gago, “esta realidad no es por culpa de los fotógrafos de allí, a los que no dejan hacer su trabajo como deberían”. En eso discurre igual Pedro Ruiz, que añade que “no se trata ahora de que la Casa Real fuerce la máquina, pero sí de que muestre algo de cariño y humanidad en sus imágenes oficiales”.

Atitar considera que, efectivamente, la transición hacia una fotografía de nuestra era debe ir “de forma gradual, como hacen los que saben de comunicación. Ser una institución conservadora no es sinónimo de seriedad, ni de caspa. No se trata de entrar hasta la vida privada de la Familia Real, es, simplemente, que la Corona debe poder permitirse contratar a un Goya también en el siglo XXI”.

Estas críticas llueven también sobre el trabajo fotográfico actual de Moncloa.  Manu Brabo cree “ni en Moncloa cuentan con alguien con cultura fotográfica, ni el fotógrafo, que tiene un puestazo institucional, va a arriesgar pudiendo ganarse la plata sin darle vueltas al coco ni exigirse a sí mismo. Es la misma cantinela de siempre: gente que no quiere o no sabe hacerlo bien y clientes que no tienen cultura fotográfica y no saben lo que se puede obtener con una buena imagen”. Porque, según Ragonar, “las fotografías de Moncloa deberían cuidar más la temperatura de color y no hacer fotos en automático en el balance de blancos, porque se nota demasiado y perjudica drásticamente en el resultado final. También mejoraría algunos encuadres”. Moeh Atitar “esperaba que con Pedro Sánchez cambiara el papel de la fotografía institucional en Moncloa, que fue correcto con Rajoy sin ser fotogénico. Pero no. La cantidad de fotos llenas de malos gestos indican que, en esta etapa, en Presidencia del Gobierno existe una nula sensibilidad en torno al poder comunicativo de la fotografía”.

Dafne Fernández, la ‘poliactriz’ de la elegante versatilidad

Entrevista publicada en la revista Influencers de enero-febrero 2020. Fotos: Jesús Cordero.

Dafne es un nombre propio que procede del griego y significa ‘laurel’. Una lauréola es el reconocimiento entregado como recompensa a poetas, deportistas y guerreros en la antigua Grecia y Roma. ¿Y han visto esos laureles que abrazan los logos de los premios de cine? Todo encaja, porque todo está en el ADN. Después de 24 años sobre las tablas y detrás de las cámaras, a Dafne Fernández le rebosan los laureles en la despensa de su trayectoria. Así, entre pionera, poeta, deportista y guerrera, la actriz poliédrica que ha maridado el cine con la danza reposa su carrera con la suave elegancia de una bailarina precoz que ya es madre, y que quiere rodar por los escenarios del cine sin fronteras.

Entre Marisol y Carmen Maura. Habitual en el drama y enamorada de la comedia. Una perfecta conocida entre los telespectadores de los cinco últimos lustros en pantallas de todos los tamaños: desde que Carlos Saura le dio el Pajarico, hasta que voló sobre el nido de Álex de la Iglesia. Desde Un paso adelante, hasta todo un camino vital. A veces en Tierra de lobos -porque ser artista es vivir en una montaña rusa de estrellas e incertidumbres-, y a veces con nombre de tango, como Malena, con la dulzura de una actriz elegida para bailar muy pegada al cine español.

Álvaro Sánchez León | @asanleo

Érase una vez una niña madrileña que recitaba poemas, hacía teatro y bailaba en casa. Jugaba a sentirse actriz, a representar papeles soñados, a reverenciar al público doméstico. Se maquillaba. Se disfrazaba. Luces, cámaras y acción de andar doméstico. Se iba a llamar Luna María Graciela, pero el mito de Apolo golpeó a sus padres y entonces Dafne Fernández empezó a desplegar su lozanía artística entre las cuatro paredes de su hogar, en el brasero auténtico de su familia. Ahí empezó todo.

