
Hay algo fascinante en los carteles electorales: pretenden resumir un país, un partido y un candidato en una fotografía y un puñado de palabras. Una operación de síntesis que tiene mucho de publicidad, bastante de psicología y, en ocasiones, una involuntaria vocación de estímulo de masas con más o menos fortuna.
Los programas de cada partido se han convertido casi en lo de menos. Venden estados de ánimo, identidades, enemigos, esperanzas y, sobre todo, relatos. El cartel electoral es el envoltorio de ese producto. Importa tanto lo que dice como lo que calla. Y, en tiempos de comunicación política permanente, también importa lo que permite que otros digan de él.
Con las elecciones del 29 de noviembre convocadas, he imaginado cuatro carteles electorales para cuatro protagonistas de la política española. No son propuestas oficiales ni expresan preferencias de voto. Son un ejercicio de creatividad y análisis sobre la forma en que los partidos -me imagino- construyen sus relatos y buscan conectar emocionalmente con los ciudadanos. ¿Por dónde iría yo si me piden un consejo? Seguramente lo pensaría mucho más, porque este texto y sus imágenes nacen casi de la intuición, y lo pondría en manos más profesionales, pero estas pistas pueden servir para iniciar la conversación.
No son carteles oficiales. Son un pequeño ejercicio de imaginación política. Aunque, viendo cómo están las cosas, tampoco sería extraño que alguno terminara pareciéndose demasiado a uno verdadero.
Pedro Sánchez: si ladran, ¡seguimos!

Pedro Sánchez ha conseguido algo que no está al alcance de cualquier político: convertir algunos de los insultos que recibe en una forma de identificación con sus seguidores.
El caso de «Perro Sanxe» es particularmente revelador. Lo que nació como una descalificación terminó convertido en un guiño cómplice, una contraseña digital, casi una marca. En política, apropiarse del lenguaje del adversario puede ser una manera formidable de neutralizarlo. De ahí la propuesta: «Si ladran, ¡seguimos!».
El eslogan juega con el viejo recurso de interpretar las críticas como una prueba de que uno avanza. Pero también contiene una segunda lectura, inevitable para cualquiera que conozca el universo de «Perro Sanxe». Los que ladran pueden ser los adversarios. O quizá el propio perro convertido en emblema electoral.
La estética acompaña el juego: una imagen presidencial deliberadamente solemne, atravesada por códigos gráficos más cercanos a la cultura underground, al meme y a la provocación digital que a la propaganda institucional clásica.
La combinación no es casual. Sánchez puede presentarse como un presidente de Gobierno y, simultáneamente, participar en una conversación de internet en la que la ironía funciona como instrumento de pertenencia. Para unos, una frivolidad. Para otros, un acierto.
El cartel te pide que formes parte de una comunidad que sabe interpretar la provocación. Esa es una de las transformaciones más interesantes de la comunicación política contemporánea: el humor -a quien le haga gracia- ya no sirve únicamente para ridiculizar al poder. El poder también ha aprendido a utilizarlo -supuestamente- para protegerse.
La eficacia de esa estrategia tiene también sus riesgos al convertir cualquier crítica, incluso la legítima, en un nuevo argumento para reforzar la identificación de los propios seguidores.

Alberto Núñez Feijóo: la difícil tarea de parecer inevitable
El principal desafío visual de Feijóo es muy distinto. No necesita transmitir transgresión, sino solvencia. No aspira a resultar imprevisible, sino a convencer de que, con él, las cosas dejarían de serlo.
Su territorio natural es el de los colores reconocibles, la composición ordenada, la fotografía limpia y la promesa de normalidad. Pero ahí reside también su problema. La moderación es una virtud política que no siempre resulta fotogénica. La estabilidad puede ser una aspiración colectiva, pero difícilmente se convierte por sí sola en un acontecimiento visual.
El cartel de Feijóo tiene que resolver esa contradicción: presentarlo como una alternativa suficientemente distinta para justificar un cambio de Gobierno, pero suficientemente familiar para que nadie tema las consecuencias. Demasiada solemnidad y parecerá un presidente antes de haber ganado. Demasiada agresividad y perderá precisamente el atributo que pretende representar.
El azul, la limpieza tipográfica y una composición sin grandes sobresaltos expresan esa aspiración de confianza. El verde degradado de fondo es un guiño a los votantes de Abascal. La cuestión es si una imagen tranquilizadora puede movilizar a un electorado acostumbrado a que la política se presente como una emergencia permanente.
Feijóo necesita que el cartel transmita cambio sin transmitir vértigo. Una tarea bastante más complicada de lo que parece.

