• He vuelto estos días a algunas entrevistas que hice durante los últimos diez años. Las había leído por separado, cada una pegada a su momento, a su libro, a su protagonista y a las urgencias políticas y sociales de entonces. Pero al buscarlas y juntarlas en este preciso momento -correcto o incorrecto- de nuestra historia, he descubierto algo que no había buscado: llevo casi una década haciendo, de distintas maneras, la misma pregunta: ¿Qué nos está pasando?

    Hay algo inquietante en las respuestas. Cambian las palabras, pero el paisaje se parece demasiado. Malestar. Incapacidad para construir un relato común. Bloques. Tribalismo. Pérdida de grandes ideas.

    Entre estas conversaciones y el otoño de 2026 han pasado diez años y no estamos exactamente en el mismo sitio, aunque tampoco tengo claro que hayamos avanzado algo. Una década compleja después parecemos más cansados, más quemados, más desconfiados y menos esperanzados en el futuro.

    La buena noticia es que, al releer estas cinco conversaciones, también aparecen algunas pistas para salir.

    2016. José Luis Pardo: el malestar

    En octubre de 2016 entrevisté al filósofo José Luis Pardo a propósito de Estudios del malestar. España llevaba meses sin Gobierno y Europa empezaba a descubrir que muchas de las certezas políticas de las décadas anteriores estaban dejando de funcionar. Pardo hablaba entonces de malestar, conflicto permanente y turbulencia. Advertía contra una tentación que sigue siendo bastante reconocible: cuando una sociedad no entiende bien lo que le pasa, aparecen enseguida quienes aseguran tener una solución sencilla para todo.

    Su propuesta era bastante menos espectacular: antes de solucionar un problema hay que comprenderlo. Vivimos rodeados de respuestas y cada vez dejamos menos espacio para las preguntas. Tenemos opinión sobre casi todo antes de haber tenido tiempo de pensar casi nada. La política ha descubierto que moviliza mucho más una certeza rotunda que una duda razonable. Diez años después, quizá la primera parte de cualquier reset debería ser volver a hacernos buenas preguntas.

    Entrevista a José Luis Pardo.


    2016. César Antonio Molina: ¿qué tenemos en común?

    Unos meses antes había conversado con César Antonio Molina de política, cultura, educación y, sobre todo, de España. La cuestión de fondo era incómoda entonces y sigue siéndolo ahora: ¿qué relato compartimos? Una sociedad debe discutir sobre impuestos, pensiones, vivienda, inmigración o sanidad. El problema empieza cuando ni siquiera comparte un suelo suficientemente sólido desde el que discutir.

    El ex ministro socialista planteaba la necesidad de sentarnos a pensar juntos quiénes somos, cuál es nuestro futuro y cuáles son nuestras prioridades. Me interesa especialmente el verbo «sentarnos», porque quizá uno de nuestros problemas sea precisamente que llevamos demasiado tiempo discutiendo de pie. Preparados para marcharnos, para interrumpir, para responder, para levantarnos de la mesa en cuanto el otro dice algo que no nos gusta. En aquella conversación había una frase sencilla que, diez años después, conserva toda su fuerza: «Estamos a tiempo».


    Conversación con César Antonio Molina


    2021. Ignacio Urquizu: argumentos contra argumentarios

    Cinco años después entrevisté al socialista Ignacio Urquizu. Estábamos ya en la España del «bloquismo». Ya no se trataba solo del malestar o de nuestra dificultad para construir un relato compartido. La división había empezado a convertirse en una manera estable de hacer política.

    Urquizu defendía algo que hoy casi parece revolucionario por su sencillez: argumentos frente a argumentarios. Un argumento admite respuesta. Un argumentario, no. El argumento nace de una convicción, pero acepta la posibilidad de que el otro tenga alguna razón. El argumentario llega precocinado, coloca al interlocutor en una casilla y sirve, fundamentalmente, para que los nuestros reconozcan que seguimos siendo de los nuestros. Así es muy difícil encontrarse.

    Su libro tenía un título deliberadamente esperanzador: Otra política es posible. Cinco años después, sigo pensando que la frase más importante no es «otra política», sino «es posible». Aunque las dos sean urgentes.

