El obús naranja

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Ni a obuses. Ni con buses. Claramente: antes de hacerse oír, hay que hacerse querer. Pero también está claro que más allá de lo políticamente correcto se ubica ya el pensamiento único en temas que tienen un trasfondo opinable. Y eso es dictadura.

El autobús naranja me parece un ejemplo de comunicación equivocado. Primero, porque es inoportuno ir por las calles dando lecciones morales travestidos de personas muy de fe y de muy poco corazón. Es contradictorio defender la verdad por encima de la caridad. Segundo, porque justificarlo con razones biológicas es disfrazar las intenciones hasta mentir. Y el fin no justifica los medios. Y tercero: porque el autobús es feo y los niños están hasta las ruedas de que se les educe a través de buses, marquesinas y flyers. Que para algo están los padres, mire usted.

Yo entiendo perfectamente que haya 7.000 niños transexuales –con sus padres y sus familias- que se sientan agredidos, y quizás no se pensó en ellos cuando se sacaron estos tanques naranjas. Porque la metralleta de HazteOír no iba dirigida a los niños, ni a los padres, sino a los progenitores A y B de lo que ellos llaman ideología de género.

Sin embargo, la reacción ante una campaña simplista me ha parecido desproporcionada. La ideología de género no es un dogma. Ni mucho menos. Y sin embargo sus defensores son muy agresivos, y esa agresividad se está convirtiendo en un virus que tapa las bocas de muchos padres, que confunde a muchos niños, que judicializa opiniones que también están contrastadas, que purga una corriente de razón, que gasea al que discrepa, que convierte en enemigo al que no coincide con el fondo, y que pervierte en odio exagerado lo que no es más que una provocación, en este caso, para hacer llegar un mensaje a los dictadores de los mensajes sociales.

Por su parte, al otro lado parece que algunos todavía no entienden que las minorías no deben declarar guerras, porque perderán la batalla mediática y la imprudencia les acercará más a las catacumbas sociales. La bandera de la verdad en una sociedad relativista no se defiende sólo con arrojo y gónadas. El acierto y la oportunidad es, cada vez más, el rostro de la madurez.

Los extremos se tocan, aunque siempre hay muchos niveles de matices. A los del bus y a los drag del Carnaval yo los meto en el mismo saco: el de los que disparan sin valorar que habrá una herida, el de los que defienden sus ideas sin calibrar la dimensión del daño. El de los que no saben defender sus propuestas sin convertirlas en un ataque.
Pero me encantaría que la libertad de expresión no fuera cancelada por los lobbies. Que no se apedreara al que viene con argumentos. Que se oyeran las campanas sin empuñar los cañones. Que fuéramos normales, como en los bares cuando la cosa no va de fútbol…

Entre el bus naranja y un coche de bomberos, casi, casi. Y aprovecho la post data para aconsejar leer la Amoris Laetitia del Papa Francisco. A los que van en el bus. Y a los que quieren quemar todos sus asientos.

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