El ‘positivo’ de Martínez-Almeida

Fotos: Josemaría Sotomayor

Fue el anti Madrid Central “sin argumentos” y ahora es un político “educado y competente” con quien algunos ciudadanos se irían de cañas. La gestión del covid en sintonía con la oposición le convierte en una referencia de buen gobierno a un pueblo que se ha despegado ya de su morriña por Manuela Carmena.

Lea el reportaje en Confidencial Digital

La pancarta por el todo

Margarita Robles: Si se “demuestra” que no debió celebrarse el 8M “no pasa nada por reconocerlo”. Punto.

Todos los indicios demuestran que las manifestaciones del 8M fueron imprudentes, porque se admitieron sin tener en cuenta las recomendaciones de salud pública. Busquen la huida en la Guardia Civil o en la ultraderecha, pero cuidado, porque el precipicio es transparente.

El Gobierno ha defendido la pancarta del feminismo como si esa fuera la esencia de toda su defensa de la igualdad de las mujeres. Y lo ha hecho como un Ejecutivo excesivamente simple: el 8M no se toca, caiga quien caiga. Solo cuatro ciegos ven en la manifestación el foco de la pandemia. La calle lo que ve es una imprudencia mantenida con el discurso, una irresponsabilidad con guinda de Pedro Sánchez: “¡Viva el 8M!”. ¿Habría sido mejor evitar esas concentraciones en toda España? Sí. Punto. No pasa nada: en 2021 se sale de nuevo si el virus nos deja y, mientras tanto, seguimos todos luchando por la igualdad tomando las calles sin necesidad de una foto cenital.

La batalla por la igualdad de las mujeres es una conquista social que nos concierne a todas y todos. Pero eso no significa que comulguemos con la estrategia oficial. Solo un movimiento excluyente se sentiría atacado entre opiniones expuestas en escala de grises. La pancarta es solo un símbolo. El todo es el diálogo que salva las injusticias y construye un futuro realmente igualitario. No se puede pelear con la igualdad buscando permanentemente la confrontación que lo divide todo.

La gente lo ha visto con sus propios ojos: de la cabecera del 8M han salido casos positivos de coronavirus. Puede ser una casualidad. Pero también puede ser una irresponsabilidad. Carmen Calvo, Irene Montero, Begoña Gómez y otras mujeres anónimas. África Lorente encabezó la manifestación del 8M en Castelldefels (Barcelona), y falleció por la covid-19 en los primeros días de mayo. ¿Casualidad? Puede ser. ¿Pero qué necesidad había de jugar con fuego? Ninguna, en los parámetros de la sensatez y la prudencia. Mucha, en la trinchera ideológica de convertir el día de las mujeres en una bandera exclusivista a la que ahora seguirá la sombra de los muertos.

Los jueces dirán la última palabra, porque este Gobierno no ha sido capaz de decir las primeras: “Quizás nos equivocamos”. Y ya es tarde. Cuando tomas la pancarta por el todo solo ves un palo donde hay un bosque de personas trabajando por la misma causa común. Algún día habrá que entrar al debate sereno sobre el uso político del feminismo. No me cabe ninguna duda de que la izquierda ha liderado esa defensa pública de la igualdad con palabras y con hechos. Y tampoco me cabe ninguna duda de que lo que era un puente se ha convertido en un muro y en un arma. Este feminismo generalizado genera menos anticuerpos sociales contra el machismo evidente, porque su permanente afán de tachar al que matiza o discrepa lo está convirtiendo en una secta.

El día que las mujeres -variadas, diferentes- se liberen del yugo oportunista de los partidos políticos todo será más auténtico, más creíble, más sensato, más constructivo, más sano y más real. Igualdad sin jaulas. Vuelen. Volemos.

Palabra, valentía, frío, distancia y acero

Me parece lista, interesante, capaz y necesaria. Es culta, está por encima de la media -que está por debajo de la media-, es valiente, y va a contracorriente en un mundo adicto al rebañeo. Hablo de Cayetana Álvarez de Toledo.

Mis peros al olmo:

Imagen: parece una mujer fría y distante que empatiza poco por dentro (su partido, otros compañeros de profesión) y por fuera (la calle). Romper ese hielo derretiría, quizás, el mote de marquesa. Imagínense a Cayetana con guantes de nitrilo y una mascarilla que baja a tirar la basura. Álvarez de Toledo proyecta una imagen de perfeccionismo-TOC y es difícil empatizar con un polo de Avidesa. La escuchamos valiente y aguerrida. La vemos como insegura con el cuidado obsesivo de su imagen. Hágase un Martínez-Almeida: hágase voluntaria de Cáritas o pasee por Villaverde. Si lo suyo son solo los análisis y los dardos de la palabra, la sabiduría popular la relegará a una biblioteca. O a un Instituto Cervantes. La vemos como una mujer para los momentos heroicos -voy a TV3 y la lío parda, me meto en las bullas sin que me tiemblen las piernas-, hecha solo para los momentos heroicos. Ofrézcanos momentos ordinarios. Un paseo. Una cerveza en terraza. Incluya humanidad en su política de acero.

Actitud: Tú me llamas marquesa en Boston, yo te mando al California del FRAP saltándome muchos pasos de prudencia en la misma jugada. Basta un gesto así para embadurnar de soberbia una trayectoria política. Porque ella lo tiene más difícil que muchos mediocres que juguetean en el Congreso. Debe asumirlo. Controlar su genio es un reto. Debe preparar sus intervenciones igual, pero cambiando el público objetivo. No le hable solo a Carmen Calvo. Hable a la gente de la calle que la ve distante, muy lustrosa en lo verbal, poco habitual en los hechos. Ir por libre en un partido es una apuesta sensata para la opinión pública, pero hágalo ganándose a su gente. Probablemente, muchas de las zancadillas que le ponen procede de su gente. Demuestre que es inteligente no solo en el uso de la palabra. Y pida perdón: eso lo humaniza todo casi instantáneamente. Podemos entender que tenga carácter, pero no que no sea capaz de mejorarlo. Porque, en el fondo, los ciudadanos entienden que un político que no admite sus errores, es incapaz de ver la realidad con honestidad. Y dé las gracias. ¿Le tienen demasiado respeto sus colaboradores más cercanos? ¿Alguno se acerca de cantarle las cuarenta con respeto? Dar las gracias sin que suene a ironía es un arte lleno de autenticidad.

Sinceramente, pienso que es la persona más preparada para ser portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados. Pero o derrite el hierro sin derretir sus esencias, o quemará sin querer todo lo que toca. A la cabeza y a la voluntad, unas gotas de corazón y justa vulnerabilidad le sientan a la perfección.

De la posverdad a la ‘qué-más-dad’

Posverdad es una palabra ideológica que entronizó el Diccionario de Oxford en 2016 para atacar de un tirón al Brexit y justificar la victoria de Trump echando la mierda encima de los medios de comunicación. En el fondo, desde el principio era un neologismo que pretendía plantar en la raíz de una democracia no compartida el prejuicio de la perenne mentira. No niego que detrás del Brexit y de la victoria de Trump haya mentiras así de grandes. Lo que digo es que las mentiras se han convertido en el hilo conductor del guion de una política impregnada de populismo. En 2016 y, con más fuerza, en pleno 2020 y después de una pandemia vírica donde el mal gobierno ha sido la tónica general.

En cuatro años, la posverdad ha ido engordando en los gabinetes políticos internacionales. En el caso de los partidos políticos ya es un modus operandi sin problemas de conciencia. En el caso de los partidos populistas de izquierda y de derecha radical es el bastidor de cada estrategia.

Los ciudadanos hemos aprendido a sufrir la política sorteando la posverdad y ya no nos creemos ni las verdades. Hemos aprendido a sobrevivir entre una pandemia de políticos mediocres adictos a la destrucción. Pero también hemos caído en el juego sectario de pensar que el partido al que votamos con la nariz tapada es una extensión de nuestra esencia. Hemos caído en la trampa de radicalizarnos en nuestras casas. Hemos caído en la tentación de hacernos hooligans de barrio defendiendo a unos políticos que nos usan como guantes de nitrilo para excusar su tremenda incapacidad de gobernar con hechos.

La posverdad ha derivado en qué-más-dad, porque el arte de empotrar mentiras en el discurso político con la máxima impunidad está en la edad de oro de la desvergüenza. No llueve, nos mean desde el balcón de los privilegios. No nieva, son copos de gapos congelados por la frialdad de unos servidores públicos aburguesados. No truena, son ruidos de la ultraderecha o de la ultraizquierda que buscan desgastar lo que está más tísico que el futuro de nuestras sociedades.

Qué-más-da todo. Una mentira en sede parlamentaria es una bengala de ingenio. Un bulo oficial es el axioma del argumentario. La ética política ha sido prostituida con alevosía por enfermos del vicio. Y detrás de todo este lupanar de política ficción se calienta una sociedad sin trabajo, sin derecho a quejarse, con miedo a que pinten en las jambas de su puerta: aquí vive un facha de manual.

Qué-más-da en boca de la portavoz del Gobierno. Qué-más-da en los ojos de un ministro acosado por un pronto de soberbia, que se nota en los ojos. Qué-más-da en una oposición que escupe “terrorista” y un Gobierno que pide a muchos miles de españoles que cierren al salir, porque este país es solo para quienes se han tatuado mi cara en los alrededores del pecho de lata. Qué-más-da la calle. Qué-más-dan los profesionales sanitarios que se han dejado la piel hasta las llagas de flagelo. Qué-más-da poner una multa social a la Guardia Civil, un Cuerpo maltratado por niñatos que juegan a ser políticos quemando nuestras instituciones.

Qué-más-da mentir a los medios, sortear sus preguntas, amenazar sus principios profesionales -los que los mantengan-, arruinar su veracidad con un tuit maquiavélico, insultarlos en abierto, empalar en plaza pública la libertad de expresión metiéndole un troyano de ética sin ética por donde cagan el alpiste las palomas. La triste levedad del odio palpitante es el motor que destruye la honestidad hasta convertirla en el mínimo común múltiplo en peligro de extinción.

Qué-más-da todo. Qué-más-da que votemos. Qué-más-dan estos partidos políticos envejecidos de ombliguismo barato, oportunistas, simples, ególatras, dañinos. Qué-más-da una justicia acosada sin rubor. Qué-más-da que nos escupan en Moncloa si, al fin y al cabo, Moncloa es el templo. Hemos sacado a Dios de las calles para convertir en dioses sin escrúpulos a unos políticos chacales. Qué-más-da si ha merecido la pena la idolatría.