Fue un día anodino sin fecha, y fue en un periódico. Sus padres leyeron un reclamo de “se busca niña de entre 8 y 10 años para un anuncio de publicidad” y allá que llevaron a la moza precoz. Más que un “mamá, quiero ser artista” su historia empezó con un “esta niña vale, ayudémosla a ser artista”. Aquel fue su primer casting y su primera elección. Sus primeros pinitos en el arte de dar la cara en público fueron aquellas fotos, pero ella quería vida, realismo, movimiento. Y por eso entendió desde muy joven que lo suyo era el cine y era la danza, como las dos ramas paralelas que afloran de las manos de la Dafne original antes de convertirse en laurel mientras huía de Apolo.

Agarrada a la barra de madera maciza de su familia, donde se apoya y practica los ejercicios, Dafne Fernández avanza entre adagios y alegros. Con sutil audacia e infantil tenacidad, entre grands battmente y petites battmente, la joven de la perla con talento es seleccionada entre dos mil chicas de su edad para entrar en el Conservatorio Profesional de Danza. Arranca el pisoteo elegante de una niña que gira y ya es adolescente; que gira y ya es joven; que gira y ya es mujer.

En ese último giro en el tiempo estamos ahora, sentados en pecera de cristal después de una sesión de fotos donde han quedado inmortalizados algunos ángulos de su natural versatilidad. Risueña. Valiente. Tímidamente resuelta. Feliz de ser madre. Con la ilusión de dar a luz mucho más cine, a sus 34 primaveras, y con la madurez “de haber descubierto, por fin, qué es el amor y qué es el miedo; dos condiciones necesarias para ser una actriz de verdad”.

El primer papel

En 1994 Almudena Grandes publicó en Tusquets Malena es nombre de mujer. Fue su tercera novela y todo un éxito editorial. Dos años después, aquel libro fue la primera película de la vida de Dafne Fernández gracias a la oportunidad de Gerardo Herreros. “Allí, en aquel rodaje con Ariadna Gil, Marta Belaustegui, Carlos López, Luis Fernando Alvés, Isabel Otero, Alicia Hermida o Alicia Agut, aprendí del director -fundador de Tornasol Films– lo que eran los pequeños detalles en el mundo cinematográfico”. Según el Ministerio de Cultura, la película en la que Dafne hizo su debut como Malena-niña, tuvo 344.192 espectadores y recaudó 1.145.346,37 euros.

Con paso firme, en 1996 hizo también de cría inocente en la serie Canguros, para Antena 3. En aquellos platós de su infancia, coincidió con Maribel Verdú y Luis Merlo, y con otros niños que iban para actores hechos, como Aarón Guerrero, Jimmy Castro, Yohana Cobo, Alicia Beisner, Álvaro Monje o Lidia San José.

Entre plano y plano, Dafne tiene la ilusión “de no defraudar a sus padres y a todas las personas que apuestan por ella”. Se forja así un carácter híper responsable que se acentúa durante la primera juventud y que ahora combina con el disfrute de un trabajo que es pasión. Pero la vocación germinaba por entonces con cabriolas de prometedora proyección. Al compás de sus saltos con tutú, Dafne va creciendo en homogénea proporción “con un estilo propio, muy identificativo. Tengo un carácter de elegancia natural por mi paso por la danza clásica, pero eso no significa un muro infranqueable para mi trabajo, porque igual que me atraen los papeles suaves, también me encanta interpretar a personajes de barrio”. Pero la prensa le piropea con odas así: “Solo una bailarina clásica es capaz de convertir cualquier leve movimiento en pura elegancia”.

En 1997 el director Carlos Saura posa en ella su objetivo para su película más sentimental y la convierte en Fuensanta, coprotagonista de Pajarico junto a Alejandro Martínez. Vuela allí libre la primera adolescencia de la actriz junto a grandes de su gremio, como Paco Rabal. Con Saura ella descubre “la auténtica sensibilidad” en el séptimo arte.