    Conversación con Ignacio Urquizu

    2024. Daniel Gascón: de ciudadanos a tribus

    En 2024 hablé con Daniel Gascón y en nuestra conversación salió a la palestra una palabra todavía más incómoda: tribalismo. El titular de aquella conversación contenía una contradicción formidable: «Defendemos el pluralismo, pero somos crecientemente tribales». Nos gusta considerarnos abiertos, tolerantes y plurales., hasta que aparece alguien que piensa exactamente lo contrario. Entonces empiezan los matices.

    Una sociedad tribal no necesita escuchar al adversario, porque ya sabe de antemano por qué está equivocado. Es más: necesita que esté equivocado. El contrario cumple una función esencial, ya que confirma nuestra pertenencia. Nosotros y ellos. Buenos y malos. Progresistas y reaccionarios. Fachas y rojos. Patriotas y traidores. El menú cambia según la mesa. La mecánica es sorprendentemente parecida.

    Gascón reivindicaba, entre otras cosas, la desconfianza hacia los falsos dilemas. Quizá sea una magnífica gimnasia democrática. Ante dos opciones, sospechar que puede haber una tercera. O una cuarta. O, simplemente, una realidad bastante más complicada.

    Conversación con Daniel Gascón

    2024. Víctor Lapuente: levantar la mirada

    También en 2024 entrevisté a Víctor Lapuente. Después de tanto malestar, bloques y tribus, aquella conversación apuntaba hacia un territorio distinto: el sentido cívico, las grandes ideas, la cultura, los valores y nuestra necesidad de mirar un poco más allá de nosotros mismos. Quizá hemos confiado demasiado en que la política resolvería problemas que no son exclusivamente políticos.

    Ninguna ley puede obligarnos a escuchar. Ningún decreto consigue que dejemos de despreciar al que piensa distinto. Ningún Gobierno puede fabricar buenos ciudadanos por orden ministerial. Y probablemente ninguna regeneración institucional será suficiente si no viene acompañada por cierta regeneración personal.


    Conversación con Víctor Lapuente

    Sería absurdo convertir cinco entrevistas en una teoría sobre España. Tampoco todos estos autores piensan lo mismo ni ofrecen las mismas respuestas. Releerlos juntos produce cierto vértigo, porque muchas de las preguntas de 2016 siguen abiertas en 2026 y es probable que nos hayamos acostumbrados a vivir en esta tirantez crónica. Al ruido. A la bronca. A los frentes. A la descalificación. A la polarización.

    El acostumbramiento puede ser bastante más peligroso que la indignación.

    Seguramente, nos vendría bien un reset modesto. Pensar antes de reaccionar. Hacernos mejores preguntas. Buscar aquello que todavía podemos compartir. Cambiar argumentarios por argumentos. Desconfiar de los falsos dilemas. Recuperar el sentido cívico. Aceptar una idea dificilísima: que puedo estar profundamente convencido de algo y, aun así, no tener toda la razón. Estamos a tiempo.

  • Madrid. Navidad de 2022-2023. Calle Velázquez. Durante cuatro mañanas llamé al timbre de la última consulta del psiquiatra Aquilino Polaino-Llorente. Acababa de jubilarse después de 45 años ejerciendo la Psiquiatría y yo quería hacerle preguntas. Muchas preguntas. Preguntas sobre la depresión y la familia, sobre el suicidio y el miedo, sobre la libertad, la fe, el dolor, la felicidad, la muerte… Sobre la vida.

    Él tenía entonces 77 años, una diabetes antigua, una columna vertebral bastante averiada, un grave accidente de tráfico a sus espaldas y miles de historias ajenas almacenadas en algún lugar de la memoria.

    Nos sentábamos en dos sillones orejeros. Una Coca-Cola. Algún cigarro humeante por su parte. Una luz tenue. Y a hablar. De aquellas cuatro mañanas salió Todos somos frágiles (también los psiquiatras).

    Ahora que Aquilino ha muerto, he vuelto a algunas de aquellas páginas y he descubierto que las respuestas cambian cuando quien las pronunció ya no está sobre este asfalto.

    Le pregunté qué había aprendido del dolor. Me contestó que somos mucho más resistentes de lo que pensamos. Que nuestra vulnerabilidad es evidente, pero también lo es “nuestro potencial de resistencia, que es enormemente alto”.

    Aquilino sabía bastante de dolor. En 1994 sufrió un accidente de tráfico. Estuvo siete días en coma y tardó alrededor de un año en recuperarse. Después me contó algo que me impresionó más que el accidente: el primer café que volvió a tomarse solo le pareció una alegría colosal. También mirar el cielo azul de Madrid. Los árboles de la Castellana. Volver a conducir.

