• Hay una violencia que rompe escaparates, quema contenedores, insulta, amenaza o agrede. Hace daño. Y ruido. Deja imágenes que llegan puntualmente al telediario.

    Hay otra violencia que ni quema ni grita. Convoca reuniones. Constituye comisiones. Emite comunicados. Declara que sigue la situación con enorme preocupación y pide calma. La calma es algo que siempre pedimos a los demás.

    La RAE define la violencia, entre otras acepciones, como la “acción y efecto de violentar o violentarse”. Pero el diccionario se queda corto para explicar una forma de violencia política mucho menos visible: la que puede ejercer el poder cuando no actúa, deja que un problema se enquiste y obliga a otros a convivir con sus consecuencias.

    Lo ocurrido estos días en Ceuta obliga a condenar sin matices los episodios violentos que se han producido. Una democracia no puede admitir que la indignación termine en agresiones, amenazas, incendios o ataques contra inmigrantes, periodistas, policías o cualquier ciudadano. Punto. Pero poner el punto demasiado pronto también puede convertirse en una forma de no querer entender nada. Porque antes de preguntarnos por qué una sociedad estalla conviene preguntarse cuánto tiempo llevaba calentándose.

    El propio Estado ha reconocido oficialmente que las entradas irregulares de finales de julio provocaron una presión inédita sobre la ciudad autónoma, afectando al funcionamiento ordinario de servicios sociales, protección de menores, seguridad, transporte y gestión administrativa. Casi un mes después, el Gobierno declaró la situación de interés para la seguridad nacional.

    En medio de esa pasividad institucional hay muchos “mientras”. Mientras, la gente sigue viviendo allí. Mientras, los problemas crecen. Mientras, las administraciones discuten competencias. Mientras, los vecinos soportan las consecuencias de un problema que no han creado.

    La solución tarda. El relato llega puntual. Puede retrasarse una decisión. Puede omitirse una respuesta. Puede burocratizarse una emergencia. Puede dejarse que un problema se enquiste. Y entonces sucede algo políticamente extraordinario: quien lleva semanas padeciendo un problema termina recibiendo una explicación institucional sobre cómo debe reaccionar ante el problema. Es la versión administrativa del camarero que tarda una hora en servirte la cena y, cuando preguntas por ella, te pide que moderes el tono.

    José Ortega y Gasset dejó escrita una frase incómodamente actual: “El estatismo es la forma superior que toman la violencia y la acción directa constituidas en norma”. Ortega no hablaba de Ceuta. Ni de inmigración. Ni del Gobierno actual. Pensaba en alto en algo bastante más profundo: del gigantesco poder adquirido por el Estado moderno y del peligro de que esa maquinaria termine imponiéndose sobre la propia sociedad a la que debía servir.

    Gobernar es difícil y existen problemas que carecen de soluciones inmediatas. La inmigración irregular es uno de ellos. La violencia comienza cuando la incapacidad para resolver deja de reconocerse como incapacidad y empieza a presentarse como superioridad moral. Cuando quien pregunta molesta. Cuando al que protesta se le despacha como xenófobo. Cuando la crítica se etiqueta antes de contestarse. Cuando el ciudadano deja de ser alguien a quien explicar una decisión y pasa a ser alguien cuya reacción hay que gestionar.

    Comunicación o munición

    Entonces la comunicación institucional deja de ser comunicación y se convierte en munición. Palabras. Argumentarios. Comparecencias. Etiquetas. En una democracia, el Gobierno dispone del mayor altavoz del país. Frente al ciudadano que protesta está toda la potencia simbólica del Estado. Por eso gobernar no consiste únicamente en tener razón. Consiste también en llegar a tiempo.

    Ceuta necesita seguridad, humanidad con quienes llegan, respeto escrupuloso a la ley, cooperación con Marruecos y medios. Necesita expulsar a quien legalmente deba ser expulsado, proteger a quien deba ser protegido y distinguir una cosa de la otra sin convertir cada decisión en una batalla ideológica.

    Pero necesita algo todavía más elemental: que nadie le explique desde lejos que lo que está viviendo no es exactamente lo que está viviendo. Porque existe una violencia de baja intensidad que no incendia las calles, pero incendia lentamente la confianza.