Entre películas –Resultados final (1998) o Goya en Burdeos (1999)- y series –Paraíso (2000) u Hombres Felices (2001)-, Dafne desemboca ante las cámaras de otro gran director en La caja 507 (2002). Al borde la mayoría de edad, con Enrique Urbizu descubre “el salvajismo, que iba desde aprender a liarme un porro para la escena, hasta quemarme viva y disfrutarlo”. En aquel rodaje coincide con Jose Coronado, Antonio Resines, Sancho García, Goya Toledo… y vivió de primera mano el trabajo de orfebrería profesional que avala que la película recibiera ese año el Goya a la Mejor Dirección de Producción.

Un paso adelante

En 2002 llegó Un paso adelante, un fuerte punto de inflexión en la carrera de Dafne. Cine y danza se casan entonces en su interpretación gracias a la serie creada por Daniel Écija. Por aquella época, ella está terminando la carrera en el conservatorio y pasapalabra a la propuesta de actuar en la primera temporada. “Cuando la empezaron a emitir dije: ‘¡Madre mía, si es que esta es mi vida! ¡Me encantaría ser yo la que cuente cómo es esta profesión! Por suerte, me volvieron a llamar para la segunda temporada”, y hasta 2005 y su sexta temporada en Televisión Española, Dafne es actriz principal. Coincide en ese baile juvenil con Beatriz Luengo, Miguel Ángel Muñoz, Mónica Cruz, Juan Echanove o Esther Arroyo.

Para todos los papeles entre 1996 y 2002 la buscan. ‘Dafne, te necesitamos’. Dos o tres grabaciones cada año. Empalma Un paso adelante con sus papeles de Lucía y Rebeca en Hospital central. Y con las peripecias pop de Upa Dance. Y en 2008 fue Luna en la octava temporada de Los Serrano, junto a Lydia Bosch y Julia Gutiérrez Caba.

En estos primeros años del milenio, se desata su fama. “Fue horroroso. Empecé a tener fobia a los espacios muy abiertos y a las multitudes. En realidad, todo aquello me abrió muchísimas puertas. Lo disfruté una barbaridad”. La fama cuesta, también porque Dafne es “tremendamente tímida. Creo que soy actriz para no juzgarme desde mí misma, sino hacerlo a través de otros personajes”. Y en su currículo oculto, además del talento avalado por diferentes directores y muy diversos compañeros de rodaje, se incluye el perfeccionismo, “porque siempre me ha gustado tener el control”.

Se diluye la carrera en el universo de la danza, pero todo aquello le imprime un carácter para siempre. Soñó con formar parte del American Ballet y de la compañía de Nacho Duato, pero el cine apostó más fuerte. “Cuando terminé de formarme en el conservatorio tuve que decidir: la danza y sus siete u ocho horas al día, o la inestabilidad de ser actriz. Yo siempre he querido ser muchas personas y vivir muchas vidas, así que opté por lo que intuía con la cabeza y hacia donde me arrastraba el corazón”.

Siguieron llegando guiones y papeles para series –UCO (2009), SexoEnChueca.com (2010), Inquilinos (2013) o Tierra de lobos (2010-2014)- y largometrajes -(Malamuerte (2009), Entrelobos (2010) o Real Playing Game (2013)-.  Entre 2014 y 2016 fue Mati Herranz en El Chiringuito de Pepe y en 2017 forma parte del reparto de una de las películas del año: Perfectos desconocidos. Con Álex de la Iglesia “aprendí de técnica, porque todo él es técnica, y todo lo que hace es una locura deliciosa”. Junto a Belén Rueda, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduard Fernández, Beatriz Olivares y Eduard Noriega, se confirma que la versatilidad de Dafne Fernández está llena de cobertura, comunicando cine vivo con denominación de origen polifacético.

Joven, madura, realista

Desde Malena es nombre de tango (1996) hasta Perfectos desconocidos (2017), “he pasado por muchas fases”, confiesa Dafne. “Al principio todo era un juego más que un trabajo. Después, para estar más segura, fui estudiando interpretación. Combiné el tirarme a la piscina con tener fuste. Ahora, a los 34 años, tengo mucha experiencia profesional y más vivencia personal. Todos los personajes que he hecho me han servido para conocerme mejor. Ser madre me parece una gran herramienta para ser actriz, porque aporta muchos matices reales que son esenciales para actuar con credibilidad”.