Es injusto quemar a granel. Lo sé. En esta tierra quemada a conciencia hay excepciones de mujeres y hombres grandes. Es injusto no admitir que detrás de los buenos y de los malos -el fin desentraña a las personas- hay muchas horas de trabajo, muchas noches sin dormir. Efectivamente.

Hay gente que se agota levantando muros, incendiando vergeles e inundando de barro las esperanzas que nos quedan. Nada más triste que apostar la vida entera a correr en dirección suicida. Qué-más-da si en el camino hacia el fondo arrastran a una sociedad ejemplar en la pandemia, pero inmadura para tratarse de este síndrome de Estocolmo.

Pedrojota: 40 años a contraluz y una máxima de Bill Cosby

Fotos: Álvaro García Fuentes

Mayo de 2015. El Español está a punto de dar a luz. Entrevista en el despacho de un periodista al que siempre había admirado. Me leí todos sus libros. Me interesaban sus cartas dominicales. Me pareció valiente, audaz, contrapoder, inquietante, poderoso, culto, moderno, atractivo, sugerente.

-¿Ya no?

-Estoy aclarándome. De todas formas, lo que yo podía intentar ya lo está bordando en su casa Daniel Ramírez.

En el fondo, creo, yo quería que me convirtiera en un David Gistau. Con el riesgo de mutar en el camino en otra mucha gente que se ha formado en sus manos y que dista mucho de mi concepción de buen periodista-buena persona.

Pedrojota Ramírez en tirantes de andar por la redacción como si fuera una primera casa. En la sala de timones desde que en 1980 asumiera la dirección de Diario 16. Después: El Mundo. Y ahora, la carne.

Siempre había querido conocerle. Siempre había querido trabajar cerca de él. Siempre me dijeron que no sabía lo que decía. Siempre me dio igual. Siempre sé que habríamos acabado fatal. Siempre me da pena no haber sido capaz de conquistarle. Y lo he intentado por vías diferentes, hasta que aquel día de mayo de hace cinco años se lo dije al acabar la entrevista. Me dijo: “Ya haremos algo juntos”. Y hasta ahora…

-¿De verdad te gustaría trabajar con él?

-Tengo curiosidad. Fue más pasional en mi primera juventud. Quizás ahora le mandaría a la mierda con más personalidad cuando me encargara algo que repudie mi conciencia. Pero estoy seguro que a él eso le hace gracia.

Total. Aquella conversación fue en plena primavera de un año 2015 en la que él se hacía llamar “el arponero ingenuo” y andaba como un niño con periódico nuevo. Decía en la intro de aquella conversación a calzón quitao que era “el hombre al que España le ha visto todo”, que sabía demasiado, y jugué con las sinestesias: “Empieza por P: Púgil. Personaje. Piloto. Pastor. Pensador. Picador. Picapedrero. Primicia. Paracaidista. Polémico. Patriarcal. Parlante. Portada. Periodista… En ningún caso, Pasapalabra”.

Dije entonces: “Mezcle usted la tinta de sus venas, su experiencia, los libros leídos y los libros pensados, las conversaciones archivadas, los SMS recibidos… Añada su amistad íntima con los presidentes de la Democracia, y su consecuente enemistad publicada cuando el bus de la confianza se pasó tres pueblos. Sume su historia, su personaje, su aureola, su pluma bífida, su amor/odio, sus gónadas, sus fans, sus enemigos, su verbo liberal, su porte de Primera Plana, su carácter, sus dimes, sus diretes. Y remueva la coctelera mientras lee esta entrevista. Así. Bien”.

-¿Te dio titulares?

-Me dio titulares efímeros, como el que abrió aquella conversación: “El día en que Rajoy deje de ser presidente, desaparecerá por completo de mi vida”. Y justo hace ahora dos años aquel titular se me quedó viejo. Pero también me contó líneas de su historia y me aclaró algunas partes de su mapa mental. Y es posible que en cinco años haya envejecido alguna de esas reflexiones. Porque estos cinco años, en lo personal, ha sido un F5 potente en la vida de Pedrojota.

Sobre su historia profesional, me comentó que guardaba los buenos recuerdos de su trabajo junto a Casimiro García-Abadillo. Me contó que esperaba que El Español fuera un periódico muy diferente y me confesó que esperaba “poder demostrar que no hace falta papel, como dice la razón social de nuestra compañía editora, para cumplir las funciones que tradicionalmente han cumplido los medios escritos, y ser, además, más atractivo para los lectores, y más eficiente, como modelo de negocio”.

-¿Lo ha conseguido?

-Creo que El Español es irregular. Influye en cuestiones muy puntuales. El Confidencial ha sido mucho más punta de lanza en ese camino hacia el podio. Hay que tener en cuenta que El Español nació con un Plan A y pronto pasó a un Plan B.

-¿En qué sentido?

-Seguramente El Español estaría en el podio nacional si hubiera seguido adelante con el equipo A de profesionales que se enrolaron en el proyecto desde el principio. De ellos ahora no quedan ni las raspas, salvo los jefes. De hecho, en esta entrevista le pedía que me hablara de María Ramírez, Jordi Pérez Colomé, Pablo Romero, Daniel Basteiro, Eduardo Suárez… Todos están ya muy lejos de aquel proyecto palpitante.

Pedrojota quería hacer de El Español su mejor periódico. Todavía El Mundo le da muchas vueltas. Él quería hacer algo grande que devolviera al periodismo a una nueva edad de oro. Estamos lejos. El periodismo ni huele el oro. Hay enromes profesionales, pero entre la crisis del sector y la crisis de las personas, el charco está espeso.

Sobre la España contemporánea que le ha tocado vivir, hablamos de Felipe González, de Aznar -compañero de pádel-, de Rajoy, su “estafermo” perpetuo; de Zapatero, “el más tolerante con el trabajo de los periodistas”. Me dijo que “tener acceso y entender el factor humano creo que es la única manera de poder entender los actos de los gobernantes. Luego, el gobernante que te deja acercarte espera que le trates bien, y como inexorablemente llega un momento en que no estás de acuerdo con lo que hace, le criticas, y entonces siempre se produce el distanciamiento más o menos agrio. Las relaciones entre los políticos y los periodistas siempre terminan mal”.

Profetizó mal sobre Esperanza Aguirre. Rajó de Artur Mas -“está dilapidando y despilfarrando las energías de muchos catalanes en un proyecto quimérico y absurdo”-, profetizó bien la “resurrección” del PSOE: “Creo que Pedro Sánchez tiene mucho más futuro político que Rajoy“. Incluso intuyó la caída de Cospedal y de Soraya Sáenz de Santamaría: “El día en que llegue la renovación del PP de manera democrática, lo cual ocurrirá cuando esté en la oposición, no creo que ninguna de las dos vaya a tener ningún papel importante”. De hecho, ya no existen.

Sobre su modus pensandi, me explicó qué era un liberal en el siglo XXI. Y me reconoció que hubo una etapa de su vida en la que colgó en su habitación un póster de Marx… “Sí, pero duró dos meses. Yo nunca he sido ni comunista, ni franquista, ni fascista, ni nada por el estilo”.

Se erigió en promotor del concepto “casta” antes que Podemos. Entonces me dijo sobre el partido de Iglesias: “En conjunto, Podemos, hasta ahora, ha sido un fenómeno más positivo que negativo para la vida política española, porque ha servido de revulsivo y ha roto el ciclo de la resignación, mostrando el camino para que otros, como Ciudadanos, estén planteando también una enmienda profunda a la partitocracia dominante. Han demostrado que, partiendo de muy poco, se puede conseguir mucho si representas la sensibilidad de una parte de la ciudadanía (…) Otra cosa es que esté de acuerdo con sus ideas, con sus propuestas, y con sus propósitos. Ya veremos el día que gobierne alguna institución –si gobierna- qué es lo que pasa”. Y en eso estamos ahora.

Sobre sus 25 años al frente de El Mundo me confesó que no se arrepentía de nada, “porque, si alguna vez cometimos errores, que seguramente sí, fue desde la buena voluntad, desde la honestidad, desde el convencimiento de que las cosas eran como nosotros decíamos. Jamás publicamos algo que nosotros pensáramos que no fuera cierto”. Que nunca fue capaz de sumar a Alfonso Ussía y a Gregorio Morán a la cabecera a pesar de “tirarle los tejos”.

Y le hice un test rápido de verdadero o falso. Copio:

1. Pedrojota es menos vanidoso en la medida en que pasan los años.

Probablemente sea verdadero. El tiempo aplaca todos los defectos…

2. No está usted en la Academia de la Lengua porque Cebrián domina ese cotarro.

Falso. La verdad es que esa es la última de mis aspiraciones. Es algo en lo que no he pensado ni una sola vez.

3. Nunca le ha interesado ejercer el poder político.

Verdadero.

4. Al pádel le ganan ya casi todos sus amigos…

Verdadero… Bueno, no, no, ¡falso!, porque tengo amigos que son muy maulas… Me ganan sólo casi todos los buenos…

5. Rato es la historia de un buen hombre con demasiado poder.

Falso. Hay cosas que un buen hombre no haría nunca.

6. Los SMS de Bárcenas se los enviaron desde Génova.

Falso.

7. Gracias al doctor Villamor ahora tiene más cintura. En general.

Eso es verdadero. Me operó con gran éxito de las caderas…

8. La abdicación del Rey tuvo que ver con las noticias de Ana Romero en su etapa como director de El Mundo.

En sentido general, verdadero.

9.  El 60% de los redactores de El Mundo nunca habló con usted una palabra.

Falso.

10. Trabajar con gente joven le ha hecho sonreír más y controlar menos.

Es cierto que paso por una de las etapas más felices de mi vida.

Le pregunté por el buen periodista. Me contestó que era “muy sencillo. Se trata de tener la capacidad de mirarte todos los días al espejo y preguntarte si estás jugando limpio. Es decir, si aquello que estás publicando es lo que crees que es cierto, si no te estás haciendo trampas en el solitario, si no estás cediendo a la tentación de que la realidad no te estropee el buen titular, si estás cumpliendo la función social que te corresponde con la honestidad necesaria… Un buen periodista es el que está dispuesto a cambiar de opinión cuando la realidad le ofrece nuevos elementos de juicio. Ese es el sentido en el que pienso que el periodista debe ser un hombre cabal, un hombre íntegro, un hombre completo”. Hoy habría que acotar: “un hombre o una mujer”.