Santiago Abascal: sumar o romper
Si Feijóo debe evitar que el cartel parezca demasiado combativo, Abascal tiene el problema contrario: una imagen excesivamente conciliadora podría resultar poco reconocible para su electorado.
Su comunicación política se apoya en la confrontación, la identidad y la apelación emocional. El cartel no está concebido únicamente para persuadir al indeciso. También debe confirmar al convencido que sigue estando en el lugar correcto.
Aquí los colores, los contrastes, la mirada y la composición adquieren un significado casi militar. La imagen no sugiere una conversación, sino una toma de posición.
La bandera y los símbolos nacionales funcionan como elementos de identificación inmediata. El eslogan debe ser corto, afirmativo y resistente a cualquier matiz. Y, de paso, romper con la inercia de la opinión pública de un plumazo. No hay mucho espacio para las subordinadas cuando lo que se pretende transmitir es determinación. De reojo, el claim lanza una pulla al extinto Sumar, que no ha sido capaz de darle pábulo a la esencia de su nombre.
Es una estética que responde a una concepción muy concreta de la política: la de la tensión entre quienes defienden algo sin complejos y quienes supuestamente lo amenazan poniendo la etiqueta de «ultras».
Su ventaja comunicativa es evidente. Su riesgo también: cuando toda elección se presenta como una batalla decisiva, resulta cada vez más difícil explicar qué se hará al día siguiente de ganarla, porque gobernar exige negociar con la realidad.

Ada Colau: la izquierda que quiere volver a despegar
La propuesta para Ada Colau -candidata en ciernes- parte de una dificultad particularmente interesante: cómo vender una nueva etapa política sin que parezca simplemente una nueva etiqueta.
Frente Amplio ya forma parte del escenario político. Y su nombre tiene una ambición semántica evidente: reunir, ensanchar, abrir espacio. Algo que no consiguió Sumar. Es una denominación que quiere transmitir capacidad de integración antes incluso de explicar a quién integra. Como antaño hizo Izquierda Unida…
La historia reciente de la izquierda a la izquierda del PSOE, sin embargo, ha convertido las operaciones de suma y resta en una fuente inagotable de ironías.
La imagen debe transmitir dinamismo, optimismo y una voluntad de superar el desgaste de las disputas internas. Los colores y el tratamiento gráfico buscan una identidad reconocible, alejada de la solemnidad institucional y próxima a los códigos de una izquierda urbana, activista y culturalmente expresiva.
Frente Amplio y la propia Colau necesita comunicar renovación sin renegar completamente de su trayectoria. Incluso tendrá que justificarla en campaña. Nadie experimentado en estas arenas llega virgen a la política. Necesita ofrecer amplitud sin diluir su identidad, y necesita convencer de que un nuevo nombre representa algo más que un nuevo reparto de protagonismos.
Una misma ‘batalla’
Las cuatro propuestas responden a estrategias diferentes.
Sánchez juega con la apropiación irónica de las críticas. Feijóo busca convertir la normalidad en una promesa electoral. Abascal transforma la identidad en una llamada a la movilización. Colau intenta representar un nuevo comienzo. Pero todos aspiran a producir una emoción antes que un razonamiento.
Un buen cartel electoral no explica la reforma fiscal, la política de vivienda o el futuro de las pensiones. Sugiere quiénes son, quiénes son los otros y qué deberíamos sentir cuando vemos a un candidato o candidata.
La comunicación política siempre ha utilizado resortes similares. La diferencia es que ahora un cartel ya no termina en la marquesina de un autobús o en lo alto de las farolas. Continúa en las redes sociales, donde puede ser reinterpretado, parodiado, convertido en meme o utilizado por sus adversarios.
Por eso, quizá, los mejores carteles electorales de nuestro tiempo no son necesariamente los que consiguen que más ciudadanos se los crean, sino los que logran que más personas hablen de ellos. Queda por saber si eso es una buena noticia para la democracia. Si somos tan simples de verdad.
El 29 de noviembre los ciudadanos elegirán entre partidos, candidatos y proyectos políticos. Hasta entonces, asistiremos también a una competición de fotografías, colores y frases cuidadosamente elegidas. Ahora, además, con el concurso de la IA. La forma por encima del fondo. El tirano oportunismo en su máximo esplendor. O no. ¿Triunfará de nuevo la honestidad? ¿Volverán a convencernos los valores? La campaña promete una larga batalla de pases cortos, regates y goles. Cada vez somos más fútbol y menos polis.
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Los carteles que ilustran este artículo son creaciones ficticias realizadas con IA como ejercicio personal de análisis sobre la comunicación política.