Ahora que los Goya han puesto a Marisol en la vitrina de honor del cine español, se observa que la malagueña y Dafne tienen un principio común: el arranque en la más tierna infancia o la dulzura de muchos personajes. Pero la experiencia de la poliactriz es sana, divertida, por eso sigue enamorada del cine, al que pide ahora “papeles de treintañeras” y que no vea la maternidad como un freno: “Lo único malo de ser madre es que en el mundo cinematográfico se te descarta a priori, no sé muy bien por qué. Yo puedo trabajar embarazada y durante el periodo de lactancia sin problemas”.

Después de una etapa-vergel, Fernández transita ahora la cuesta de los treintaypocos: “Que nadie se engañe: ser actriz ofrece muchas oportunidades maravillosas, pero no es oro todo lo que reluce. En esta carrera de fondo también hay momentos de sequedad y de mucha incertidumbre. A las actrices noveles que se adentran en este mundo les aconsejo que no dejen nunca de estudiar el cine clásico, que vean las series y las películas que hay que ver, porque muchas veces eso se olvida. Las animaría a que se formen constantemente, a que no desaprovechen ninguna oportunidad, y a que sepan que un día estás arriba y otro día estás en el banquillo, por eso hay que saber gestionarlo bien para andar con soltura entre detrás del telón”.

Apasionada con “seguir contando historias” ante las cámaras, Dafne sigue andando la película de su primera madurez. Con proyectos e ilusiones.

             -¿Qué factores hacen falta para que un director cuente con una actriz con experiencia, de las muchas que sois en España? ¿Currículo de trabajo bien hecho? ¿Suerte? ¿Factores que no se controlan?

             -Afecta mucho el trabajo bien hecho, y la suerte, porque puedes haber hecho muchos trabajos buenos y caer lentamente en el olvido. Además, hoy cuenta mucho un factor que me parece muy relativo: constatar muchos seguidores en las redes sociales…

Pulcra, con piel dramática, con dulzura elegante y con vis cómica. De las que dan el cien por cien sobre la tarima “y encima, ahora es cuando empiezo a disfrutar de verdad de lo que hago”. La versatilidad en zapatillas de ballet. De Versalles y de barrio. De Apolo y de Urbizu. De seda y sedal. Con carrete para seguir grabando la mucha vida que le quede por delante.

El laurel es un árbol de hoja perenne y tronco recto con aires de arbusto. Sus hojas azuladas, alternas, lanceoladas y aromáticas la hacen inconfundible en un mar de plantas diversas. Dan flores en primavera, pero desprenden su candor durante las cuatro estaciones con envidiable vivacidad. Sus ramas de contornean con el viento, cuando hay viento, y se mantienen enhiestas cuando aflora la sequedad. Digna, bella, fresca, lozana, mediterránea, saludable, inspiradora, medicinal. Dafne Fernández pudo ser Luna María Graciela, pero se llamó como anunciaba su profecía.

FLASHES DE FOTOMATÓN

¿Qué actrices españolas te inspiran?

Carmen Maura, Carmen Machi, Natalia de Molina, Anna del Castillo…

¿Una película por la que fuiste actriz?

El día de la bestia. Me conmovió muchísimo.

¿Un director con el que te encantaría trabajar?

Rodrigo Sorogoyen.

¿Otros?

José Antonio Bayona, Alejandro Amenábar, Pedro Almodóvar…

¿Te ves de chica Almodóvar?

¡Sí! Me encanta que me dirijan como hace él.

¿Los Javis nunca te han guiñado un ojo?

Veo todo lo que hacen, porque tienen un talento enorme. Pero ellos trabajan siempre con las actrices de su club…

¿Con qué actores te gustaría coincidir en un proyecto cinematográfico?

Con Javier Rey, Luis Tosar…

¿Con Antonio de la Torre?

También, pero en este país hay más actores que Antonio de la Torre…

¿Te gustaría entrar en el mundo de las plataformas digitales?

Sí. Están haciendo cosas muy buenas y, además, es lo único que veo con salida.