Acabé aquella conversación rebobinando así:

Pedrojota, todo junto, es nombre propio del Periodismo. Una vez que esa verdad objetiva se ha tenido en cuenta, cada cual que se ponga en su platillo de la balanza, y que la historia decida su precio justo. La misma historia que cuenta sus aciertos, sus naufragios, y las aventuras y desventuras de su libertad. La que mide a los hombres por sus obras, y no por las apariencias, o los prejuicios. Ni siquiera sólo por sus palabras.

Pedrojota, todo junto, es un referente de las artes liberales cultivadas por un hombre evidentemente libre. Dominador del Trivium y del Quadrivium. De las ciencias de la elocuencia y de las ciencias matemáticas, porque el Periodismo también es estar de vuelta y saber Trigonometría.

Pedrojota es un atleta de este oficio.

Habrá quien asuma, pero no trague. Quien reconozca, pero no comparta. Quien admita, pero no comulgue.

Y habrá quien construya sobre Pedrojota su propio mito particular sumando al Sísifo del periodismo español, la astucia de Aracne perseguida por los recelos de la divina Minerva, y las sorpresas vivas que se cuecen en su caja de Pandora

Al coleccionista de citas de memoria, una rebuscada en Google, las cosas como son: “No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo”. (Bill Cosby).

Unos días después de publicar la entrevista, escribí este post en este mismo blog.

Estimado Pedrojota con el que me tomaría un rebujito sin reloj o un gin-tonic en tu fantasiosa biblioteca personal: muchas felicidades por estas décadas de director. Con o sin crisis de los 40, eres un personaje con capitel. Invítame a tu fiesta.

Arrimadas: F5 y ‘flash back’

Fotos: Álvaro García Fuentes

Septiembre de 2015. Flash back. Inés Arrimadas es “sólo” candidata a la presidencia de la Generalitat de Cataluña. La voz de Ciudadanos en el Parlament con aspiraciones y talento. Llegaría a convertir a los naranjas en la segunda fuerza en esas mismas elecciones del 27-S. 

Cinco años después, Arrimadas es la presidenta de un partido con sus altos y sus bajos. Necesario, en mi opinión, para los contrapesos de esta política nacional de bipartidismo polarizado y hartazgo social. Ahora de baja maternal -enhorabuena, Inés-, es probable que Arrimadas tome aire y piense en cómo volver al terreno de juego con más relevancia que la que representan diez diputados en la Cámara Baja.

Pienso en voz alta. 

Desde aquella entrevista de hace cinco años donde nos reímos y brindamos con rebujito, Inés ha madurado políticamente, y también se ha distanciado un poco de la calle ciudadana. Se la ve seria. Como insegura. Mucho más insegura de lo que estaba en 2015. Estoy convencido de que es una mujer valiente y con capacidades por encima de la media de lo que vemos en la política española. Pero le falta naturalidad, perder el miedo a quedar mal, a salir con el pelo movido en una foto, a que la vean corriendo por el Retiro… Quizás sin darse cuenta, una mujer que vino a refrescar el panorama político de la mano de Albert Rivera se está convirtiendo en una señora-mayor y desaprovecha todo lo potente que tiene mostrar la juventud, la simpatía, la verdad en un escenario político tan prediseñado. 

Animaría a la presidenta de Ciudadanos a ser la que era en 2015, pero con la experiencia de 2020. Entiendo que las responsabilidades crecen y la prudencia dosifica las formas de ser, estar y aparecer. Pero la naturalidad me parece una gran virtud para la nueva política que demanda la nueva normalidad. Es compatible ser rotunda, clara y coherente, con sonreír más. Es compatible ser la única mujer presidenta de un partido político en España y pisar fuerte sin miedo a meter la pata. Si se mete la pata, se pide perdón, y se sigue. Es gratis y ejemplar. La sociedad no pide políticos perfectos, sino auténticos. 

Arrimadas debería conseguir salir de la torre de marfil a la que tienden las cúpulas de los partidos. Debería dejarse ver muy cerca de sus diez diputados sin parecer en un estrado superior. Debería salir más al asfalto, pasear a Álex, hacer deporte sin miedo al paparazzi, tomarse una caña o ir al Congreso en zapatillas de deporte para ponerse los tacones cuando pise suelo institucional… Como muchas mujeres y muchos hombres de su edad.
Arrimadas es también la voz de una generación en la que Pablo Casado y Pablo Iglesias ya se han hecho demasiado viejos.

Ella está a tiempo de mirar a Jacinda Ardern y sonreír más a cámara con la naturalidad de Jerez, la experiencia de Cataluña, y la sartén por el mango de Madrid. Creo yo. Lo sugiero con carácter constructivo, porque me parece que hay mucha madera en esta mujer. Y tengo mis dudas que sus asesores se lo digan todo. La naturalidad de Edmundo Bal en esta conversación me conquistó para siempre.

Deseando una nueva entrevista larga y a fondo. Quizás la entrevista política que más he disfrutado, junto a la que le hice a Núñez Feijóo. Cuando alguien va por la vida sin prejuicios y sin argumentarios gana mucho. 

El Prado, un museo del pueblo con 200 años y la salud de la eterna juventud

Reportaje publicado en la revista Influencers en septiembre-noviembre de 2019

El próximo mes de noviembre el Museo del Prado soplará 200 velas, una detrás de la otra. Desde que arrancó 2019 el mundo entero ha puesto su foco en esta pinacoteca, una de las más importantes del globo. Es martes, temprano, y su director adjunto de Conservación e Investigación, Andrés Úbeda, nos ofrece un paseo por sus salas, llenas de arte y de luz, antes de que los visitantes lo inunden todo. Porque, por ejemplo, solo en 2018, más de tres millones y medio de personas disfrutaron de la joya de la corona de la cultura española, casi un 2,5% más que en 2017. Esa es la tendencia.

Hemos quedado en el recibidor de Los Jerónimos. Úbeda es, a la vez, el médico, la sala de máquinas y el escaparate de este museo bicentenario donde trabajan 500 personas. Se encarga de la conservación de las pinturas, del taller de restauración, del análisis de diagnóstico de las obras de arte, de la biblioteca, la documentación y de las exposiciones temporales.

Pasilleamos a susurros entre Murillos, Goyas y Velázquez. A solas. Dentro solo opera a estas horas esos servidores públicos que tienen la suerte de ejercer bajo techos así de únicos. Se nota que el personal del museo está feliz con este cumpleaños, con el reconocimiento universal y con el futuro que le espera por delante al Prado más vergel.

El museo de todos los españoles

Úbeda, además, está muy contento con el desarrollo de esta larga onomástica. En su opinión, los grandes objetivos del Prado en 2019 se centran en asentar la idea de que estamos ante un museo de todos, “no del Gobierno, o de Madrid. Por ley, y por derecho propio. Cada una de las piezas de este museo pertenece a todos los españoles. Esto no es una declaración de intenciones. Estamos desarrollando políticas concretas. Ahora mismo hay obras maestras de nuestro catálogo en todas las comunidades autónomas y la mayoría están en museos de acceso público. El Prado es la institución más descentralizada del Estado español”.

Una de las características del Prado es su libertad de movimiento, con directores no políticos que han sabido gestionar esta casa como un patrimonio común. Gracias a un pacto parlamentario entre PP y PSOE, el Prado está fuera de la liza política, y eso le da una soltura especial dentro de las instituciones culturales públicas.

Los 200 años de su inauguración coinciden con dos aniversarios más que el Prado quiere subrayar. Por un lado, este año se celebra los 150 años de la nacionalización del museo, “el momento en el que dejó de ser una colección de los Reyes de España para convertirse en lo que es hoy”. Por otro, en agosto hará 80 años ya del retorno de los cuadros que abandonaron su casa con la Guerra Civil, una ocasión plástica para trascender las heridas.

Dentro de 50 años

A sus 200 años, el Prado es un espejo lustrado donde nos miramos todos los españoles, y es también un reflejo de la generosidad de muchas personas que con su trabajo o sus donaciones han ido mimando esta institución para que no envejezca nunca.

-¿Cómo ve el Museo del Prado de dentro de 50 años?

Responde Úbeda: “El Prado de dentro de 50 años es inimaginable. Esto va muy rápido. Lo que parece evidente es que será más virtual y menos presencial. Sí podemos hablar con más acierto del museo que deseamos para las próximas décadas: un Prado más inclusivo, donde los sectores de la sociedad que aún no se sienten concernidos se integren en esta casa de manera natural. Queremos que ese 30% de españoles que nunca han entrado en el museo den el paso, aunque sea por curiosidad”.

El Prado de las próximas décadas seguirá progresando también en su colección con más arte contemporáneo. Ahora mismo el límite temporal está en los años 20, con Sorolla, “pero ya notamos el cariño de mucha gente en forma de donaciones y de ahí vendrán cuadros para ampliar nuestra colección en el futuro. En ese camino hacia adelante empezaremos desde cero, y habrá un día en el que quedará claro que el Prado, como museo vivo, requerirá en sus paredes la continuidad del siglo XX”.

Más allá de avanzar en el contenido y en las formas de exponerlos, en las fechas de sus obras y en las manera de abrirse a públicos tan diversos, el museo del pueblo tiene también grandes retos que se divisan ya por el retrovisor, como remarca Úbeda: mantener el nivel de la exposiciones en un contexto “en el que cada vez son más difíciles y más caros los préstamos de obras de otras instituciones”; preparar al visitante para que entienda lo que expresan las obras de arte, “porque la pérdida de la cultura religiosa se nota mucho, y sin ese conocimiento no se entiende el museo.  Además, actualmente la mayoría de nuestros visitantes son extranjeros, y no conocen nuestras raíces y nuestra historia, imprescindibles para disfrutar al máximo del arte que cuelga de nuestras salas”.

El Prado del presente y del futuro se abre ya a los temas sociológicos candentes en la calle, como las cuestiones de género. En 2020, por ejemplo, expondrá bajo su techo la primera exposición dedicada a la presencia de la mujer en la pintura del siglo XIX, “que estoy seguro que va a ser una muestra sorprendente”.

Modernidad y tradición

Conviven hoy dentro de estos veteranos muros la pintura renacentista de Fra Angelico y los hierros humanos contemporáneos de Giacometti. El Prado es un diálogo entre todo lo que ha sido y todo lo que será. Entre todo lo que ha sido España y todo lo que será nuestro país. Para que nadie se pierda, explicaciones sencillas pero esenciales acompañan a cada obra. Audioguías en ocho idiomas acercan sus entrañas al mundo entero. Circuitos adaptados a públicos diferentes pueden descargarse desde su página web. Un museo abierto. Un museo listo para salir del museo.