    Casi morirse le había enseñado durante algún tiempo el precio exacto de las cosas pequeñas. Pero quizá la frase que más recuerdo de aquellos días sea otra: “Es importante que a los hombres nos duela el dolor”.

    Después de 45 años de consulta, Aquilino todavía pensaba que la compasión era un síntoma de salud humana. No se había impermeabilizado.

    Eso me llamó profundamente la atención, porque por delante de sus ojos había pasado una buena representación de nuestras grietas: depresiones, esquizofrenias, angustias, obsesiones, soledades, familias rotas, gente que quería morir y gente que no sabía cómo vivir. Ricos que también lloraban. Pobres que también reían. Y, sin embargo, no se había vuelto cínico.

    Una vez me contó que recibió a una paciente y se descubrió pensando, con impaciencia, qué hacía otra vez aquella mujer allí. Llevaba tiempo tratándola y no conseguía ayudarla. Entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se reprendió: “Esta persona es única y yo la estoy tratando como a una maceta”. Volvió a empezar. Me parece una buena historia para recordar a un psiquiatra.

    También hablamos mucho de la fragilidad. De ahí salió el título del libro. Aquilino desconfiaba de la obsesión contemporánea por parecernos invulnerables. “En todas las manos humanas hay algún agujero”, decía. No existen las personas perfectas. Y tampoco los psiquiatras perfectos.

    En el epílogo que escribió después de nuestras conversaciones fue todavía más lejos. Reconoció que, después de tantos años de profesión, había cosas de las que arrepentirse. Pacientes a los que quizá podría haber ayudado mejor. Omisiones. Torpezas. Errores. Y escribió: “¡También los psiquiatras somos frágiles!”.

    Aquello era todo lo contrario a una rendición. Su tesis final fue que conocer nuestros límites no disminuye nuestra libertad, sino que la ensancha. “La asunción de las propias fragilidades es lo que nos hace sinceros, auténticos, coherentes y verdaderos”.

    Hay una última conversación que hoy resulta difícil leer de la misma manera. Estábamos llegando al final del libro y le pregunté:

    –Cuando uno se acerca a las últimas estaciones de la vida, ¿qué es lo que le importa?

    Aquilino sospechó la trampa.

    -¿Con ese “uno” se refiere a mí?

    -Es una manera de hablar…

    Y entonces contestó:

    -“A mí lo que me importa es encontrar a Dios por dentro y encontrarlo de verdad”.

    Después le pregunté qué había dejado de importarle.

    -El juicio ajeno.

    No quería saber qué dirían de él cuando muriera. Pensaba que, a los dos meses de morir una persona, apenas queda de ella “una caricatura mala, vacía e incompleta”.

    Puede que tuviera razón, pero los que todavía estamos aquí podemos intentar que la caricatura sea un poco menos injusta.

    Me quedo con aquellas cuatro mañanas. Con los dos sillones. Con su Coca-Cola y su humo. Con un hombre que había dedicado media vida a asomarse a las heridas de los demás y que, cuando le pregunté cuál era su balance final sobre el ser humano, respondió:

    -“En el cómputo final, el balance es positivo”.

    Hoy ha muerto el Dr. Aquilino Polaino Llorente.  Yo me alegro mucho de haber llamado aquel timbre.

  • A las puertas del otoño, hablamos de florecimiento. No hace falta que llegue la primavera para regar el sentido de la vida. Durante mucho tiempo, las sociedades han medido su progreso contando lo que producen, lo que ingresan y lo que consumen. Tyler J. VanderWeele (Chicago, 1979) se ha propuesto medir algo bastante más difícil: hasta qué punto estamos viviendo una vida buena.

    Su biografía huye de los compartimentos estancos. Nació en Estados Unidos y creció entre Costa Rica, Bulgaria y Austria. En Oxford estudió Matemáticas, Filosofía y Teología. En la Wharton School, Finanzas, y en Harvard se doctoró en Bioestadística. Sabe manejar los números y por eso conoce sus límites.

    VanderWeele es profesor de Epidemiología en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, codirector de la Iniciativa sobre Salud, Religión y Espiritualidad y director del Programa de Florecimiento Humano. El Papa León XIV lo ha nombrado miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales.