¿Qué estilo de serie te atraería?

Una de mujeres treintañeras.

¿Tipo Las chicas del cable?

Estaría encantada, entre otras cosas porque me encanta el look de la serie, pero no es mi tipo. Si se puede elegir, prefiero una más gamberra. Algo como Sexo en Nueva York, pero made in Spain. Una serie que cuente la realidad de las mujeres de mi edad. La vida perfecta aborda algo de esto, pero aquí hay más filón.

¿Una vida para encarnar en el cine?

¡Muchas!

¿Cómo va lo de ser Isabel Preysler?

Pues es un proyecto parado desde hace tiempo.

Igual ahora ese papel lo podría hacer Tamara Falcó, que está muy mediática.

¿Pero Tamara no quería ser monja?

¿Le atraen los musicales?

Sí, hice Fama.

¿Y musicales en modo película?

¡Me encantaría!

¿Un La La Land?

¡Guau! Un La La Land, un Moulin Rouge, un El amor está en el aire… ¡Me chiflaría!

¿Y un Tarantino?

Físicamente podría ser una Kill Bill danzando sobre la sangre (risas).

¿Una música para bailar a solas?

Cualquiera, menos la que grita, porque no es bailable. En casa siempre me pongo música clásica.

¿Una pieza para bailar en público?

Bad guy, de Billy Elliot.

¿Un lema para tatuarte de por vida?

Actúa con el corazón sin hacer daño a nadie.

¿Te gustaría que tu hijo se dedicara al cine?

Si es lo que quiere, me encantaría. SI una persona es artista, es artista, y eso no se puede tapar, aunque esta sea una vida muy inestable. Si quisiera dedicarse al mundo de la danza tendría más dudas… Uno de mis agobios es dejar algo en el futuro por si a mi hijo le da por entrar en el cine y pueda hacerlo sin estar pendiente de las necesidades.

María de León: “Un influencer sin misión ni es influencer, ni durará mucho”

Entrevista publicada en la revista Influencers de marzo-abril de 2020

Pionera, emprendedora, dinámica, apasionada y preparada. La influencer humanista lleva años en las redes sin atarse a lo políticamente correcto, ofreciendo contenidos, y mostrando con naturalidad sus esencias. El poder de lo auténtico ha hecho que esta experta en comunicación se convierta en una joven influyente con estilo propio. Con su proyecto Think 2BU, María de León acompaña también a quienes surcan el mar 2.0 para que no se ahoguen entre las subidas y las bajadas de las olas que ella ya ha surfeado hace tiempo.

Álvaro Sánchez León | @asanleo

Base: María de León (Sevilla, 1981) no es una influencer al uso. Lleva más de una década ofreciendo estilo y contenidos. Lleva más de una década transmitiendo mucho más que una imagen. Lleva más de una década caleidoscópica entre moda, arte, filosofía, salud, deporte, gastronomía, lifestyle, cultura, asesoramiento, solidaridad, comunicación, coaching y optimismo vital.

Fuste: En estos diez años, María de Leon ha combinado el prestigio con la formación permanente. La cosecha, con el cultivo de nuevos retos. La marca personal con la lógica aplastante de la coherencia. En su columna vertebral no hay restos de postureo. Por eso no es una influencer al uso.

Capitel: Además, esta joven fotogénica a la que todo le sienta bien, que sonríe desde Instagram, personifica la esencia de la belleza, interior y exterior. En sus hojas de acanto hay viajes solidarios al Congo, donde perdió la audición. Y ánimos para las pymes promocionando productos de “nuestra tierra” que ayudan a consolidar el trayecto de los emprendedores. Y muchas amistades, y muchas jóvenes que se miran en su espejo. Y muchas mujeres top que quisieran haber sido, en realidad, como ella.

Café con esta columna-Cariátide en una esquina de Madrid. Café intenso.

Comunica naturalidad y estilo. Diversión y cultura. Alegría y responsabilidad. ¿Es un modelo de influencer bastante a contracorriente?

Es un modelo de comunicación natural, porque me gusta transmitir mis esencias. No navego en los mares de las tendencias. Me expongo atendiendo a lo que me dictan mi cabeza y mi corazón.