El Prado influye en la cultura española y en el arte universal. Su prestigio -cuenta Úbeda- hace que su voz se oiga también fuera. Su acierto ha sido escuchar antes que proponer y esforzarse cada curso en hacer propuestas tan atractivas que más de 40.000 personas por el mundo portan con orgullo su carné de Amigos del Prado. Es un buen reflejo de cómo la responsabilidad social se hace cómplice de sus referencias culturales para sostenerlas entre todos. Aquí caben entendidos, novatos, mayores, escolares, españoles, extranjeros. Abierto al mundo y al futuro, el Prado navega rejuvenecido las aguas de todos sus tiempos.

Entre sala y sala, contemplando y escuchando, entre la boca abierta y las preguntas, hemos andado por este museo cinco estrellas conversando sobre la historia y sobre las esperanzas de avance que albergan las personas que dirigen con batuta futurista una institución cultural de este calibre. Un lujo estético. Salimos por la puerta de Los Jerónimos. Quedan unos minutos para que el Prado abra sus puertas de par en par y la cola de visitantes da la vuelta al edificio. Se nota la impaciencia, las ganas de dejarse sorprender por la estética, la ilusión de poner un pie en este punto de ignición universal de la Historia del Arte. Un guitarrista callejero anima la espera tocando los acordes de Entre dos aguas. Las aguas de los 200 años. Las aguas de la eterna juventud de un Prado en permanente efervescencia.

CINCO GUIÑOS AL AYER Y AL MAÑANA

Cada vez que le preguntan a Andrés Úbeda, director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado, cuáles son sus cuadros preferidos, elige opciones diferentes. Todo depende del contexto. Hay mucho donde elegir y no se pueden poner puertas al campo de la belleza. Hoy le hemos pedido que nos presente sus cinco propuestas que reflejen bien la tradición y la modernidad que rebosan de estas paredes. En mitad de junio, casi en el ecuador del bicentenario, estas son sus elecciones para los lectores de Influencers:

1. Sala de El Bosco. Más que El Jardín de las Delicias, Úbeda se queda con la sala entera, donde también brilla con luz propia el Tríptico del carro de heno. Apuesta así “por la singularidad del pintor, que hace lo contrario a lo que muestran el resto de artistas del museo al exponer pinturas religiosas que no lo parecen, porque él no se fija en lo imitable, sino en la rechazable”. La exposición de 2016 con motivo del quinto centenario de la muerte de El Bosco ha sido la más visitada de la historia del Prado, al menos desde que se registran los datos de audiencia.

2. Vestir el Prado. Más que una obra que cuelgue de las paredes de esta casa, Vestir el Prado es el origen de una coyuntura: en plenos festejos del bicentenario, los desperfectos del granito que corona el edificio requirieron una intervención urgente. Los andamios conquistaron el exterior “y haciendo de la necesidad, virtud” se colocaron lonas q ue ilustran detalles de telas pintadas que forman parte de las grandes obras maestras del museo. Al final, el edificio se ha vestido de modernidad casi por accidente, y el Prado logra uno de sus objetivos prioritarios: sacar su arte al exterior para que nadie permanezca ajeno a la belleza que late dentro. Estas lonas se han convertido en una obra efímera costeadas íntegramente por El Corte Inglés.

3. El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Esta obra de Antonio Gisbert de finales del siglo XIX se ha convertido en un icono del 150 aniversario de la nacionalización del Prado. Úbeda personaliza en este lienzo el interés del museo por hablar de frente a todos los españoles, “porque cuenta la historia de un patriota, de una persona que fue un héroe por su país y, por tanto, un personaje reivindicable para la Historia de España”. Es el único cuadro encargado por un presidente del Gobierno -Sagasta- exclusivamente para el Museo del Prado. La sala que acoge este cuadro de amplias dimensiones ha sido contextualizada con otros lienzos y objetos que explican la historia de Torrijos.

4. Juan Bautista de Muguiro. Retrato ubicado en la sala de los fusilamientos de Goya. Se trata de una obra pintada en 1827, un año antes de la muerte del consagrado artista, “y que, sin embargo, recoge toda la técnica del pintor, y todas sus ganas de vivir. Es un cuadro que refleja bien que Goya fue un pintor que no se resignaba a dejar de aprender”.

5. Sala 12. Giacometti invade con naturalidad el espacio de Las meninas. Terminamos este recorrido peculiar por el Prado en la sala 12, que lleva más de un siglo ocupada por las grandes obras de Velázquez. En las paredes de este óvalo, además de Las meninas, reyes, reinas y príncipes ecuestres deslumbran en la sala. En medio, una intervención agresiva que resulta muy natural. Sobre una tarima circular, esculturas de Giacometti campan a sus anchas como si estuvieran aquí desde hace mucho tiempo. La convivencia entre modernidad y tradición del Museo del Prado se expresan solas contemplando este diálogo artificial que es un desiderátum de los dirigentes del museo hecho arte.

Richy Castellanos: El hombre que susurraba lealtad a los famosos

Entrevista publicada en la revista Influencers de enero-febrero 2020.

Después de 26 años, cerca de 3.500 eventos, uno 4.000 contactos VIPS, y mucho trabajo, el sueño del relaciones públicas número uno del país es este: reunir sobre las tablas del Madison Square Garden a Camarón, Paco de Lucía, Michael Jackson y Julio Iglesias, y contar con actuaciones especiales de Amy Winehouse, Barbra Streisand, Shirley Bassey y Mina. Es el deseo imposible, salvo milagro de la tecnología, de un hombre que está muy cerca y muy al quite de las estrellas, que lo ha hecho casi todo en las alfombras de los eventos y que aspira a convertir la confianza de los famosos en su viaje por otros 26 años detrás del telón, pero con la luz propia del reconocimiento masivo a la discreción y eficacia de su oficio.

Álvaro Sánchez León (@asanleo)

Dicen que todos los hombres tienen un precio, pero la moneda de Richy Castellanos es la lealtad. Por eso lleva una boda de plata larga ofreciendo a los famosos de España la red de su confianza, el respeto de su discreción y un sigilo sobre lo que ve y lo que oye que se acerca al secreto de confesión. Un relaciones públicas con estas señas de identidad y el valor constante del trabajo bien hecho es un tesoro.

Un casco de obrero sobre el esmoquin. Muchas horas de acción, reacción y repercusión en cada pajarita ajustada. El lustre de la pasión por un oficio “oscuro y difícil, en el que es importante tener claros los principios para no ahogarse”. Un móvil en efervescencia, miles de eventos y miles de contactos VIPS que le llaman, se ponen y se aprecian. En una hora de conversación, de pasada, sale que “anteayer hablé con Julio Iglesias”, “mira este audio que le acabo de mandar a Rafa Nadal felicitándole por su boda”, “hoy he quedado a comer con Josema Yuste”, “toca cenar con José María García”, “acabo de organizar la presentación del libro de Andrés Pajares”, “estoy colaborando una vez más con el especial fin de año de José Mota”, y “tengo que ir cerrando el partido de famosos a favor de los niños con Síndrome de Down de Prodis. Este año colaboran Vicente del Bosque y Javier Gutiérrez”.

¿Cómo se gana la confianza de la gente que está en la cumbre?

-En la cumbre, en realidad, hay pocas personas. Muchos están en ese entorno, pero son pocos los que rozan de las estrellas.  Si trabajas bien con gente importante, ellos lo agradecen mucho. Valoran que guarde su intimidad, que sea honesto y que vaya con mis principios amueblados por delante. La transparencia y el cariño auténtico lo pueden casi todo.

Richy Castellanos nació un 11-S, y se pasa el día entre torres gemelas que brillan, cuidándolas para que nadie las destruya. “Perfeccionista y tenaz”. Su obsesión sana es “no defraudar a las personas que requieren sus servicios, aunque esto no es un veni, vidi, vinci”. Su estrategia: “estar muy cerca, sobre todo en los momentos complicados, y estar al quite, como los grandes banderilleros que están junto al matador”, hasta que lo que empezó siendo una relación laboral se convierte en feeling, detalles e intuición “para dar siempre lo que cada uno necesita, aunque no lo pida”. Con esa fórmula de empatía sincera “tengo el placer de haber estado en las casas de casi todos los artistas de este país, y algunos del extranjero”.

Seguro de sí mismo. Ajeno al óxido. Más conectado a los nombres y apellidos del DNI que a los nombres artísticos en un escenario en el que todos se arriman a las estrellas para pedir: la cartera, una foto, un favor, un milagro, un sueño, la luna.

“No soy de la prensa rosa”

A Richy Castellanos se le quedó grabado algo que le escuchó a Paco de Lucía: “No sé de nada, de casi nada, pero sé un poquito de lo que hago”. Y él sabe de tratar bien a las personas, de garantizar su confianza, “y cuando hay confianza, ellos mismos te abren su corazón”. También sabe de separar vida pública y vida personal en un ámbito en el que codearse con las estrellas podría suponer un plus de ingresos: “Sé miles de intimidades de artistas que ni me van, ni me vienen, porque no soy de la prensa rosa. Todo el mundo sabe que en mi vida iría a un programa de cotilleos de la televisión. Prefiero perder ganando que ganar perdiendo”.

26 años remando en esa dirección con constancia han visto crecer este huerto florido lleno de amistades. “La seriedad en el trabajo es lo que te abre las puertas para tener un millón de amigos, como dice Roberto Carlos, y lo que hace que mucha gente me llame sin pedirlo”. En el fondo, después de tantas luces cercanas que han brillado intensamente y luego se han apagado de sopetón, Castellanos valora mucho ir por la vida profesional “a portagoyola”: de cara, pero toreando los cuernos de la falta de ética poniéndose de rodillas ante la dignidad de las personas con las que trata por encima de sus personajes.

Dice que “si te metes en alerta roja, el barco se hunde y nadie te ayudará a sobrevivir” que, en el fondo, es lo mismo que decir que defraudar por un plato de lentejas es el primer paso hacia el ostracismo en un oficio donde la verdad en el cara a cara es la clave del prestigio. Por eso, como dice Pedro Ruiz, “Richy no conoce a todos los famosos, pero todos los famosos conocen a Richy”.

Castellanos sabe que “la vida de un artista es muy difícil, porque se construye a largo plazo. Mi experiencia es que la elegancia, la clase, la personalidad, la casta y el saber estar son las señas de identidad de los que consiguen permanecer”. Reivindica valores humanos – “humildad, temple, el arte de tratar bien a las personas, la calma…”- que ennoblecen a la persona que late dentro de un famoso como esencias del currículo oculto de las estrellas, sobre todo, para que las caídas y los fracasos no sean tan estrepitosos, y para saborear cada escalón arriba siendo agradecidos y reforzando la ilusión por dar un do de pecho cada vez que se trabaja.