    También codirige el Global Flourishing Study, una investigación con un presupuesto de 43,4 millones de dólares que seguirá durante cinco años a más de 200.000 personas de 22 países para averiguar qué ayuda realmente a prosperar a la gente y a la sociedad. Sus primeros resultados cuestionan algunas certezas de las sociedades ricas.

    VanderWeele define el florecimiento como “un estado en el que todos los aspectos de la vida de una persona son buenos”. La frase cabe en una línea. La vida, no. Hablamos –fuera del vivero– de todas las cosas que nos hacen crecer con tallo firme, flores auténticas y buenos frutos. Sí, de felicidad y dinero, pero también de matrimonio, infancia, educación, salud mental, religión, comunidad, teoría y realidad.

    Lee la conversación en Aceprensa.

  • Hay una violencia que rompe escaparates, quema contenedores, insulta, amenaza o agrede. Hace daño. Y ruido. Deja imágenes que llegan puntualmente al telediario.

    Hay otra violencia que ni quema ni grita. Convoca reuniones. Constituye comisiones. Emite comunicados. Declara que sigue la situación con enorme preocupación y pide calma. La calma es algo que siempre pedimos a los demás.

    La RAE define la violencia, entre otras acepciones, como la “acción y efecto de violentar o violentarse”. Pero el diccionario se queda corto para explicar una forma de violencia política mucho menos visible: la que puede ejercer el poder cuando no actúa, deja que un problema se enquiste y obliga a otros a convivir con sus consecuencias.

    Lo ocurrido estos días en Ceuta obliga a condenar sin matices los episodios violentos que se han producido. Una democracia no puede admitir que la indignación termine en agresiones, amenazas, incendios o ataques contra inmigrantes, periodistas, policías o cualquier ciudadano. Punto. Pero poner el punto demasiado pronto también puede convertirse en una forma de no querer entender nada. Porque antes de preguntarnos por qué una sociedad estalla conviene preguntarse cuánto tiempo llevaba calentándose.

    El propio Estado ha reconocido oficialmente que las entradas irregulares de finales de julio provocaron una presión inédita sobre la ciudad autónoma, afectando al funcionamiento ordinario de servicios sociales, protección de menores, seguridad, transporte y gestión administrativa. Casi un mes después, el Gobierno declaró la situación de interés para la seguridad nacional.

    En medio de esa pasividad institucional hay muchos “mientras”. Mientras, la gente sigue viviendo allí. Mientras, los problemas crecen. Mientras, las administraciones discuten competencias. Mientras, los vecinos soportan las consecuencias de un problema que no han creado.

    La solución tarda. El relato llega puntual. Puede retrasarse una decisión. Puede omitirse una respuesta. Puede burocratizarse una emergencia. Puede dejarse que un problema se enquiste. Y entonces sucede algo políticamente extraordinario: quien lleva semanas padeciendo un problema termina recibiendo una explicación institucional sobre cómo debe reaccionar ante el problema. Es la versión administrativa del camarero que tarda una hora en servirte la cena y, cuando preguntas por ella, te pide que moderes el tono.

    José Ortega y Gasset dejó escrita una frase incómodamente actual: “El estatismo es la forma superior que toman la violencia y la acción directa constituidas en norma”. Ortega no hablaba de Ceuta. Ni de inmigración. Ni del Gobierno actual. Pensaba en alto en algo bastante más profundo: del gigantesco poder adquirido por el Estado moderno y del peligro de que esa maquinaria termine imponiéndose sobre la propia sociedad a la que debía servir.

    Gobernar es difícil y existen problemas que carecen de soluciones inmediatas. La inmigración irregular es uno de ellos. La violencia comienza cuando la incapacidad para resolver deja de reconocerse como incapacidad y empieza a presentarse como superioridad moral. Cuando quien pregunta molesta. Cuando al que protesta se le despacha como xenófobo. Cuando la crítica se etiqueta antes de contestarse. Cuando el ciudadano deja de ser alguien a quien explicar una decisión y pasa a ser alguien cuya reacción hay que gestionar.

    Comunicación o munición

    Entonces la comunicación institucional deja de ser comunicación y se convierte en munición. Palabras. Argumentarios. Comparecencias. Etiquetas. En una democracia, el Gobierno dispone del mayor altavoz del país. Frente al ciudadano que protesta está toda la potencia simbólica del Estado. Por eso gobernar no consiste únicamente en tener razón. Consiste también en llegar a tiempo.