Con mucha personalidad, pero abierta a un mundo apasionante de moda, belleza, tendencias, viajes, seguidoras y seguidores. ¿Cómo se consigue gustar sin necesidad de ser aséptica para gustar más?

El secreto está en tener la confianza suficiente para ser una misma y no dar ningún paso en dirección contraria a lo que dictan nuestras esencias. El postureo vacío puede gustar, pero es falso. Tarde o temprano eso se cae. Para mí, el éxito no es que a los demás les guste lo que hago, que es un sano reconocimiento, sino ver que en el trayecto mejoramos como personas, siendo coherentes con nuestra forma de ser, y ofreciendo un servicio de calidad.   

¿Lo auténtico vende mejor?

En estos tiempos en los que se mide todo en clave de productividad cada vez es más importante saber qué misión tiene cada uno en las redes sociales. Yo diferencio al influencer de mirada miope, que utiliza el universo digital para su exclusivo beneficio, y el de mirada amplia, que trabaja en clave de beneficio social a través de su comunicación.

¿A más autenticidad, más crece como personas y más la quieren las personas que la siguen?

Ya nos hemos dado cuenta de que la imagen no es lo único importante. Ha llegado el momento de profundizar, también en el mundo de las redes sociales. Pensar por libre es un reto prioritario en la era de la infoxicación, y para eso es clave decidir qué leemos y a quiénes seguimos.

Como experta en comunicación, ¿cómo se logra que la marca personal no transmita egolatría?

Avanzando mirando siempre a los demás. Llevo presente en las redes sociales desde hace tiempo y he visto la evolución. Instagram, por ejemplo, antes me parecía más natural. En estos años he ido viendo que algunas chicas jóvenes que querían influir y se han visto muy afectadas en su autoestima viviendo crisis psicológicas potentes. Por eso puse en marcha Think 2BU coaching, para aportar mi granito de arena. Me especialicé como coach en liderazgo en red en la Universidad Francisco de Vitoria. Ese peso académico me facilita transmitir mi experiencia con rigurosidad. En el fondo, me dedico a acompañar a personas a reflexionar sobre las decisiones de su vida.

¿Qué le parecen esos conatos de campaña social para tumbar el fenómeno influencer?

Las personas influyentes han existido siempre: deportistas, personas del ámbito de la cultura, actores, actrices, literatos, artistas, científicos… Hay que aceptar que el mundo de la comunicación ha evolucionado y ahora la conexión personal gana impacto en el eco de la comunicación. Los influencers sirven para comunicar, pero es importante que las personas influyentes sean conscientes de su responsabilidad.

No todos los influencers son iguales, claro.

Yo, por ejemplo, le dedico mucho tiempo a trabajar las cosas que transmito. Detrás de mis propuestas de viajes hay muchas horas, y eso no se puede menospreciar. El rigor, el criterio, la autenticidad, la honestidad, la responsabilidad y la coherencia en los contenidos son elementos suficientes para valorar a las personas que influyen en las redes sociales, entre otras cosas, porque, a veces, somos más independientes que los periodistas. Dicho esto, es importante saber que muchos lectores se quedan en la imagen y en las etiquetas, y no se leen los contenidos. Es una pena, pero es la realidad.

Algunas personas hacen del fenómeno influencer una profesión…

Ser influencer es una consecuencia, y depende de los demás. Yo no soy influencer. Soy una persona emprendedora, trabajo en el ámbito de la comunicación, me reinvento constantemente. Dependo de mí misma desarrollando campañas de comunicación con empresas diferentes. Ser influencer de profesión es ridículo. Además, un influencer sin misión diseñado solo para vender, en realidad ni es influencer, ni durará mucho.

¿Las marcas están usando bien a los influencers?

Las marcas deben ver qué personas influyentes de verdad casan con sus valores de marca. El reto está en saber elegir con quiénes cuentan como altavoces, no solo para vender, sino para contar qué hay detrás de su producto.

¿Cómo navega usted las redes sociales?

