
Todos somos algo hipócritas. Todos hemos recomendado serenidad mientras perdíamos los nervios por dentro. Todos hemos defendido la dieta mediterránea mientras cenábamos una pizza. La contradicción forma parte del ser humano, igual que las lágrimas o la nostalgia de septiembre.
La hipocresía aparece cuando alguien convierte su superioridad moral en un modo de vida. Cuando ya no se limita a equivocarse, sino que necesita dividir el mundo entre buenos y malos, entre quienes habitan el lado correcto de la historia y quienes merecen ser enviados a un gulag sentimental por votar regular o pensar peor todavía. Esa hipocresía deja de ser una debilidad humana y se convierte en una forma de soberbia.
Los escándalos que salpican ahora el legado político de José Luis Rodríguez Zapatero tienen algo de justicia poética. Durante años, el zapaterismo no fue solo un proyecto político. Se erigió, sobre todo, en una estética moral. Una manera de hablar despacio, sonreír mucho y transmitir la sensación de que la bondad siempre votaba lo mismo. El talante. La alianza de civilizaciones. Los derechos sociales. La nueva sensibilidad. Todo envuelto en un lenguaje terapéutico donde discrepar era una forma de violencia.
Los hechos tienen la costumbre incómoda de terminar poniendo la última palabra. A veces llegan tarde. A veces aterrizan despeinados. Pero se imponen con contundencia. La realidad acaba derrotando al marketing igual que una estantería mal colgada termina cayendo sobre el primero que pasa por debajo.
Hoy, muchos ciudadanos escuchan discursos sobre feminismo y no piensan en teoría política, sino en las prostitutas vinculadas al universo de José Luis Ábalos. Escuchan lecciones sobre lo público y se acuerdan de las sospechas de corrupción alrededor de Santos Cerdán. Oyen hablar de fraternidad internacional y visualizan a oligarcas caribeños vaciando un país mientras oportunistas occidentales se hacen fotos con pose de estadistas humanitarios. La política de gestos tiene el riesgo de desnudar el puro teatro.
No hay caída más desoladora que la del moralista profesional, porque el corrupto clásico suele resultar coherente en su cinismo. El desmoronamiento de los que se pasan media vida administrando carnés de bondad, señalando pecadores desde la tarima y explicando a los demás cómo deben pensar, hablar, educar a sus hijos o incluso respirar moralmente es tremendamente vergonzoso.
Una vez más, desde este lado de la historia se constata que los fanáticos suelen ser los más rígidos. Los más obsesionados con controlar el lenguaje ajeno. Los más incapaces de aceptar la discrepancia como algo normal en democracia. No creo que sea casualidad que haya personas que necesitan ordenar compulsivamente el mundo exterior porque dentro viven un enorme desorden moral.
Muchas veces la polarización no nace de convicciones profundas, sino de inseguridades abisales. De gente enferma de sí misma. De personas incapaces de convivir con la libertad del otro porque sospechan que, si el otro piensa distinto, tal vez su propio relato no era tan sólido.
Algunos movimientos contemporáneos desprenden una extraña agresividad moral. No buscan convencer, sino disciplinar. No quieren ciudadanos, sino alumnos obedientes y excluyentes. No toleran el matiz, porque introduce oxígeno y ellos necesitan atmósferas cerradas.
La realidad siempre encuentra una grieta. El hipócrita acaba agotado. Llega un momento en que ya no sabe dónde acababa el discurso y dónde empezaba la vida real. Y entonces las palabras empiezan a perder valor social, porque la sociedad aprende a distinguir entre virtud y propaganda. La política y las redes -tanto monta- han llenado la vida pública de personas obsesionadas con parecer buenas en lugar de intentar ser decentes. La decencia suele ser discreta y constructiva. La propaganda moral es un muro que necesita focos. Y los focos también iluminan las manchas.