Serio en su oficio. Bromista en las distancias cortas. Su sabiduría popular está llena de respuestas con refranes y versos de canciones de siempre. Quiso ser futbolista, y ahora se dedica a regatear en el área de los monstruos de la fama ajena, cubrir a los delanteros con prestancia social y meter goles con eventos por la escuadra. Quiso ser flamenco, y ahora rasga las cinco cuerdas a la vez para que las estrellas no se pierdan en el Olimpo de las distancias humanas enfriadas, taconea sobre las dificultades, intuye el quejío y logra que el público toque las palmas. Por el camino, se ha hecho amigo de grandes futbolistas –Maradona, Butragueño, Martín Vázquez, Raúl, Guti, Íker Casillas, Fernando Torres…- y de grandes flamencos como Camarón, Paco de Lucía, Tomatito o Vicente Amigo

Después de 26 años en la tarima del backstage, Richy Castellanos sigue con la ilusión de la primera vez. Contento. Entrenado para mirar, escuchar, oler, tocar y sentir lo que otros no intuyen ni de lejos. Cuando se apagan los focos, él sigue ahí. Cuando se encienden las famas, él está en la otra cara del tapiz. Cuando se visten los trajes de noche y cuando los esmóquines se llevan al tinte. Cuando un famoso se pone el chándal de andar por casa y los tacones son alpargatas. Antes, durante y después, como una pila Duracell que da energía sin luz propia, rodeado de amigos con galones, el Richy que encendió la luz por ser el primero, la apaga el último.

Si una noche, al llegar a casa, después de descalzarse el glamur, Castellanos se toma un cola-cao con galletas, sepan ustedes que no es una inercia costumbrista. Esa receta ordinaria que tan bien representa al hombre a gusto en su casa, es el broche de oro sobre un trabajo bien hecho. Si sus amigos-estrellas prosiguen sus caminos, con buen rumbo, por la Vía Láctea, en una galaxia paralela, él duerme a honestidad suelta detrás del telón.

LOS MITOS DE CARNE Y HUESO DE SU PASEO DE LA FAMA

De entre todas las personas a las que Richy Castellanos ha tenido la oportunidad de conocer, algunos nombres propios tienen un realce especial en su paseo de la fama. Ahí están Camarón, “un vanguardista que no hablaba mal de nadie y cantaba como los ángeles”; y Paco de Lucía, “un genio universal”; y Maradona, “el Walt Disney del fútbol”; y Rafa Nadal, “el mejor deportista de todos los tiempos”. Ahí están dos de sus mejores amigos: José Mota –“una bellísima persona”- y Santiago Segura: “dos cracks de la interpretación”. Ahí están tres amigos que le deben, incluso, haber conocido a sus mujeres: Raúl González, Guti y Carlos Moyá.

Están también Alejandro Sanz, “el revolucionario de la música” o Ana Obregón -“mi gran amiga”- y una de las primeras que le ofreció su confianza cuando era 1993, y él se abría paso en la selva de la mano de Los Chungitos, Pedro Ruiz, Luis Cobos, Julio Sabala o Azúcar Moreno. Y andan también sus padres, “que son las personas que más me han influido en esta vida”, y Dios, “mi fan número uno, y el que me da salud, trabajo, amistad, y confianza en mí mismo para seguir adelante en este mundo complicado del espectáculo”.

José Coronado | Laureles de galán, podios de honesta madurez

Entrevista publicada en la revista Influencers de noviembre-diciembre 2019

Coronado de prestigio, de proyectos, de presente, de futuro, de pasado, de cuerpo y de alma. Con ese rostro que lleva dentro de nuestras casas desde hace tantos años que nos parece un familiar, un vecino, uno más de los nuestros. En vaqueros de andar sin oropeles. En las orejas de un sofá, a medio metro, escuchamos a un actor que también es voz, pero que, sobre todo, quiere ser José, a secas, sin más focos que los necesarios para seguir adelante en una carrera que le tiene entusiasmado a sus 61 primaveras.  

A punto de volver al cine con la última de Jaume Balagueró (Way Down). Con la última temporada de Vivir sin permiso en prime time. Con el color aún del verano, los ojos de mar verde-hondo y el pelo cano con olas de vida.

José Coronado es un portento físico. Pudo ser abogado, o médico. Pudo haberse perdido en la montaña rusa de los coletazos de la Movida. Pero después de tres décadas llenas de variedad dedicadas a la interpretación, entre el teatro, el cine y la televisión, al final ha sido un actor maduro, de pies a cabeza, capaz de conquistar a audiencias transgeneracionales con un trabajo cada vez más bien hecho.

Galán consumado, buscador de océanos en cada personaje, pescador de tesoros de lo que de verdad importa, padre a muerte, actor con cayos de horas y sin cayos de acostumbramiento, comprometido con las grandes causas de la sociedad.

Estamos en su Madrid, en una esquina de la Plaza de España. Hace 32 años que inició su carrera. Es un hombre de las mil caras coherente que desfila de puntillas por la alfombra roja, porque pisa fuerte el asfalto de la cotidianidad. En unos meses le veremos en medio de un atraco apoteósico en el Banco de España haciéndose el duro. Ahora, sin armas en la escena de esta entrevista, disparamos.

Le veo como en una segunda juventud, en medio de otro despegue profesional.

En estos años de profesión siempre me he sentido en el aire. Me considero un tipo absolutamente privilegiado. Siempre me he agarrado a tocar todos los frentes -teatro, cine y televisión- y esa combinación me tiene muy vivo desde el principio. No sé si estoy en una segunda juventud. Sinceramente pienso que nunca me he bajado de la juventud casi infancia que requiere ser actor. Es cierto que, en estos últimos años, con la edad y con las posibilidades de seguir haciendo cosas, noto un segundo rebrote de ilusión que me hace estar muy feliz.

Una nueva juventud, pero sin adolescencia. Es una ventaja.

Efectivamente, sin dejar que me distraigan las cuestiones que te dispersan cuando tienes 20 años y todavía no estás formado. He aprendido a priorizar y a saber dónde está lo importante. En la profesión ya no padezco los efectos los flashes y la parafernalia que gira en torno a un actor que pueden perturbar la construcción de un buen personaje. Todo eso lo tengo más que superado. Sé que forma parte de mi trabajo y lo hago con la máxima entrega, pero a mí es lo que menos me gusta de todo lo que integra este oficio.

Tiene usted algo de galán, de actor del pueblo, de bueno y de malo, de español medio del CIS, que le hace empatizar mucho con audiencias muy distintas.

La televisión ha tenido mucha importancia en mi carrera, porque, meterte en las casas de tantas personas cuando están en pijama y en familia, hace que te sientan de los suyos. Mi experiencia es que, si eliges bien los personajes, las audiencias te cogen cariño. Al menos yo así lo siento. 

Coronado

Empezó Derecho. Empezó Medicina. Y encontró en la interpretación la pasión de su vida sin tener sangre del gremio. ¿Cuántas veces le preguntaron si estaba loco?

Nadie me dijo que estaba loco, porque cuando llegué a este oficio venía de una locura mayor: la noche y la hostelería en plena época de la Movida madrileña. En esos escenarios había condimentos que podían llevar más directamente a perder el norte… Posiblemente la profesión fue la que me salvó de caer en males mayores y la que me centró. Dar con la tecla de mi trabajo me hizo ponerme las pilas en todos los sentidos.

En el cine ha pasado usted de ser el galán guaperas al maduro con personajes llenos de carácter, historia y fuerza. Bendita madurez…

¡Bendita madurez! Normalmente, los personajes complejos tienen más enjundia que el simple galán, que lo apuesta todo al físico, aunque nunca he renegado del galán. Cuando en mis primeros años me decían eso del galán, lo primero que hice fue ir a leer la definición y vi que se definía a un hombre educado, de buenas maneras, y todo lo que decía ese significante me parecía bonito. En mis comienzos tuve dos referentes fundamentales: Robert de Niro, por la complejidad de sus personajes, y Gary Grant, por lo que a mí me pudiera tocar de similitud. Con él entendí que esa galanura, si la acompañas de trabajo y esfuerzo, también puede aportar muchas cosas.

Su primera oportunidad importante en el cine fue “porque sabía mirar a las mujeres”. Ahora que el feminismo se ha convertido en una trinchera, ¿cómo mira un hombre a las mujeres sin necesidad de ideologías?

De una forma limpia y sincera, como lo he hecho toda la vida. No hay nada que me haya gustado más en la vida que las mujeres, y tengo la absoluta seguridad de que nadie me va a venir con sospechas de acoso, porque soy incapaz. Cualquier tipo de relación debe ser consentida y basada en el respeto y la educación. Mis padres me enseñaron a tratar bien a las personas, y así lo he hecho siempre. Nunca he dejado de buscar a las mujeres y de jugar con ellas, pero desde un respeto máximo.

No habrá paz para los malvados (2011) fue la película por la que le cayeron todos los premios gordos, especialmente el Goya al Mejor Actor. ¿Cómo se encarna a la perfección la corrupción, señor Santos Trinidad?

En No habrá paz para los malvados se hablaba de corrupción, pero Santos Trinidad no era un personaje corrupto. En absoluto. He podido desarrollar otros papeles donde la corrupción saltaba más a la vista, como la serie de Acusados, donde interpretaba a un corrupto potente. Santos Trinidad era una bestia de la naturaleza que buscaba salvar su culo, pero, al mismo tiempo, salvaba al mundo. Esa es la esencia del estupendo personaje perfectamente creado en el guion de Enrique Urbizu.

Ha sido usted falso párroco en Brumal, Goya de joven en Goya en Burdeos, Ricardo Palacios en El lobo y en GAL, Maximiliano I de Habsburgo en La Corona Partida, Don Juan, e incluso Iván el Terrible. Por resumir sus repartos. ¿Tanta versatilidad cabe en un Coronado solo?

Y más… En esta profesión pasan muchos personajes, e incluso reeditas con otros matices y otros enfoques los que ya has hecho. Una de las cosas que más me apasiona de este oficio es que me puedo enriquecer personalmente en la medida en que buceo en la construcción de mis personajes. Cuantos más registros tienes, más aportas y más ganas tú mismo. Un actor cuenta con la opción de quedarse o no quedarse en las historias que vives. He aprendido a ser mejor persona entrando en fibras humanas de personajes que, normalmente, me pillarían lejos en mi día a día. Y también aprendes de los hijos de puta, a calarlos de lejos, a mantener la distancia y la seguridad ante ellos, porque los has estudiado a fondo.

