
Llueve persistentemente en Madrid. Benito Arruñada (Vegadeo, Asturias, 1958) habla como escribe: sin adornos. Catedrático de Empresa en la Universidad Pompeu Fabra, economista institucional, lleva décadas estudiando cómo funcionan y cómo fallan los sistemas cuando dejamos de mirarlos con romanticismo.
Con porte de traumatólogo de la eficacia pública, acaba de ofrecer un análisis incómodo sobre el entumecimiento nacional al alcance del lector no académico en La culpa es nuestra. Es un libro que va a contracorriente de la conversación pública dominante, más por provocar una reacción que por provocar un titular. No busca culpables externos ni ofrece redenciones fáciles. Interpela al ciudadano con datos, experiencia, comparaciones y conclusiones que trascienden el cortoplacismo que riega el corazón del país.
No es un texto contra la política ni contra el estado del bienestar. Se dirige, más bien, contra una forma infantil de relacionarnos con ambos. No cae en la tentación de pensar que los problemas colectivos siempre son culpa del sistema, de los políticos, de las élites o de un “ellos” difuso que nunca nos incluye. Su tesis es más incómoda: en democracias representativas, los gobiernos no surgen del vacío. Obedecen a preferencias sociales, a incentivos compartidos, a una cultura cívica que rara vez quiere mirarse al espejo.
Nos vemos en el Hotel Suecia, un enclave con historia política, memoria de un socialismo anterior a esta tiranía del relato. Madrid está húmeda. En el aire flota algo más que vapor de lluvia. Todavía huele al hierro descarrilado de la negligencia acumulada. Supura el dolor de las familias rotas por los accidentes ferroviarios de Adamuz.
La culpa es nuestra nos coloca a todos en el epicentro de un momento en el que parecemos debatirnos entre la indignación permanente y la resignación cómoda. Entre exigirlo todo y no querer saber cuánto cuesta nada.
No hay paraguas que evite la pregunta más necesaria: ¿y si la solución estuviera en nuestras manos?
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