    Consiste en dejar que el problema se enquiste y sorprenderse después porque duele. En abandonar el terreno y escandalizarse cuando alguien ocupa el vacío. En confundir explicación con propaganda. Y en pedir serenidad a quienes llevan semanas esperando decisiones.

    Ortega definió la nación como un “proyecto sugestivo de vida en común”. Un país no conserva sus fronteras únicamente con policías, leyes y acuerdos internacionales. También las conserva convenciendo a quienes viven en ellas de que el Estado está detrás.

    Ceuta no necesita que España le diga constantemente que es española. Necesita comprobarlo. Eso, en política, se llama gobernar.

  • Madrid. Mañana primaveral en el Parque del Retiro con síntomas de palpitaciones veraniegas. Hemos sacado de la consulta a Manuel García de Yébenes, subdirector del Departamento de Cardiología de la Clínica Universidad de Navarra, para mirar con lupa el corazón de la sociedad, de cada persona y de los especialistas en un paseo preventivo y ejemplar por este pulmón verde.

    Corredores y deportistas. Veteranos haciendo ejercicio a la fresca. Las primeras barcas reman por el lago. Sol.  

    Lejos del estrés de una ciudad hiperactiva se ve con más objetividad una realidad que nos golpea diariamente: las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la segunda causa de muerte natural en España: más del 25% del total. Según el Instituto Nacional de Estadística, cada 4 minutos fallece una persona en el país por culpa del corazón.

    Como es lógico, esta preocupación social tiene su eco en la actividad asistencial de la Clínica, que es un hospital cardiosaludable de referencia.

    El Dr. García de Yébenes nació en Madrid, aunque vivió su infancia en la provincia de Segovia, estudió la carrera en la Universidad de Navarra, e hizo la residencia en la sede de Pamplona del hospital. Lleva desde 2014 atendiendo a pacientes de la Clínica en Madrid.  

    Nos hemos retirado del mundanal asfalto para escuchar el latido de un apasionado del corazón.  

    Lee la entrevista íntegra en Noticias.CUN

  • España llevaba meses hablando a gritos. En el Parlamento. En la tele. En las redes. Gritos convertidos en titulares. Gritos como estrategia. Gritos como eje de negocios.

    En mitad de este vietnam, aterrizó un hombre vestido de paz. No venía a ganar ninguna batalla cultural. Ni a señalar a enemigos. No ha venido a colocar a gente en su lado correcto de la historia. Ni a ocupar una trinchera más en un país saturado de socavones de orgullo.

    Ha venido a hacer algo mucho más difícil: alzar la mirada.

    El lema oficial del viaje apostólica de León XIV es la expresión que mejor resume su visita a España. Esa idea ha sido la columna vertebral de todo su magisterio durante estos días. Una invitación insistente a levantar los ojos por encima del ruido, de la ideología, de la simplificación, de la resignación y del ombligo.

    Mientras otros buscan culpables, él busca horizontes. Mientras otros ordenan la realidad en bloques enfrentados, él insiste en la complejidad. Mientras muchos han hecho de la polarización una herramienta política o mediática, el Papa ha repetido insistentemente que la realidad es siempre más grande que los eslóganes que utilizamos para explicarla.

    En lugar de añadir más leña al fuego, él ha invitado a reconciliarnos. En vez de simplificarlo todo, él nos ha animado a pensar. No es un mensaje ingenuo. Es profundamente revolucionario. Porque exige renunciar a una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: la comodidad de tener siempre razón.

    Escucharnos

    León XIV no ha venido a decirnos que todo da igual, porque el relativismo ha muerto por su propio peso. Nos ha recordado que la verdad existe y que merece ser buscada con humildad. La verdad no se impone a martillazos. Se propone. La verdad nos obliga a escucharnos.

    Más allá de su figura esencialmente paternal, uno de los aspectos que más me han llamado la atención de este viaje apostólico a España ha sido su forma de comunicar.

    Vivimos una época en la que la comunicación corre el riesgo de convertirse en una sofisticada técnica de persuasión. Un mercado de emociones. Una fábrica de percepciones. Un algoritmo diseñado para captar la atención.