    Ceuta necesita seguridad, humanidad con quienes llegan, respeto escrupuloso a la ley, cooperación con Marruecos y medios. Necesita expulsar a quien legalmente deba ser expulsado, proteger a quien deba ser protegido y distinguir una cosa de la otra sin convertir cada decisión en una batalla ideológica.

    Pero necesita algo todavía más elemental: que nadie le explique desde lejos que lo que está viviendo no es exactamente lo que está viviendo. Porque existe una violencia de baja intensidad que no incendia las calles, pero incendia lentamente la confianza.

    Consiste en dejar que el problema se enquiste y sorprenderse después porque duele. En abandonar el terreno y escandalizarse cuando alguien ocupa el vacío. En confundir explicación con propaganda. Y en pedir serenidad a quienes llevan semanas esperando decisiones.

    Ortega definió la nación como un “proyecto sugestivo de vida en común”. Un país no conserva sus fronteras únicamente con policías, leyes y acuerdos internacionales. También las conserva convenciendo a quienes viven en ellas de que el Estado está detrás.

    Ceuta no necesita que España le diga constantemente que es española. Necesita comprobarlo. Eso, en política, se llama gobernar.

  • Madrid. Mañana primaveral en el Parque del Retiro con síntomas de palpitaciones veraniegas. Hemos sacado de la consulta a Manuel García de Yébenes, subdirector del Departamento de Cardiología de la Clínica Universidad de Navarra, para mirar con lupa el corazón de la sociedad, de cada persona y de los especialistas en un paseo preventivo y ejemplar por este pulmón verde.

    Corredores y deportistas. Veteranos haciendo ejercicio a la fresca. Las primeras barcas reman por el lago. Sol.  

    Lejos del estrés de una ciudad hiperactiva se ve con más objetividad una realidad que nos golpea diariamente: las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la segunda causa de muerte natural en España: más del 25% del total. Según el Instituto Nacional de Estadística, cada 4 minutos fallece una persona en el país por culpa del corazón.

    Como es lógico, esta preocupación social tiene su eco en la actividad asistencial de la Clínica, que es un hospital cardiosaludable de referencia.

    El Dr. García de Yébenes nació en Madrid, aunque vivió su infancia en la provincia de Segovia, estudió la carrera en la Universidad de Navarra, e hizo la residencia en la sede de Pamplona del hospital. Lleva desde 2014 atendiendo a pacientes de la Clínica en Madrid.  

    Nos hemos retirado del mundanal asfalto para escuchar el latido de un apasionado del corazón.  

    Lee la entrevista íntegra en Noticias.CUN

  • España llevaba meses hablando a gritos. En el Parlamento. En la tele. En las redes. Gritos convertidos en titulares. Gritos como estrategia. Gritos como eje de negocios.

    En mitad de este vietnam, aterrizó un hombre vestido de paz. No venía a ganar ninguna batalla cultural. Ni a señalar a enemigos. No ha venido a colocar a gente en su lado correcto de la historia. Ni a ocupar una trinchera más en un país saturado de socavones de orgullo.

    Ha venido a hacer algo mucho más difícil: alzar la mirada.

    El lema oficial del viaje apostólica de León XIV es la expresión que mejor resume su visita a España. Esa idea ha sido la columna vertebral de todo su magisterio durante estos días. Una invitación insistente a levantar los ojos por encima del ruido, de la ideología, de la simplificación, de la resignación y del ombligo.

    Mientras otros buscan culpables, él busca horizontes. Mientras otros ordenan la realidad en bloques enfrentados, él insiste en la complejidad. Mientras muchos han hecho de la polarización una herramienta política o mediática, el Papa ha repetido insistentemente que la realidad es siempre más grande que los eslóganes que utilizamos para explicarla.

    En lugar de añadir más leña al fuego, él ha invitado a reconciliarnos. En vez de simplificarlo todo, él nos ha animado a pensar. No es un mensaje ingenuo. Es profundamente revolucionario. Porque exige renunciar a una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: la comodidad de tener siempre razón.

    Escucharnos

    León XIV no ha venido a decirnos que todo da igual, porque el relativismo ha muerto por su propio peso. Nos ha recordado que la verdad existe y que merece ser buscada con humildad. La verdad no se impone a martillazos. Se propone. La verdad nos obliga a escucharnos.