¿Cuál ha sido el personaje que más le ha transformado personalmente?

Probablemente mi personaje más catatónico fue Rafa, que era un homosexual que interpreté en teatro en los principios de los 90. Aquel papel hizo que me vieran muchos directores y me llamaran para otros proyectos. Pero, sobre todo, me sirvió para crecer como persona. La obra hablaba de una historia de amor entre un hombre y su marido, enfermo de sida, y cómo el protagonista cuida de él hasta sus últimos días. Para mí esa obra representaba el amor con mayúsculas. Meterme en ese personaje significaba darme cuenta de cosas que, si no me hubiera metido en esa piel, jamás habría descubierto. Me ayudó a realizar un viaje introspectivo que me hizo crecer por dentro. Menos mal…

Aunque sus papeles son multitud, usted ama la soledad.

Profundamente.

¿Cómo se ve cuando está a solas, sin guion?

Muy libre. Me gusta la soledad, evidentemente adquirida por deseo propio, no impuesta, que esa soledad es terrible. En realidad, no es que me guste la soledad, es que la necesito. Por mi trabajo interactúo con mucha gente diferente y mi forma de ser requiere que, como respuesta, me meta en mi burbuja para recargarme a solas.  

¿Los actores están demasiado expuestos demasiado tiempo?

Sí. Las únicas armas contra esa realidad son la honestidad y la sinceridad. Si no tienes nada que esconder, te da igual por dónde te pillen. Además, el actor debe examinarse siempre ante cada nuevo trabajo que haga. Lo asumo.

Vivir sin permiso, de nuevo en nuestras pantallas, y usted dentro de Nemo Bandeira y su Alzheimer. ¿Recuerda su vida como un vivir sin permiso, a pesar de la fama?

Yo en mi vida tengo que dar cuenta cada día a mucha gente. Soy un obrero de la interpretación. Me muevo en un modo de vida muy libre, exento de monotonía, pero otras cosas pagas. La libertad de cada ser humano va más allá del oficio.

¿Cómo vienen los nuevos capítulos de Vivir sin permiso?

Todos los personajes están muy cogidos para esta última temporada de diez capítulos, que es un lujo. Tiene un cierre final, no es de estas series que te dejan muchas ventanas abiertas. Irrumpen los mexicanos, con Leonor Watling y Patrick Criado, que hacen unos personajes maravillosos. En esta ocasión, todo se precipita de una forma tremenda. Son los mismos ingredientes de la primera temporada, pero llevados todos al límite, y solucionando.

Gigantes. Abraham Guerrero, el más cabrón de las pantallas. ¿Los papeles así son duros para alguien que parece un cacho de pan, o son una catarsis?

Cuando empecé a trabajar con mi adorado Enrique Urbizu me llamó para hacer La caja 507, una historia de un director de banco buena gente y de un killer. Yo venía de la serie Periodistas, y estaba convencido de que llamaba para hacer de director de banco bonachón al que atracan, y que Antonio Resines sería el malo. Me sorprendió cuando me dijo que eso es lo que esperaba todo el mundo, y que me quería a mí de killer. Me abrió todo un campo que nunca le dejaré de agradecer: esa parte oscura de los seres humanos en la que me metí hasta el fondo. Soy un amante de los thrillers y del suspense, he estudiado mucho el tema, y me siento muy a gusto en ellos. A partir de aquella película empezaron a salirme más y más personajes en los que he disfrutado, porque con la edad sabes muy bien de lo que hablas, sobre todo cuando trabajas con un director con las ideas tan claras como Enrique, que te sabe dirigir de maravilla.

Tu hijo. De nuevo en la pole de los últimos Goya. En escena, el padrazo Coronado vuelve a la Medicina y se pasa el juramento hipocrático por el forro por amor ciego a su hijo. ¿Su amor de padre es así de heavy?

Sí. Creo que el de la mayoría. Un hijo es un hijo. La familia es la familia, eso está claro. Por un hijo hace las mayores barbaridades que nunca harías por nadie más, ni siquiera por una pareja. Por un hijo pierdes el norte y puedes perder los papeles.

Muchos de sus personajes transitan bien de la vulnerabilidad a la dureza. ¿José Coronado está en el punto medio?

Sí. Soy una persona equilibrada, aunque tengo mis puntas a un lado y a otro. Para la profesión, jugar desde la vulnerabilidad hasta la máxima dureza y salvajismo es lo que te permite un arco de registro que hace posible que no aburras a la gente viendo siempre a Jose haciendo otros personajes. Robert de Niro conseguía en sus películas que solo vieras al zumbado de Taxi Driver y esa es la máxima aspiración a la que puede llegar un actor. El mejor piropo que me han lanzado en la vida me lo dijo una chica en Twitter: “José Coronado es un policía que en sus ratos libres hace cine”. 

Le vemos con pistolas y gestos de odio, y en la vida real, echando una mano a Paco Arango en la Fundación Aladina, o con Ayuda en Acción. ¿Cómo es esa parte del metraje de su vida? ¿Echa en falta más asfalto de realidad y menos alfombras rojas?

Las alfombras rojas no son un plato de buen gusto para mí, pero son absolutamente necesarias. Entra dentro del juego de la industria. Hace casi 20 años que empecé a colaborar con Ayuda en Acción como una forma de canalizar esta estupidez que yo llamo fama. Cuando empecé a ser conocido me di cuenta de que cuando hablaba, la gente te escucha. Además de ganarme dignamente la vida, fui consciente de que podía aportar algo a la sociedad a través de esa fama. Desde entonces pongo mi granito de arena, me arremango para concienciar en temas en los que creo, y siento que es mi obligación, y el de cualquier persona que tenga el poder de hacerse escuchar- apoyar estas causas sociales.

Entre esas causas está su defensa del medioambiente. Para el reportaje gráfico que ilustra esta conversación ha querido usted vestir la marca Ecoalf, un referente en la moda sostenible que fundó hace diez años Javier Goyeneche.

Tiene un mensaje maravilloso de reciclaje de todo tipo de deshechos que naufragan en el fondo del mar para convertirlos en las materias primas de sus prendas. Además, el 10% de sus beneficios van directamente a campañas para sanear el mar. La degradación del planeta en el que vivimos es un tema que me preocupa seriamente, y estoy implicado en la concienciación para que se revierta la situación antes de que sea demasiado tarde.

Más allá del mensaje, ¿se siente estéticamente a gusto con sus prendas?

Para mi la ropa es un elemento completamente superfluo que sirve para no pasar frio y para tapar las vergüenzas. Aunque antes de ser actor estuve metido en el mundo de la moda, la moda no me mueve nada. Mi uniforme son unos vaqueros, una camiseta y unas botas de montar en moto. Es lo que me pongo cada día. Por mi oficio, cambio constantemente de vestuario, pero las ropas no me importan nada. No gasto un minuto al día en pensar lo que me pongo.

Hágame un trailer de su papel en Way Down, su próxima aparición en cine prevista para 2020.

En la nueva película de Jaume Balagueró soy el jefe de seguridad del Banco de España, que no es poco… En la línea de los tipos con peso y mala leche que he interpretado últimamente, este personaje es un tipo celoso de su trabajo que ve que le van a entrar a robar en el banco justo durante la final que jugaba España en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica en 2010, y Cibeles estaba completamente llena de gente. Ese es el momento en que estos ingeniosos rateros intentan robar el banco de España, y mi misión es ponérselo muy difícil.

Coronado

¿Ve usted un cambio en el público y una empatía más fiel al cine español?

Sí, hemos mejorado mucho. Cuando empecé, el cine español estaba en la UVI, y ahora está sano, con muchas fuerzas, y peleando con los primeros espadas del mundo.

Teatro. ¿Le tientan las tablas o está más a gusto ante las cámaras?

El teatro es lo que más me gusta de mi profesión. Creo que es el espacio donde un actor realmente disfruta, y donde se ven sus dotes. Mi problema es que compagino proyectos de cine y televisión y no es fácil establecer un calendario libre para hacer teatro. Para mí es la fuente a la que un actor debe estar acudiendo constantemente para no dejar de aprender. Me encanta el silencio de 500 personas dispuestas a escuchar lo que vas a decir.

Usted, que ha muerto y ha resucitado, ¿qué juicio ha hecho sobre la vanidad del glamour y las apariencias del cuché?

Después de ese acontecimiento que he reciclado en positivo, he visto más motivos para priorizar lo que de verdad importa en la vida. El glamour, los flashes, el oropel son pura cáscara. Me he asentado más en mis principios: la humildad de trabajar con casco cada mañana y tratar de hacerlo lo mejor que sé para consolidar una carrera de largo recorrido.

¿La madurez y el infarto le han hecho más espiritual?

Lucho por buscar la espiritualidad todos los días, pero me cuesta, porque soy demasiado cuerpo. Entiendo que en la espiritualidad está la verdad. Me fui con mi hijo y Jesús Calleja al Tíbet, porque yo quería aprovechar aquello para conectar con el budismo… En fin, como diría el clásico, estoy trabajando en ello. 

Además de “madridista acérrimo”, ¿confiesa algún otro extremo?

Soy madridista acérrimo, pero según acaba el partido, desconecto. Soy madridista acérrimo, pero me encanta que gane el Atlético de Madrid, e incluso me gusta más su idiosincrasia y su forma de ver la vida. Pero desde niño me tocó ser del Madrid, y sigue siendo mi equipo. Mi mayor afición es aprovechar el único lujo que tengo: una pantallita de cine que tengo en casa. Disfruto mucho viendo buenas historias, que me ayudan a descansar como persona y seguir trabajando como actor. En esa burbuja puedo ver hasta cuatro películas seguidas.

De aquel compromiso social de la cultura de la Movida con la sociedad española, ¿quedan restos vivos?

Bueno, ¡tampoco soy tan viejo! A mí la Movida me pilló muy niño, aunque tuve la suerte de vivirla. A mí esas noches de Madrid en esos ochenta en los que la gente salía, reía, y estaba abierta a una nueva forma de vida… Había más luz en las calles, más sonrisas en las caras… Aquello fue un regalo que nos tocó vivir. El compromiso del mundo de la cultura de entonces tenía que ver con la cantidad de cosas que había que cambiar. Ahora hay menos, aunque haya que mejorar mucho.

¿Se ve trabajando para Almodóvar?

¡Ojalá!

Cuando vi Dolor y gloria pensé que cabía usted.

¡Yo pensé lo mismo! Eso nos pasa a los actores, que nos encantaría estar en muchos trabajos estupendos… Me encantaría estar con Almodóvar, y con Amenábar, y con muchos grandes directores.