Las redes sociales son fundamentales. Nos permiten tener voz propia a todos, algo inimaginable hace poco. Además, en estos momentos de incertidumbre masiva, redes como Twitter nos permiten ir directamente a las fuentes sin pagar el peaje subjetivo de los intermediarios. Las redes sociales se pueden usar para bien y para mal. Lo importante es que en este escenario convulso donde la credibilidad está por los suelos y donde vemos pocos líderes que representen grandes valores, respetemos estas plataformas de comunicación.

¿Qué personas públicas le atraen por su modo de ser, estar y aparecer?

Rafa Nadal representa mis valores a la perfección.

Además de comunicar mucho, escucha y acompaña como coach para ayudar a otras personas a desbloquear enquistamientos o encender la audacia de los retos. ¿La confianza en uno mismo es un tesoro en peligro de extinción si nos comparamos siempre con lo que vemos en las redes?

Efectivamente. Por eso es importante que cada persona se atreva a pensar y tenga su propio criterio libre y argumentado. Aceptarse de verdad es un reto clave en nuestro desarrollo personal. Lo contrario -negarse, compararse, etc.- solo sirve para perder energía y frustrarse más de la cuenta en el camino.

¿Qué moda le interesa?

La moda española. Soy una gran defensora de nuestras marcas y del talento en el sector que deslumbra en nuestro país.

¿Por qué viajar nos hace más universales y por qué ser más universales es positivo?

Cuando salimos de nuestra zona habitual vemos el mundo con más objetividad, con menos personalismo, y con una educación y una cultura más amplia. Conocer otras ciudades y otros continentes nos ayuda a empatizar con personas diferentes, nos hace más comprensivos, más tolerantes, más flexibles.

¿Qué imagen espera que tengan de usted sus seguidores?

La que proyecto… Más que la imagen, lo que me preocupa es que mis contenidos les sirvan y les ayuden. Veo que a la gente le gusta que transmita mis creencias, mis cosas con naturalidad. ¿Tiene sentido censurarnos a nosotros mismos por miedo a que nos etiqueten? ¡A mí me da igual! ¡Ya me han etiquetado decenas de veces!

Usted transmite también que nos sobran cosas y nos faltan experiencias.

Como diría López Quintás, estamos en un nivel cósico. Tampoco podemos ver las experiencias como el ansia de meter ruido en nuestras vidas. Entiendo el sentido sano de las experiencias como vivencias que nos ayuden a evolucionar. No se trata de coleccionar experiencias, sino de vivirlas para crecer. Cada vez me agobia más tener cosas. Con los años me doy más cuenta de eso. Uso cosas, muchas me vienen bien, y cada vez tengo menos y comparto más.

¿Por qué no tiene haters?

Seguro que tengo, pero me respetan mucho. Creo que eso es producto de la coherencia. Pero seguro que están ahí… A las personas que me critican de manera constructiva las escucho siempre. A las que insultan no les doy ninguna importancia.

UNA EMBAJADORA DE LA SEVILLA UNIVERSAL

María de León anda de aquí para allá con una maleta llena de paraquienes en un universo digital muy dado a la parafernalia. Vive en Madrid y es una mujer de mundo, pero las raíces están en Sevilla, su rincón por excelencia. El lugar preferido al que volver siempre. A quienes visiten esta primavera la capital hispalense les recomienda comer en La Terraza de María Trifulca. Además, les aconseja un pequeño tour por la ciudad que incluya una parada de tapeo en Bodeguita Morales, un paseo en bici por el Parque de María Luisa, e ir a misa en la Capillita de san José. Si el viaje coincide con la Semana Santa nos propone buscar estas cuatro levantás por las calles de la ciudad: El Cristo de Pasión, por el Palacio de Lebrija; el Cachorro, por el Puente de Triana; la entrada de la Virgen de El Baratillo en su templo, y La Candelaria, por los Jardines de Murillo. Y para quien esté preparando las maletas para desembarcar en plena Feria de Abril, la embajadora de las esencias de Sevilla propone “arrimarse a los mejores tablaos flamencos que organiza Cedric Reversade”.