    A veces, se comunica mucho, pero se dice poco. Las palabras han empezado a cotizar más por su impacto que por su verdad. León XIV parece caminar a contracorriente. Sus discursos no buscan viralidad. Buscan sentido.

    No habla para ocupar espacio, sino para iluminarlo. No parece obsesionado por la imagen. Nos ha recordado que la autoridad moral nace de la coherencia. Hay una vieja intuición que atraviesa toda la tradición cristiana: la verdad no sólo debe decirse, sino que debe encarnarse. Y eso es exactamente lo que muchos ciudadanos del mundo han percibido estos días mientras miraban, escuchaban y rezaban con el Papa en Madrid, en Barcelona o en Canarias.

    La verdad de sus gestos. La naturalidad con la que se acerca a los jóvenes. La auténtica atención a los pobres y a los presuntamente descartados de la sociedad. La serenidad con la que habla de cuestiones que no son sencillas en un contexto en el que es fácil provocar un resbalón. La libertad con la que denuncia las injusticias sin convertirse en rehén de ninguna ideología. La capacidad de señalar heridas sin recrearse en ellas.

    Realzar lo que une

    Otra constante de su visita ha sido la obstinación por encontrar lo bueno. No un optimismo superficial. No una versión religiosa del pensamiento positivo. Algo mucho más profundo. La convicción de que el bien existe y de que merece ser contado. De que hay muchas personas buenas a nuestro alrededor.

    En un país cansado de escuchar todo lo que va mal, León XIV ha querido señalar lo que todavía funciona bien. Las familias que sostienen. Los jóvenes que buscan. Los voluntarios que sirven. Los educadores que forman. Los creyentes que rezan. Los ciudadanos que construyen convivencia.

    La presencia del Papa en España ha sido como abrir las ventanas de una habitación cargada. De repente entra aire y casi salen solas las sonrisas. Los problemas no han desaparecido, pero nos ha ayudado a recodar que son más grandes las personas, la belleza, el bien, el servicio y la verdad que las dificultades.

    La visita de León XIV ha coincidido con el estado de ánimo de este junio. El final de curso. Las agendas agotadas. La política exhausta. Los medios atrapados en su batalla diaria. Un país que mira de reojo las vacaciones de verano como quien busca un refugio temporal. Y en medio de esa cierta fatiga colectiva, la presencia del Papa ha actuado como un ventilador de aire fresco.

    No ha traído soluciones técnicas, pero sí esperanza. La esperanza de que todavía es posible hacerlo mejor.

    Dentro de unos años, cuando recordemos estos días, tal vez recordemos simplemente esta sensación de haber escuchado una voz distinta. Las personas que unen nos cosen.  

    Levantamos la cabeza para salir del túnel. La verdad sigue siendo un poderoso imán que nos atrae a todos con fuerza. España, encendida.

  • Todos somos algo hipócritas. Todos hemos recomendado serenidad mientras perdíamos los nervios por dentro. Todos hemos defendido la dieta mediterránea mientras cenábamos una pizza. La contradicción forma parte del ser humano, igual que las lágrimas o la nostalgia de septiembre.

    La hipocresía aparece cuando alguien convierte su superioridad moral en un modo de vida. Cuando ya no se limita a equivocarse, sino que necesita dividir el mundo entre buenos y malos, entre quienes habitan el lado correcto de la historia y quienes merecen ser enviados a un gulag sentimental por votar regular o pensar peor todavía. Esa hipocresía deja de ser una debilidad humana y se convierte en una forma de soberbia.

    Los escándalos que salpican ahora el legado político de José Luis Rodríguez Zapatero tienen algo de justicia poética. Durante años, el zapaterismo no fue solo un proyecto político. Se erigió, sobre todo, en una estética moral. Una manera de hablar despacio, sonreír mucho y transmitir la sensación de que la bondad siempre votaba lo mismo. El talante. La alianza de civilizaciones. Los derechos sociales. La nueva sensibilidad. Todo envuelto en un lenguaje terapéutico donde discrepar era una forma de violencia.

