
Madrid. Navidad de 2022-2023. Calle Velázquez. Durante cuatro mañanas llamé al timbre de la última consulta del psiquiatra Aquilino Polaino-Llorente. Acababa de jubilarse después de 45 años ejerciendo la Psiquiatría y yo quería hacerle preguntas. Muchas preguntas. Preguntas sobre la depresión y la familia, sobre el suicidio y el miedo, sobre la libertad, la fe, el dolor, la felicidad, la muerte… Sobre la vida.
Él tenía entonces 77 años, una diabetes antigua, una columna vertebral bastante averiada, un grave accidente de tráfico a sus espaldas y miles de historias ajenas almacenadas en algún lugar de la memoria.
Nos sentábamos en dos sillones orejeros. Una Coca-Cola. Algún cigarro humeante por su parte. Una luz tenue. Y a hablar. De aquellas cuatro mañanas salió Todos somos frágiles (también los psiquiatras).
Ahora que Aquilino ha muerto, he vuelto a algunas de aquellas páginas y he descubierto que las respuestas cambian cuando quien las pronunció ya no está sobre este asfalto.
Le pregunté qué había aprendido del dolor. Me contestó que somos mucho más resistentes de lo que pensamos. Que nuestra vulnerabilidad es evidente, pero también lo es “nuestro potencial de resistencia, que es enormemente alto”.
Aquilino sabía bastante de dolor. En 1994 sufrió un accidente de tráfico. Estuvo siete días en coma y tardó alrededor de un año en recuperarse. Después me contó algo que me impresionó más que el accidente: el primer café que volvió a tomarse solo le pareció una alegría colosal. También mirar el cielo azul de Madrid. Los árboles de la Castellana. Volver a conducir.
Casi morirse le había enseñado durante algún tiempo el precio exacto de las cosas pequeñas. Pero quizá la frase que más recuerdo de aquellos días sea otra: “Es importante que a los hombres nos duela el dolor”.
Después de 45 años de consulta, Aquilino todavía pensaba que la compasión era un síntoma de salud humana. No se había impermeabilizado.
Eso me llamó profundamente la atención, porque por delante de sus ojos había pasado una buena representación de nuestras grietas: depresiones, esquizofrenias, angustias, obsesiones, soledades, familias rotas, gente que quería morir y gente que no sabía cómo vivir. Ricos que también lloraban. Pobres que también reían. Y, sin embargo, no se había vuelto cínico.
Una vez me contó que recibió a una paciente y se descubrió pensando, con impaciencia, qué hacía otra vez aquella mujer allí. Llevaba tiempo tratándola y no conseguía ayudarla. Entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se reprendió: “Esta persona es única y yo la estoy tratando como a una maceta”. Volvió a empezar. Me parece una buena historia para recordar a un psiquiatra.
También hablamos mucho de la fragilidad. De ahí salió el título del libro. Aquilino desconfiaba de la obsesión contemporánea por parecernos invulnerables. “En todas las manos humanas hay algún agujero”, decía. No existen las personas perfectas. Y tampoco los psiquiatras perfectos.
En el epílogo que escribió después de nuestras conversaciones fue todavía más lejos. Reconoció que, después de tantos años de profesión, había cosas de las que arrepentirse. Pacientes a los que quizá podría haber ayudado mejor. Omisiones. Torpezas. Errores. Y escribió: “¡También los psiquiatras somos frágiles!”.
Aquello era todo lo contrario a una rendición. Su tesis final fue que conocer nuestros límites no disminuye nuestra libertad, sino que la ensancha. “La asunción de las propias fragilidades es lo que nos hace sinceros, auténticos, coherentes y verdaderos”.
Hay una última conversación que hoy resulta difícil leer de la misma manera. Estábamos llegando al final del libro y le pregunté:
–Cuando uno se acerca a las últimas estaciones de la vida, ¿qué es lo que le importa?
Aquilino sospechó la trampa.
-¿Con ese “uno” se refiere a mí?
-Es una manera de hablar…
Y entonces contestó:
-“A mí lo que me importa es encontrar a Dios por dentro y encontrarlo de verdad”.
Después le pregunté qué había dejado de importarle.
-El juicio ajeno.
No quería saber qué dirían de él cuando muriera. Pensaba que, a los dos meses de morir una persona, apenas queda de ella “una caricatura mala, vacía e incompleta”.
Puede que tuviera razón, pero los que todavía estamos aquí podemos intentar que la caricatura sea un poco menos injusta.
Me quedo con aquellas cuatro mañanas. Con los dos sillones. Con su Coca-Cola y su humo. Con un hombre que había dedicado media vida a asomarse a las heridas de los demás y que, cuando le pregunté cuál era su balance final sobre el ser humano, respondió:
-“En el cómputo final, el balance es positivo”.
Hoy ha muerto el Dr. Aquilino Polaino Llorente. Yo me alegro mucho de haber llamado aquel timbre.