¿Qué es para usted un actor influyente en la sociedad?

Un actor que tenga credibilidad y sea respetado.

¿Qué es para usted un cine que nos haga a todos mejores personas? 

Un cine que aporte reflexión y mecanismos para ayudarte en tus cambios de conducta.

RODAJE DE LA SERIE EL PRINCIPE EN GRANADA FOTO: ALFREDO AGUILAR

EN PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO

• La película que más le ha cambiado:

El Padrino.

• El papel en el que ha estado más incómodo:

Adoro todos mis personajes.

• El director con el que mejor se entiende:

Enrique Urbizu.

• El colega con el que funciona como un reloj:

Álex González.

• La actriz que mejor ha mirado siempre:

Victoria Abril.

• El fracaso que nunca esperó:

La vida mancha, de Enrique Urbizu, no fue un fracaso, pero no fue reconocida como se debía. Para mí es una joya.

• El éxito que llegó de improviso:

No habrá paz para los malvados. Sabía que estábamos haciendo algo digno, pero no pensé que íbamos a convertirnos en un tsunami.

• El momento en el que pensó dejar el cine:

¡Nunca!

• La película en la que más le hubiera gustado estar:

El Padrino.

• El reto cinematográfico con el que sueña:

He aprendido a enamorarme de lo tangible, todo lo demás son quimeras que florecen, y se mueren. El reto de mis sueños es lo que está firmado.

• La idea de su juventud que ahora está en sus antípodas:

Soy bastante fiel a mis principios.

• La persona que más le ha querido en su vida:

Supongo que mi madre…

• La persona a la que más ha querido en su vida:

A mis hijos.

• Lo que rebobinaría si fuera posible:

Sé que he hecho cosas mal, evidentemente, pero no las voy a contar la sociedad… Pero, en general, me encuentro bastante a gusto con mi vida. De todo he aprendido. Tengo la virtud de ser muy pragmático y poner las cosas a mi favor para sacarles partido.

• Lo que ha disfrutado tanto que pondría siempre a cámara lenta:

El teatro.

UN TRAVELLING DE 32 AÑOS LUZ

José Coronado pisó por primera vez la interpretación con 30 años. Llamó a la puerta de Cristina Rota, y a los dos años estaba ya sobre las tablas con El público y detrás de las cámaras, con Waka-Waka. Desde entonces, 70 papeles entre cine y televisión -54 películas 17 series – y 10 obras de teatro sobre sus espaldas. De momento.

Entre sus trabajos más aplaudidos por la crítica destacan No habrá paz para los malvados (2011); Goya, en Goya en Burdeos (1999); Rafael Mazas en La caja 507 (2002), y Jaime Jiménez y su bata blanca manchada de sangre en Tu hijo (2008). Fue mejor actor en televisión ya en 1998 siendo Luis Sanz en Periodistas y también se reconoció ampliamente sus papeles en Brigada Central (1990) o en El cuerpo (2012). Asimismo, su interpretación en Contratiempo (2017) levantó pasiones en torno a un actor que ha sido Don Juan, cura, salvador del mundo, matón, emperador, poli bueno, poli malo, gay, machote, padre a toda costa, e incluso rey mago.

Ahora está en nuestras pantallas itinerantes con Vivir sin permiso convirtiendo a Nemo Bandeira en un personaje icónico. Como hizo con Santos Trinidad, con Ricardo Palacios, con Tomás Garrido o con Joaquín de la Torre.

32 años con metraje de sobra y con metralla por explotar. Esa es la cuestión. La madurez con dientes apretados, puños sobre la mesa e historias interiores complejas tienen su nombre sobre el guion para muchos directores. Coronado de papeles de lujo. Cada vez más.

La revolución de los retratistas ‘housesofcards’

Los fotógrafos institucionales que más influyen en España dan la cara

Reportaje publicado en la revista Influencers enero-febrero 2020

La fotografía de calidad, humana, fresca, coherente, con relato y con épica urbana, ha dado un golpe de estado en la política española. Aprovechando la nueva generación de dirigentes, el poder de las series, la influencia de Instagram, y el ejemplo de la comunicación institucional americana, los departamentos de Comunicación de los partidos empiezan a dar realce y libertad a sus fotógrafos para que ilustren sus historias políticas en el lenguaje del siglo XXI. Las fuerzas políticas comienzan a entender que esmerarse en la imagen es tan importante como pulir un discurso, una necesidad que todavía no vislumbran ni la Casa Real, ni Moncloa.

Álvaro Sánchez León | @asanleo

Dice el tópico que una imagen vale más que mil palabras. Y, sin embargo, los responsables de Comunicación de las instituciones públicas y los partidos políticos llevan muchos años perfilando titulares, mimando los textos de sus notas de prensa, y colocando muy en segundo plano a sus fotógrafos. En plena era audiovisual, muchos, todavía, no se han enterado. Otros, cada vez más, surfean la nueva ola impulsada por las redes sociales y el tsunami icónico de las series de televisión y ya se han convertido en exponentes de cómo conseguir que el poder de la imagen sea importante en la construcción de un líder político.

En la cresta de esa onda está Pete Souza, fotógrafo de Reagan y de Obama. A él le siguen exponentes extranjeros como Soazig de la Moissonniere -retratista de Enmanuel Macron-, Adam Scotti –fotógrafo de Justin Trudeau-, Marcelo Segura -disparador gráfico de Sebastián Piñera– o Tolani Alli, fotógrafa personal del vicepresidente de Nigeria; y españoles que empujan con prestigio, como Pedro Ruiz, Dani Gago, José Antonio Ramos, Ramón González Araújo, Moeh Atitar o Luis Gaspar.

Aunque todavía hay instituciones y partidos políticos que usan fotos novatas hechas con móviles para su comunicación pública, descuadradas y del montón, los aires de transición irrumpen en la fotografía institucional española de la mano de fotógrafos independientes y de los partidos políticos. Suena casi a golpe de estado, porque la inercia es publicar fotografías grises, predominantemente informativas, y poco más. La revolución de los housesofcards ve tantas palabras detrás de una fotografía que sus militantes con objetivos beben de la estética cinematográfica para convertir en planos de historia los momentos políticos ordinarios. Desde luego, en el siglo de Instagram, esta batalla era ineludible.

Hemos hablado con algunos de los cabecillas españoles de este movimiento vanguardista contra las estampas sin alma de los organismos oficiales. Son pacíficos, pero están muy cerca de conquistar un panorama lleno de tópicos arriesgando con arte para que el gris de la política no infecte más al fotoperiodismo contemporáneo, ni el desencanto global con la actividad pública.

Pedro Ruiz: la mirilla sobre Albert Rivera

Uno de los fotógrafos de cámara más laureado por sus colegas es Pedro Ruiz, responsable de la comunicación gráfica de Ciudadanos. Aterrizó en el partido naranja por casualidad y ha sido el fotógrafo personal de Albert Rivera desde 2016 hasta el día de su dimisión. Desde entonces sigue los pasos de Inés Arrimadas. Ruiz procede del mundo audiovisual, pero se ha hecho fotógrafo de prestigio muy pronto.

El objeto de su objetivo es convertir cada instante en un fragmento de historia, revelar el lado humano que late siempre dentro de un político, exponer la cercanía de un líder. Gracias a la confianza cosechada cerca de Rivera, ha podido estar muy pegado al ex presidente de Ciudadanos y eso ha empoderado su cámara hasta convertir su trabajo en la envidia de muchos fotógrafos políticos, censurados desde dentro por el miedo a la imagen de muchos candidatos ajenos a su tiempo. El resultado es evidente: de esa conexión entre político y fotógrafo resulta buena parte del éxito de la construcción de este relato audiovisual creíble. Aunque en el caso de Rivera los resultados electorales truncaron su carrera, al echar un vistazo al perfil de Instagram de Pedro Ruiz (@pedroruiz_csphoto) se observa a la primera cómo es un político que quiere ser presidente sin despegarse de los ciudadanos.

Dani Gago: un objetivo para Pablo Iglesias

Desde 2015, Dani Gago trabaja para Podemos con la experiencia de haber pasado por las redacciones de Diario 16 y EFE. La complicidad absoluta entre él y Pablo Iglesias han logrado un trabajo uniforme en la comunicación gráfica institucional de la formación morada, siendo parte importante de la imagen pública y social del líder de Podemos. “En Podemos me he encontrado mucha libertad y un reconocimiento a nuestro trabajo que no he visto en muchos otros sitios”. Parece que el poder de la imagen lo han descubierto los nuevos políticos. Seguramente hay ejemplos precedentes que demuestran que no, que siempre ha habido buenos fotoperiodistas en el gremio. Lo que está claro es que no han conseguido establecer una tendencia, algo que sí están cosechando ya estos primeros espadas, gracias, también, al efecto viral de las redes sociales.

José Antonio Ramos: versatilidad y liderazgo

Detrás del perfil @santanadeyepes de Instagram opera José Antonio Ramos, actual responsable de fotografía de la Junta de Andalucía, al borde, siempre, de la agenda institucional de Juan Manuel Moreno Bonilla. Sin haber hecho nunca fotografía política, aterrizó en la campaña electoral andaluza de 2014. Su mundo era más bien el espectáculo, pero terminó subido en las tarimas de Moncloa. Mientras Moreno Bonilla se preparaba, sin sospecharlo, para ser el primer presidente no socialista del gobierno andaluz, Ramos fue fichado por Mariano Rajoy en 2015. El fotógrafo malagueño imprimió otro tono a la comunicación gráfica en Moncloa, aunque las cosas de palacio van muy despacio y casi todos los políticos y sus asesores prefieren no innovar demasiado, por si acaso. Hay retratos suyos de Rajoy que mejoran, incluso, el perfil humano de su entrevista con Bertín Osborne en Mi casa es la tuya. Y es un solo plano, y sin músicas de fondo.

Ramos fue también el fotógrafo de Soraya Sáenz de Santamaría durante las primarias del Partido Popular tras la marcha de Rajoy. Su experiencia es que “el trato cercano entre dirigente político y fotógrafo es esencial para la fotografía política institucional”. Aunque es consciente de que en este género fotográfico prima la información, apuesta por un toque en cada estampa que no envejezca a sus protagonistas. Admite un cierto miedo a hacer cosas nuevas en este ámbito, “porque, con el ruido de las redes sociales, es muy fácil malinterpretar una fotografía y convertirla en un meme”.