    Los hechos tienen la costumbre incómoda de terminar poniendo la última palabra. A veces llegan tarde. A veces aterrizan despeinados. Pero se imponen con contundencia. La realidad acaba derrotando al marketing igual que una estantería mal colgada termina cayendo sobre el primero que pasa por debajo.

    Hoy, muchos ciudadanos escuchan discursos sobre feminismo y no piensan en teoría política, sino en las prostitutas vinculadas al universo de José Luis Ábalos. Escuchan lecciones sobre lo público y se acuerdan de las sospechas de corrupción alrededor de Santos Cerdán. Oyen hablar de fraternidad internacional y visualizan a oligarcas caribeños vaciando un país mientras oportunistas occidentales se hacen fotos con pose de estadistas humanitarios. La política de gestos tiene el riesgo de desnudar el puro teatro.

    No hay caída más desoladora que la del moralista profesional, porque el corrupto clásico suele resultar coherente en su cinismo. El desmoronamiento de los que se pasan media vida administrando carnés de bondad, señalando pecadores desde la tarima y explicando a los demás cómo deben pensar, hablar, educar a sus hijos o incluso respirar moralmente es tremendamente vergonzoso.

    Una vez más, desde este lado de la historia se constata que los fanáticos suelen ser los más rígidos. Los más obsesionados con controlar el lenguaje ajeno. Los más incapaces de aceptar la discrepancia como algo normal en democracia. No creo que sea casualidad que haya personas que necesitan ordenar compulsivamente el mundo exterior porque dentro viven un enorme desorden moral.

    Muchas veces la polarización no nace de convicciones profundas, sino de inseguridades abisales. De gente enferma de sí misma. De personas incapaces de convivir con la libertad del otro porque sospechan que, si el otro piensa distinto, tal vez su propio relato no era tan sólido.

    Algunos movimientos contemporáneos desprenden una extraña agresividad moral. No buscan convencer, sino disciplinar. No quieren ciudadanos, sino alumnos obedientes y excluyentes. No toleran el matiz, porque introduce oxígeno y ellos necesitan atmósferas cerradas.

    La realidad siempre encuentra una grieta. El hipócrita acaba agotado. Llega un momento en que ya no sabe dónde acababa el discurso y dónde empezaba la vida real. Y entonces las palabras empiezan a perder valor social, porque la sociedad aprende a distinguir entre virtud y propaganda. La política y las redes -tanto monta- han llenado la vida pública de personas obsesionadas con parecer buenas en lugar de intentar ser decentes. La decencia suele ser discreta y constructiva. La propaganda moral es un muro que necesita focos. Y los focos también iluminan las manchas.

  • En la cara B del mundo están los cables, los hilos de la tramoya, los pilares de la tierra, los intereses reales que mueven los engranajes y el lado oscuro de la luna.

    Ángel Gómez de Ágreda es coronel del Ejército del Aire y del Espacio en la reserva, piloto militar y paracaidista. Y se ha entrenado para abrir los ojos, afinar los oídos, y meterse en el vietnam de la guerra cognitiva, la geopolítica, la ciberdefensa y los entresijos de la inteligencia artificial.

    — ¿Le da miedo lo que se ve en ese trastero?

    — Más que miedo, me da pena.

    * * * * *

    Plaza de Callao. Madrid. Paradójicamente, hemos quedado para hablar por la calle de lo que bulle detrás del telón. Paseamos por la Gran Vía, que está llena de personas que van y vienen en una coreografía sin guion. O eso es lo que piensan. El escenario es acera, asfalto y franquicias. Aunque sea la capital del país, ya todos los centros de las ciudades son iguales.

    Vamos de paisano por la capa visible ordinaria, intentando observar el presente en plano cenital. “¿Y si todo lo que creemos saber fuera una ilusión?”. Gómez de Ágreda se pasa el día con la brújula examinando las raíces y los frutos, con la ilusión de que afloren nuestras alas.

    Acaba de escribir Un mundo falaz (Ariel): un ensayo que habla de tecnología, de manipulación, de desinformación, de batallas y de mapas del mundo, pero que es, sobre todo, un manual de antropología para desactivar todas las bombas antilibertad que nos estallan cerca, muy cerca, en cada paso de progreso del siglo XXI.