    Más allá de su figura esencialmente paternal, uno de los aspectos que más me han llamado la atención de este viaje apostólico a España ha sido su forma de comunicar.

    Vivimos una época en la que la comunicación corre el riesgo de convertirse en una sofisticada técnica de persuasión. Un mercado de emociones. Una fábrica de percepciones. Un algoritmo diseñado para captar la atención.

    A veces, se comunica mucho, pero se dice poco. Las palabras han empezado a cotizar más por su impacto que por su verdad. León XIV parece caminar a contracorriente. Sus discursos no buscan viralidad. Buscan sentido.

    No habla para ocupar espacio, sino para iluminarlo. No parece obsesionado por la imagen. Nos ha recordado que la autoridad moral nace de la coherencia. Hay una vieja intuición que atraviesa toda la tradición cristiana: la verdad no sólo debe decirse, sino que debe encarnarse. Y eso es exactamente lo que muchos ciudadanos del mundo han percibido estos días mientras miraban, escuchaban y rezaban con el Papa en Madrid, en Barcelona o en Canarias.

    La verdad de sus gestos. La naturalidad con la que se acerca a los jóvenes. La auténtica atención a los pobres y a los presuntamente descartados de la sociedad. La serenidad con la que habla de cuestiones que no son sencillas en un contexto en el que es fácil provocar un resbalón. La libertad con la que denuncia las injusticias sin convertirse en rehén de ninguna ideología. La capacidad de señalar heridas sin recrearse en ellas.

    Realzar lo que une

    Otra constante de su visita ha sido la obstinación por encontrar lo bueno. No un optimismo superficial. No una versión religiosa del pensamiento positivo. Algo mucho más profundo. La convicción de que el bien existe y de que merece ser contado. De que hay muchas personas buenas a nuestro alrededor.

    En un país cansado de escuchar todo lo que va mal, León XIV ha querido señalar lo que todavía funciona bien. Las familias que sostienen. Los jóvenes que buscan. Los voluntarios que sirven. Los educadores que forman. Los creyentes que rezan. Los ciudadanos que construyen convivencia.

    La presencia del Papa en España ha sido como abrir las ventanas de una habitación cargada. De repente entra aire y casi salen solas las sonrisas. Los problemas no han desaparecido, pero nos ha ayudado a recodar que son más grandes las personas, la belleza, el bien, el servicio y la verdad que las dificultades.

    La visita de León XIV ha coincidido con el estado de ánimo de este junio. El final de curso. Las agendas agotadas. La política exhausta. Los medios atrapados en su batalla diaria. Un país que mira de reojo las vacaciones de verano como quien busca un refugio temporal. Y en medio de esa cierta fatiga colectiva, la presencia del Papa ha actuado como un ventilador de aire fresco.

    No ha traído soluciones técnicas, pero sí esperanza. La esperanza de que todavía es posible hacerlo mejor.

    Dentro de unos años, cuando recordemos estos días, tal vez recordemos simplemente esta sensación de haber escuchado una voz distinta. Las personas que unen nos cosen.  

    Levantamos la cabeza para salir del túnel. La verdad sigue siendo un poderoso imán que nos atrae a todos con fuerza. España, encendida.

  • Todos somos algo hipócritas. Todos hemos recomendado serenidad mientras perdíamos los nervios por dentro. Todos hemos defendido la dieta mediterránea mientras cenábamos una pizza. La contradicción forma parte del ser humano, igual que las lágrimas o la nostalgia de septiembre.

    La hipocresía aparece cuando alguien convierte su superioridad moral en un modo de vida. Cuando ya no se limita a equivocarse, sino que necesita dividir el mundo entre buenos y malos, entre quienes habitan el lado correcto de la historia y quienes merecen ser enviados a un gulag sentimental por votar regular o pensar peor todavía. Esa hipocresía deja de ser una debilidad humana y se convierte en una forma de soberbia.

    Los escándalos que salpican ahora el legado político de José Luis Rodríguez Zapatero tienen algo de justicia poética. Durante años, el zapaterismo no fue solo un proyecto político. Se erigió, sobre todo, en una estética moral. Una manera de hablar despacio, sonreír mucho y transmitir la sensación de que la bondad siempre votaba lo mismo. El talante. La alianza de civilizaciones. Los derechos sociales. La nueva sensibilidad. Todo envuelto en un lenguaje terapéutico donde discrepar era una forma de violencia.

