
En el corazón de toda sociedad viva late una actividad silenciosa y decisiva: comunicar. No se trata sólo de transmitir información, sino de hacer posible la convivencia, generar confianza y construir un sentido compartido de la realidad. En la era de los algoritmos, de las burbujas informativas y de la desinformación industrializada, esa misma capacidad se convierte en un instrumento de división, propaganda o manipulación.
Las guerras están por todas partes y cualquier batalla trae consigo la tentación de utilizar las palabras como armas. La polarización es un método eficaz para movilizar a los propios, simplificar la complejidad y deshumanizar al adversario. Pero la eficacia no es la verdad, y el ruido no siempre es fortaleza. Frente a esa lógica de trincheras, la ética en la comunicación puede parecer una ingenuidad. Precisamente por eso, quizás sea una de las revoluciones constructivas más oportunas.
En un momento en que el periodismo atraviesa una crisis profunda de modelo, autoridad y, a veces, credibilidad, comprender lo que ocurre sigue siendo un bien de primera necesidad social.
En tiempos de vaivenes y nebulosas, las sociedades buscan referencias fiables. Ahí la comunicación ejercida con integridad ya no es una mera técnica profesional, sino una forma de responsabilidad pública. La verdad no necesita artimañas, y el bien común no se afianza a gritos.
Anne Gregory lleva años pensando en este desafío. Es profesora emérita de Comunicación Corporativa en la Universidad de Huddersfield (Reino Unido) y una de las voces más influyentes en ética de la comunicación. Ha asesorado a gobiernos, organizaciones internacionales y grandes empresas sobre cómo comunicar en contextos complejos.
Sobre la mesa están el deterioro del ecosistema informativo y el uso político de las estridencias. Pero también la pasión, la virtud y la convicción de quienes creen que las palabras verdaderas todavía pueden coser una sociedad.
Lee la conversación en Aceprensa.
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