    En medio de más de 50 conflictos armados, misiles, drones, TrumpPutin, Israel, Rusia, UcraniaGaza, Hamás, Hizbulá, IránVenezuelaCubaLíbanoSudán, Burkina Faso, Congo, Yemen, Afganistán, Pakistán y un mapamundi en llamas, conversamos con un estratega de la guerra de los algoritmos.

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  • WHO European Forum, held at Kurhotel in Skodsborg, December 4-7th. Colleagues from all over southern Europe attended. Photos by: Emily Wilson Photography

    En el corazón de toda sociedad viva late una actividad silenciosa y decisiva: comunicar. No se trata sólo de transmitir información, sino de hacer posible la convivencia, generar confianza y construir un sentido compartido de la realidad. En la era de los algoritmos, de las burbujas informativas y de la desinformación industrializada, esa misma capacidad se convierte en un instrumento de división, propaganda o manipulación.

    Las guerras están por todas partes y cualquier batalla trae consigo la tentación de utilizar las palabras como armas. La polarización es un método eficaz para movilizar a los propios, simplificar la complejidad y deshumanizar al adversario. Pero la eficacia no es la verdad, y el ruido no siempre es fortaleza. Frente a esa lógica de trincheras, la ética en la comunicación puede parecer una ingenuidad. Precisamente por eso, quizás sea una de las revoluciones constructivas más oportunas.

    En un momento en que el periodismo atraviesa una crisis profunda de modelo, autoridad y, a veces, credibilidad, comprender lo que ocurre sigue siendo un bien de primera necesidad social.

    En tiempos de vaivenes y nebulosas, las sociedades buscan referencias fiables. Ahí la comunicación ejercida con integridad ya no es una mera técnica profesional, sino una forma de responsabilidad pública. La verdad no necesita artimañas, y el bien común no se afianza a gritos.

    Anne Gregory lleva años pensando en este desafío. Es profesora emérita de Comunicación Corporativa en la Universidad de Huddersfield (Reino Unido) y una de las voces más influyentes en ética de la comunicación. Ha asesorado a gobiernos, organizaciones internacionales y grandes empresas sobre cómo comunicar en contextos complejos.

    Sobre la mesa están el deterioro del ecosistema informativo y el uso político de las estridencias. Pero también la pasión, la virtud y la convicción de quienes creen que las palabras verdaderas todavía pueden coser una sociedad.

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  • Llueve persistentemente en Madrid. Benito Arruñada (Vegadeo, Asturias, 1958) habla como escribe: sin adornos. Catedrático de Empresa en la Universidad Pompeu Fabra, economista institucional, lleva décadas estudiando cómo funcionan y cómo fallan los sistemas cuando dejamos de mirarlos con romanticismo.

    Con porte de traumatólogo de la eficacia pública, acaba de ofrecer un análisis incómodo sobre el entumecimiento nacional al alcance del lector no académico en La culpa es nuestra. Es un libro que va a contracorriente de la conversación pública dominante, más por provocar una reacción que por provocar un titular. No busca culpables externos ni ofrece redenciones fáciles. Interpela al ciudadano con datos, experiencia, comparaciones y conclusiones que trascienden el cortoplacismo que riega el corazón del país.

    No es un texto contra la política ni contra el estado del bienestar. Se dirige, más bien, contra una forma infantil de relacionarnos con ambos. No cae en la tentación de pensar que los problemas colectivos siempre son culpa del sistema, de los políticos, de las élites o de un “ellos” difuso que nunca nos incluye. Su tesis es más incómoda: en democracias representativas, los gobiernos no surgen del vacío. Obedecen a preferencias sociales, a incentivos compartidos, a una cultura cívica que rara vez quiere mirarse al espejo.

    Nos vemos en el Hotel Suecia, un enclave con historia política, memoria de un socialismo anterior a esta tiranía del relato. Madrid está húmeda. En el aire flota algo más que vapor de lluvia. Todavía huele al hierro descarrilado de la negligencia acumulada. Supura el dolor de las familias rotas por los accidentes ferroviarios de Adamuz.