Ragonar: otro enfoque en el hemiciclo

Ramón González Araújo, más conocido como Ragonar, trabaja en el Congreso de los Diputados para el partido de Pablo Casado. Entre otras cosas, ha sido el fotógrafo de los diferentes portavoces del Grupo Parlamentario Popular en la Cámara Baja –Rafael Hernando, Dolors Montserrat y, ahora, Cayetana Álvarez de Toledo-, y cubre también las campañas electorales del PP y otros actos del partido. Precisamente, Pedro Ruiz y José Antonio Ramos tienen un hueco especial entre sus referencias fotográficas para cumplir la misión de retratar la política azul en el epicentro del Congreso, desde donde llegan fotos muy similares cada día y desde, sin embargo, él está sabiendo mostrar enfoques novedosos, imprimiendo sobre el registro informativo un plus de nombres y apellidos personales bajo el rótulo de los políticos que más se exponen a su objetivo.

Disparos puntuales en el blanco

Luis Gaspar es un reconocido fotógrafo con una obra predominantemente artística, pero con algún que otro roce con la política. En concreto, él fue el que unió a Íñigo Errejón y a Manuela Carmena para quererse en blanco y negro desde el cartel electoral de Más Madrid de las elecciones de abril de 2019. Una imagen que fue un éxito, porque es natural, porque es real, y porque se nota que el fotógrafo está a solas con los candidatos, “algo que es importante para nuestro trabajo. Si fluye la conexión entre retratados y fotógrafo, gana la comunicación. Si hay equipos de revisores y extras del gabinete revoloteando en torno a la sesión de fotos, se nota”. Comparte la idea de que “el fotógrafo siempre ha sido el último mono en el mundo de la comunicación institucional, incluso en la publicidad. Dar el peso que se le debe a la fotografía no es una cuestión de dinero, sino de saber que la imagen importa mucho más de lo que han querido creer los expertos en comunicación política”.

Moeh Atitar ha trabajado para El País y para El Español, entre otros medios. Lidera una corriente de retratos con alma que le tiene, desde hace tiempo, de acá para allá posando el objetivo de su cámara en muchos rincones de la España. En 2014 fue el fotógrafo de la campaña de Eduardo Madina en aquellas primarias del PSOE de las que salió elegido Pedro Sánchez. En la galería de aquellas imágenes se muestra a un candidato más allá del estilo oficial: en bares, en el backstage, entre la gente real.

Atitar reivindica un trabajo fotográfico que trascienda la pura información del momento, porque entiende que parte de su tarea es “documentar, con coherencia, la historia de un político, de un candidato, de una etapa determinada de un partido. No tiene sentido que un partido político o una institución no invierta en fotógrafos y en editores gráficos. Igual que no tiene ningún sentido que haya medios de comunicación sin fotógrafos ni editores gráficos en plantilla, como sucede en todos los nuevos digitales”.

LAS CORRIENTES QUE LLEGAN DE FUERA

Manu Brabo es un fotoperiodista español que ejerce de freelance en lugares de conflicto como Haití, Bolivia, o Kosovo. Desde 2011 no ha dejado de ganar premios internacionales de fotografía, como el Pulitzer en la categoría de Breaking News Photography que obtuvo en 2013. Con el reconocimiento general por su trabajo y mucho conocimiento de causa, señala que “en España todavía se entiende la fotografía como mero registro de lo que sucede y no como un mensaje que se potencia con la excelencia estética”. Precisamente en ese escalón levanta el pie la revolución de los housesofcards. Y precisamente en esa avanzadilla han destacado ya algunos fotoperiodistas en el resto del mundo que están en la recámara de referencia de los fotógrafos españoles. Ellos ya lo han conseguido.

Pete Souza: el pionero

Cuando se habla de fotografía institucional de calidad, todos los teleobjetivos miran a Estados Unidos. Allí destaca como una estrella de Hollywood Pete Souza, jefe de fotografía de la Casa Blanca entre 1983 y 1989 durante el segundo mandato de Ronald Reagan. Después fue fotoperiodista del Chicago Tribune y siguió de cerca la carrera de un senador que apuntaba maneras llamado Barak Obama. Cuando el primer presidente negro de Estados Unidos llegó a la cumbre, Souza volvió a liderar su equipo de fotografía convirtiendo a Obama en un icono político universal. Con él hemos visto al presidente de los Estados Unidos casi en directo, porque nos enseñó con transparencia cada paso, cada visita, cada acto. Su cámara convirtió a Obama en un líder humano sonriente, como avala el relato histórico de sus miles de fotografías que quedarán para la posteridad.

Soazig de la Moissonnière: la dama europea

Para los fotógrafos españoles, el trabajo de Soazig de la Moissonnière, retratista oficial de Enmanuel Macron, es el Olimpo. Un presidente con la corbata floja, entre los miembros de su equipo, de espaldas, de frente, mirando por la ventana, abrazando a una abuela, sonriendo a un niño. Soazig está consiguiendo enfocar a Macron como un líder mundial de carne y hueso, trabajador y cercano, con horas de asfalto y con un punto de glamur. Todo ello, con una visión estética muy contemporánea. La dama de la fotografía política europea domina el blanco y negro y comunica mucha política y mucha ciudadanía en cada una de sus instantáneas con las que ilustra sus perfiles en Twitter e Instagram.  

Adam Scotti: la sombra de Trudeau

Justin Trudeau acaba de revalidar su mandato como primer ministro de Canadá. Parte de esa victoria se la debe a Adam Scotti, su fotógrafo oficial desde hace cinco años. Con sus imágenes, busca “contar una historia, el estado de ánimo, el desarrollo de los acontecimientos”. Scotti convierte a la opinión pública en espectadora en primera fila de la vida política del líder canadiense. Su talento, de alguna forma, le viene de sangre: su padre fue el fotógrafo del primer ministro Mulroney, allí en Canadá, en la década de 1980. “Crecí mirando sus imágenes y las de sus amigos”. El alma es la misma, pero en sus estampas vitales hay un 3.0 que convierte la trayectoria de Trudeau en algo más de andar por casa, y a la vez, más de transitar los despachos de poder de la historia actual.

Más allá de Occidente

Marcelo Segura es otro referente de la fotografía institucional. Después de 13 años publicando reportajes y retratos en la prensa chilena, el pasado marzo de 2018 Sebastián Piñera le echó el guante.  En su opinión, “la fotografía es sumamente importante para transmitir correctamente en política. Además, las redes sociales cada vez se fortalecen más como plataforma de discurso político, y ahí la imagen tiene un poder indiscutible”. Su objetivo en el trabajo es “buscar el lado más íntimo del presidente para acercarlo a las personas”.

Tolani Alli es la fotógrafa de cabecera del Gobierno de Nigeria. Con un impacto particular por un mundo, a veces, ajeno a Instagram, su trabajo se centra en “contar la historia desde los momentos ocultos a la mayoría, desde las instantáneas sinceras, con un afán por reflejar cómo se unen las cosas y los momentos históricos que están destinados a suceder. Crear una imagen que capture recuerdos intemporales para el futuro es y será siempre mi objetivo”.

El desenfoque de Casa Real y Moncloa

Todos los fotógrafos españoles consultados coinciden en que la Casa Real y Moncloa están fuera de tiempo y de lugar en su comunicación gráfica. Así como los partidos avanzan en sintonía con el siglo de la imagen, las instituciones más importantes del país han abandonado la fotografía en el diván de los elementos secundarios. Hablamos, por ejemplo, de esa Casa Real que no hace mucho contaba con Goya o con Velázquez para retratar a sus miembros, y que ahora difunde imágenes amateurs para contar su día a día.

Dice Atitar: “Con lo fácil que sería hacer fotos buenas a unos Reyes atractivos, jóvenes y modernos, y, sin embargo, nos llegan desde Zarzuela fotografías estéticamente nulas y mal hechas, descuadradas, con pésima iluminación. ¡La monarquía es imagen! He visto fotografías en la web de la Casa Real en las que se le corta la frente al Rey. Las imágenes oficiales de la abdicación de Juan Carlos I fueron pésimas. A veces parece que la comunicación gráfica la lleva el mayor de los republicanos. Forma parte del respeto a la institución ofrecer fotografías de calidad, o, al menos, que no estén torcidas… No hay más que mirar el ejemplo de las imágenes de la Casa Real Británica, que ofrece siempre auténticos fotones. La Casa Real debería tener en nómina a un fotógrafo, o a un equipo de fotógrafos, y a un editor gráfico. ¡Es básico! La Corona no se merece las chapuzas que vemos, que son pura desidia y dejadez”.

Luis Galán es igual de contundente: “Las fotografías de la Casa Real son la mayor jugada del independentismo. Hacen daño a la monarquía. Tenemos unos reyes que darían mucho juego para una imagen de calidad”. Ragonar coincide en parte de esta sentencia: “Las fotografías de la Casa Real son demasiado institucionales. Por lo general, son poco artísticas y personales”.

Según Dani Gago, “esta realidad no es por culpa de los fotógrafos de allí, a los que no dejan hacer su trabajo como deberían”. En eso discurre igual Pedro Ruiz, que añade que “no se trata ahora de que la Casa Real fuerce la máquina, pero sí de que muestre algo de cariño y humanidad en sus imágenes oficiales”.

Atitar considera que, efectivamente, la transición hacia una fotografía de nuestra era debe ir “de forma gradual, como hacen los que saben de comunicación. Ser una institución conservadora no es sinónimo de seriedad, ni de caspa. No se trata de entrar hasta la vida privada de la Familia Real, es, simplemente, que la Corona debe poder permitirse contratar a un Goya también en el siglo XXI”.

Estas críticas llueven también sobre el trabajo fotográfico actual de Moncloa.  Manu Brabo cree “ni en Moncloa cuentan con alguien con cultura fotográfica, ni el fotógrafo, que tiene un puestazo institucional, va a arriesgar pudiendo ganarse la plata sin darle vueltas al coco ni exigirse a sí mismo. Es la misma cantinela de siempre: gente que no quiere o no sabe hacerlo bien y clientes que no tienen cultura fotográfica y no saben lo que se puede obtener con una buena imagen”. Porque, según Ragonar, “las fotografías de Moncloa deberían cuidar más la temperatura de color y no hacer fotos en automático en el balance de blancos, porque se nota demasiado y perjudica drásticamente en el resultado final. También mejoraría algunos encuadres”. Moeh Atitar “esperaba que con Pedro Sánchez cambiara el papel de la fotografía institucional en Moncloa, que fue correcto con Rajoy sin ser fotogénico. Pero no. La cantidad de fotos llenas de malos gestos indican que, en esta etapa, en Presidencia del Gobierno existe una nula sensibilidad en torno al poder comunicativo de la fotografía”.