    Los hechos tienen la costumbre incómoda de terminar poniendo la última palabra. A veces llegan tarde. A veces aterrizan despeinados. Pero se imponen con contundencia. La realidad acaba derrotando al marketing igual que una estantería mal colgada termina cayendo sobre el primero que pasa por debajo.

    Hoy, muchos ciudadanos escuchan discursos sobre feminismo y no piensan en teoría política, sino en las prostitutas vinculadas al universo de José Luis Ábalos. Escuchan lecciones sobre lo público y se acuerdan de las sospechas de corrupción alrededor de Santos Cerdán. Oyen hablar de fraternidad internacional y visualizan a oligarcas caribeños vaciando un país mientras oportunistas occidentales se hacen fotos con pose de estadistas humanitarios. La política de gestos tiene el riesgo de desnudar el puro teatro.

    No hay caída más desoladora que la del moralista profesional, porque el corrupto clásico suele resultar coherente en su cinismo. El desmoronamiento de los que se pasan media vida administrando carnés de bondad, señalando pecadores desde la tarima y explicando a los demás cómo deben pensar, hablar, educar a sus hijos o incluso respirar moralmente es tremendamente vergonzoso.

    Una vez más, desde este lado de la historia se constata que los fanáticos suelen ser los más rígidos. Los más obsesionados con controlar el lenguaje ajeno. Los más incapaces de aceptar la discrepancia como algo normal en democracia. No creo que sea casualidad que haya personas que necesitan ordenar compulsivamente el mundo exterior porque dentro viven un enorme desorden moral.

    Muchas veces la polarización no nace de convicciones profundas, sino de inseguridades abisales. De gente enferma de sí misma. De personas incapaces de convivir con la libertad del otro porque sospechan que, si el otro piensa distinto, tal vez su propio relato no era tan sólido.

    Algunos movimientos contemporáneos desprenden una extraña agresividad moral. No buscan convencer, sino disciplinar. No quieren ciudadanos, sino alumnos obedientes y excluyentes. No toleran el matiz, porque introduce oxígeno y ellos necesitan atmósferas cerradas.

    La realidad siempre encuentra una grieta. El hipócrita acaba agotado. Llega un momento en que ya no sabe dónde acababa el discurso y dónde empezaba la vida real. Y entonces las palabras empiezan a perder valor social, porque la sociedad aprende a distinguir entre virtud y propaganda. La política y las redes -tanto monta- han llenado la vida pública de personas obsesionadas con parecer buenas en lugar de intentar ser decentes. La decencia suele ser discreta y constructiva. La propaganda moral es un muro que necesita focos. Y los focos también iluminan las manchas.

  • En la cara B del mundo están los cables, los hilos de la tramoya, los pilares de la tierra, los intereses reales que mueven los engranajes y el lado oscuro de la luna.

    Ángel Gómez de Ágreda es coronel del Ejército del Aire y del Espacio en la reserva, piloto militar y paracaidista. Y se ha entrenado para abrir los ojos, afinar los oídos, y meterse en el vietnam de la guerra cognitiva, la geopolítica, la ciberdefensa y los entresijos de la inteligencia artificial.

    — ¿Le da miedo lo que se ve en ese trastero?

    — Más que miedo, me da pena.

    * * * * *

    Plaza de Callao. Madrid. Paradójicamente, hemos quedado para hablar por la calle de lo que bulle detrás del telón. Paseamos por la Gran Vía, que está llena de personas que van y vienen en una coreografía sin guion. O eso es lo que piensan. El escenario es acera, asfalto y franquicias. Aunque sea la capital del país, ya todos los centros de las ciudades son iguales.

    Vamos de paisano por la capa visible ordinaria, intentando observar el presente en plano cenital. “¿Y si todo lo que creemos saber fuera una ilusión?”. Gómez de Ágreda se pasa el día con la brújula examinando las raíces y los frutos, con la ilusión de que afloren nuestras alas.

    Acaba de escribir Un mundo falaz (Ariel): un ensayo que habla de tecnología, de manipulación, de desinformación, de batallas y de mapas del mundo, pero que es, sobre todo, un manual de antropología para desactivar todas las bombas antilibertad que nos estallan cerca, muy cerca, en cada paso de progreso del siglo XXI.