    La culpa es nuestra nos coloca a todos en el epicentro de un momento en el que parecemos debatirnos entre la indignación permanente y la resignación cómoda. Entre exigirlo todo y no querer saber cuánto cuesta nada.

    No hay paraguas que evite la pregunta más necesaria: ¿y si la solución estuviera en nuestras manos?

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  • En 2008 el Goya a la Mejor Película fue para Camino. En 2026 lo ha ganado Los domingos. Entre ambas películas ha pasado toda una mayoría de edad (18 años), pero el contraste es más cultural que cronológico.

    Las dos producciones españolas orbitan en torno a un mismo territorio: la experiencia religiosa, la fe vivida en contextos concretos, el choque entre conciencia individual y entorno. Sin embargo, el punto de vista de sus directores es muy distinto.

    Camino, dirigida por Javier Fesser, fue una película de causa de martirización. Incómoda, dura con una de las partes implicadas, deliberadamente crítica. Tenía la forma del drama social y el pulso de un alegato contra la Iglesia católica. Su mirada era frontal, casi quirúrgica. Funcionaba desde la denuncia y el desgarro. La vieron en salas unos 250.000 espectadores.

    Fesser es un director enorme, especialmente reconocido por la comedia. De hecho, también ganó el Goya a la Mejor Película con Campeones en 2019, y ese añovimos en tres dimensiones todo el potencial de la mirada misericordiosa y empática para embellecer los temas sociales con un don particular. En aquella cinta, su talento se expande con libertad y ternura. Pero el drama social exige una complejidad que no siempre cabe en la lógica del señalamiento.

    En 2026, Alauda Ruiz de Azúa ha hecho algo distinto con Los domingos que aplaude la audiencia y, por lo que se ve, también la Academia de Cine. Ella dirige películas que no entran a la tentación de juzgar. Su pasión por comprender lo enmarca todo. Ella no construye una tesis, sino personajes con unos diálogos que continúan cuando salimos del cine. Alauda nunca dispara desde fuera; se aproxima desde dentro, casi de puntillas, con una profesionalidad más propia de una experta en esterilización de quirófanos.

    Los domingos ni blanquea ni idealiza. Escucha. Entiende. Se hace preguntas maduras. Tampoco caricaturiza. Observa. Y permite que cada personaje tenga razones, miedos y contradicciones. Esa honestidad, lejos de enfriar el relato, lo hace más universal. En enero ya superaba los 620.000 espectadores erigiéndose también como líder de una tendencia cultural, muy de la mano de Rosalía.

    Evidentemente, algo ha cambiado en la forma de contar lo religioso.

    Da la impresión de que los que disfrutamos el cine español preferimos propuestas sin trincheras, hastiados de tanta polarización. Es probable que a los propios directores y directoras les interesen cada vez más los relatos creíbles. En este caso, que asuman que la fe -como la duda- forma parte de la experiencia humana y no de una guerra ideológica permanente.

    La vocación, el musical

    Otro fenómeno parecido en éxito social y temática trascendental fue La llamada, de Javier Calvo y Javier Ambrossi. En aquella película marchosa, María y Susana son dos adolescentes rebeldes, apasionadas por el reggaetón y el electro-latino, internas en el campamento cristiano “La brújula”. A María se le aparece Dios cantando canciones de Whitney Houston. La vocación irrumpe en clave musical.

    La película -adaptación del exitoso musical homónimo de 2013- funciona como un festival de colores. Es pop, es ritmo, es identidad en construcción. La fe aparece con respeto, pero también envuelta en una estética que convierte la llamada interior en una cabalgata. Más de 300.000 espectadores en cines y en televisión rozó las cifras de Los domingos. Y, sí, probablemente hablaba el lenguaje emocional de su generación.

    En La llamada, la vocación se asocia a la afirmación personal y, de manera explícita, a la identidad sexual. Hay frescura, hay irreverencia amable, hay celebración. Pero el fenómeno religioso es más un asunto de carnaval.

