Con tinta. Sin sangre.

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Foto: Carlos Alvarez (Getty Images)

He seguido casi en directo la conformación del nuevo Gobierno. Y he seguido en las mismas el auge, el riesgo, la caída y el pisoteo a Màxim Huerta.

He pensando.

¿Es compatible hacer periodismo y contar las verdades sin desear el mal para nadie, sin promover dimisiones con euforia eurovisiva, sin babear mientras se denigra la dignidad de una persona?

¿Es necesario pisar con alevosía la fama de una persona que ya tiene suficiente con haber sido el ministro más breve de la democracia?

¿Qué tipo de periodismo beligerante estamos encarnando?¿Qué tipo de cuarto poder sin alma estamos aplaudiendo? ¿Es tan difícil contar las cosas y que el Judicial y el Ejecutivo determinen después sus conclusiones? ¿Es tan difícil contar las cosas con tinta, sin sangre?

Me cuesta entender este afán creciente en las casas de los medios de comunicación y en las redes sociales de disfrutar merendándose con los colmillos afilados las desgracias ajenas como disfrutando de las muertes en directo, una atracción macabra que me da miedo. Y asco.

El ocaso de Huerta ofrece una pila de consideraciones así de grande.

Por ejemplo: Hay un antes y un después de Màxim en el ámbito de las reprensiones morales/moralistas de los presentadores estrellas y los periodistas de relumbrón. Muchas cuestiones que se exigen desde los medios a políticos/empresarios/obispos/líderes sociales deben vivirse con ejemplaridad antes en las redacciones. No se puede reivindicar lo que no es ADN propio. El telepredicador ahora está más muerto. Periodistas que hundís a personas por sus comportamientos: miraros en el espejo sin hipocresía antes de poneros delante del teleprompter.

No se trata de contemplar el mal y mirar para otro lado. Se trata de contar las noticias con palabras, sin budú. Se trata de hacer periodismo, sin necesitar de ejecutar en público a personas caídas en desgracia. Como si reventar los nombres propios fuera un juego de niños… El bullyng periodístico ya es un género consolidado. Y precisamente evitar ese fanatismo textual es una de las garantías que deberían diferenciar a los medios de las locas redes sociales llenas de anonimato, bilis y cachondeo, a veces, inhumano e imprudente.

Pienso, sinceramente, que Huerta no era el ministro de Cultura más sano para España. Confío en que lo sea Guirao. En cualquier caso, del tema Huerta yo saco mis conclusiones periodísticas propias. Porque, sí, hablemos claro, a veces somos jauría. A veces. Algunas veces. Más de cuatro veces. Y las jaurías son valientes en grupo, quizás porque a solas esconden sus incoherencias entre ladridos pancarteros. Si las personas te caen mal, no seas periodista. Deja de hundir con tu estómago nuestra profesión.

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