    En medio de más de 50 conflictos armados, misiles, drones, Trump, Putin, Israel, Rusia, Ucrania, Gaza, Hamás, Hizbulá, Irán, Venezuela, Cuba, Líbano, Sudán, Burkina Faso, Congo, Yemen, Afganistán, Pakistán y un mapamundi en llamas, conversamos con un estratega de la guerra de los algoritmos.

    Lee la conversación en Aceprensa.

  • WHO European Forum, held at Kurhotel in Skodsborg, December 4-7th. Colleagues from all over southern Europe attended. Photos by: Emily Wilson Photography

    En el corazón de toda sociedad viva late una actividad silenciosa y decisiva: comunicar. No se trata sólo de transmitir información, sino de hacer posible la convivencia, generar confianza y construir un sentido compartido de la realidad. En la era de los algoritmos, de las burbujas informativas y de la desinformación industrializada, esa misma capacidad se convierte en un instrumento de división, propaganda o manipulación.

    Las guerras están por todas partes y cualquier batalla trae consigo la tentación de utilizar las palabras como armas. La polarización es un método eficaz para movilizar a los propios, simplificar la complejidad y deshumanizar al adversario. Pero la eficacia no es la verdad, y el ruido no siempre es fortaleza. Frente a esa lógica de trincheras, la ética en la comunicación puede parecer una ingenuidad. Precisamente por eso, quizás sea una de las revoluciones constructivas más oportunas.

    En un momento en que el periodismo atraviesa una crisis profunda de modelo, autoridad y, a veces, credibilidad, comprender lo que ocurre sigue siendo un bien de primera necesidad social.

    En tiempos de vaivenes y nebulosas, las sociedades buscan referencias fiables. Ahí la comunicación ejercida con integridad ya no es una mera técnica profesional, sino una forma de responsabilidad pública. La verdad no necesita artimañas, y el bien común no se afianza a gritos.

    Anne Gregory lleva años pensando en este desafío. Es profesora emérita de Comunicación Corporativa en la Universidad de Huddersfield (Reino Unido) y una de las voces más influyentes en ética de la comunicación. Ha asesorado a gobiernos, organizaciones internacionales y grandes empresas sobre cómo comunicar en contextos complejos.

    Sobre la mesa están el deterioro del ecosistema informativo y el uso político de las estridencias. Pero también la pasión, la virtud y la convicción de quienes creen que las palabras verdaderas todavía pueden coser una sociedad.

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  • Llueve persistentemente en Madrid. Benito Arruñada (Vegadeo, Asturias, 1958) habla como escribe: sin adornos. Catedrático de Empresa en la Universidad Pompeu Fabra, economista institucional, lleva décadas estudiando cómo funcionan y cómo fallan los sistemas cuando dejamos de mirarlos con romanticismo.

    Con porte de traumatólogo de la eficacia pública, acaba de ofrecer un análisis incómodo sobre el entumecimiento nacional al alcance del lector no académico en La culpa es nuestra. Es un libro que va a contracorriente de la conversación pública dominante, más por provocar una reacción que por provocar un titular. No busca culpables externos ni ofrece redenciones fáciles. Interpela al ciudadano con datos, experiencia, comparaciones y conclusiones que trascienden el cortoplacismo que riega el corazón del país.

    No es un texto contra la política ni contra el estado del bienestar. Se dirige, más bien, contra una forma infantil de relacionarnos con ambos. No cae en la tentación de pensar que los problemas colectivos siempre son culpa del sistema, de los políticos, de las élites o de un “ellos” difuso que nunca nos incluye. Su tesis es más incómoda: en democracias representativas, los gobiernos no surgen del vacío. Obedecen a preferencias sociales, a incentivos compartidos, a una cultura cívica que rara vez quiere mirarse al espejo.

    Nos vemos en el Hotel Suecia, un enclave con historia política, memoria de un socialismo anterior a esta tiranía del relato. Madrid está húmeda. En el aire flota algo más que vapor de lluvia. Todavía huele al hierro descarrilado de la negligencia acumulada. Supura el dolor de las familias rotas por los accidentes ferroviarios de Adamuz.

    La culpa es nuestra nos coloca a todos en el epicentro de un momento en el que parecemos debatirnos entre la indignación permanente y la resignación cómoda. Entre exigirlo todo y no querer saber cuánto cuesta nada.

    No hay paraguas que evite la pregunta más necesaria: ¿y si la solución estuviera en nuestras manos?

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