    En el trabajo posterior de los Javis, especialmente en La Mesías, esa asociación entre lo religioso y lo excéntrico —lo excesivo y lo friki— se mantiene, aunque con más oscuridad. Hay fascinación estética por lo espiritual, pero se narra con una distancia irónica.

    Los domingos, en cambio, no convierte la fe en espectáculo ni en símbolo generacional. La trata como una experiencia compleja que atraviesa familias, afectos y silencios. No la celebra ni la combate. La interroga en directo con una profesionalidad digna del periodismo más romántico.

    El Goya de Los domingos puede ser una cuestión pasajera. El año que viene, una monja asesina o un cura pederasta pueden asaltar las taquillas y las alfombras rojas del cine español, porque la cultura es esencialmente imprevisible. Pero, al menos en 2026, da la impresión de que la Academia de Cine y el público han coincidido en relevar el gesto enfático por la voluntad de comprender. Eso, en un país donde la fe es raíz, sentido de la vida, tradición, familias, sed, y también trinchera y chiste, es un no-a-la-guerra como un templo.

  • Un fotógrafo siguió los dos últimos días de tratamiento de Enric en la Unidad de Protonterapia del Cancer Center Clínica Universidad de Navarra para explicar toda la ciencia, todo el cuidado, toda la medicina, toda la tecnología, toda el alma, toda la esperanza y toda la emoción que palpitan detrás de cada paciente que pasa por una de las terapias más vanguardistas del país para tratar el cáncer.

    De 188 fotos, hemos tenido que resumir en 19. La historia de Enric se ha convertido en portada de revista. Y en editorial. Y en las imágenes que hablan por sí solas en este reportaje.

    Vinieron con mucha incertidumbre. Se van siendo de la familia. Ojalá la luz que se ve al final del túnel sea tan clara y definitiva como la sonrisa madura de un adolescente ejemplar.

    Fotografías: José Juan Rico.

    Lee el reportaje completo en Noticias.CUN

  • No hay cámaras. No hay focos. Marisa Fernández Armenteros (Santander, 1976) lleva años sosteniendo películas cuando la historia aún no sabe si va a existir. Cuando todavía es tan frágil que los aplausos son una utopía.

    Con un toque de naming profético, desde 2021 dirige su propia productora: Buenapinta Media. Cine independiente con ojo clínico para las corazonadas. Cinco lobitos (2022), Un amor (2023), Los domingos (2025), Ciudad sin sueño (2025) o Tres adioses (2026). Hablamos de historias muy distintas, aunque en ellas palpite un pulso común para mirar donde cuesta, escuchar antes de hablar y confiar en que el espectador sabe ya de qué va la vida.

    El próximo 28 de febrero se entregan en Barcelona los Premios Goya. En esta 40ª edición, Los domingosde Alauda Ruiz de Azúa, está en la pole con 13 nominaciones, incluidas mejor película, mejor dirección, mejor guion original, mejor actriz protagonista, mejor actor protagonista y mejor actriz revelación. Una conquista.

    Como predecía la opinión pública, arrasa en el cine español la historia de Ainara, sus 17 años, su vocación a la clausura, su familia sin ventilación, la fe, el amor, las conversaciones de cocina de todas las casas, los prejuicios, las intransigencias domésticas, la coherencia, las madres ausentes, la libertad, y todos los grandes temas que caben en una cinta de 117 minutos en forma, a la vez, de bomba y de puente.

    El 40 cumpleaños de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas es un buen momento para madurar una realidad latente: las personas que se dedican a la producción cinematográfica no son meros gestores ni intermediarios financieros: son arquitectos, mediadores, guardianes del sentido y, muchas veces, la última conciencia del proyecto. Son quienes deciden qué historias merecen existir, con qué límites, para qué público y a qué precio económico, creativo y moral. Y no tienen Goya propio.

    Acaba de llegar de recoger en equipo dos Premios Feroz: Mejor Película Dramática, por Los domingos, y el Arrebato de Ficción, por Ciudad sin sueño.

    Fuera de plano. Lejos de los carteles. Cerca de la claqueta. Eje del éxito, cuando llega. Luces, cámaras y acción detrás del telón. Así respira el séptimo arte en los pilares posibilistas del cine.

    Lee la conversación en Aceprensa.