A las puertas del otoño, hablamos de florecimiento. No hace falta que llegue la primavera para regar el sentido de la vida. Durante mucho tiempo, las sociedades han medido su progreso contando lo que producen, lo que ingresan y lo que consumen. Tyler J. VanderWeele (Chicago, 1979) se ha propuesto medir algo bastante más difícil: hasta qué punto estamos viviendo una vida buena.

Su biografía huye de los compartimentos estancos. Nació en Estados Unidos y creció entre Costa Rica, Bulgaria y Austria. En Oxford estudió Matemáticas, Filosofía y Teología. En la Wharton School, Finanzas, y en Harvard se doctoró en Bioestadística. Sabe manejar los números y por eso conoce sus límites.

VanderWeele es profesor de Epidemiología en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, codirector de la Iniciativa sobre Salud, Religión y Espiritualidad y director del Programa de Florecimiento Humano. El Papa León XIV lo ha nombrado miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales.

También codirige el Global Flourishing Study, una investigación con un presupuesto de 43,4 millones de dólares que seguirá durante cinco años a más de 200.000 personas de 22 países para averiguar qué ayuda realmente a prosperar a la gente y a la sociedad. Sus primeros resultados cuestionan algunas certezas de las sociedades ricas.

VanderWeele define el florecimiento como “un estado en el que todos los aspectos de la vida de una persona son buenos”. La frase cabe en una línea. La vida, no. Hablamos –fuera del vivero– de todas las cosas que nos hacen crecer con tallo firme, flores auténticas y buenos frutos. Sí, de felicidad y dinero, pero también de matrimonio, infancia, educación, salud mental, religión, comunidad, teoría y realidad.

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