No he tenido más remedio que pasar una noche en un hospital. De momento. Yo, por mi madre, mato.
La vida en un hospital entiendo que haya dado para muchas series de éxito. Es una vida paralela llena de tensión, emoción, humanidad, miedos, alegrías, esperanzas, vidas, muertes… Digamos que esa sería la parte grandilocuente. Después, estarían los carteles pegados con celo sobre las paredes verdes grisáceas, los manchurrones de equis inscrustados al suelo, los botes de suero, los carritos con comida de horfanato, y toda esa parte menos épica, pero igual de realista.
Entre esos pasillos llenos de personas con caras de sueño e incertidumbres, hay grandes profesionales. La cirujana, por ejemplo, preparada, rápida, segura, amable, clarita. El anestesista, cómplice de la familia, animante, estimulante. Con las enfermeras tengo adjetivos diferentes: de muy muy buenos, a muy muy malos, como en la paleta del Pantone. Luego explico. Pero me permito dedicarle una línea de mi vida a Bella, la enfermera de la sala de despertar. La delicadeza en pijama verde y zapatillas cracks naranjas fluorescentes. Una mujer atenta, servicial, sonriente, estimulante, enfocando sólo, en este caso, a la paciente.
La noche en un hospital no es nada interesante. Sillón de dentista remasterizado de scay azul. pegadito, envuelto en sábana blanca tiesa del Servicio Andaluz de Salud. Luces a deshora. Sueros a horas inoportunas, las que demanda la salud. Pasillos. Sed. Agua. Calor. Más calor que alicatando una pirámide en Egipto.
Métete en mi piel. Habitación doble con dos pacientes y dos familiares. Cuatro en unos 12 metros cuadrados. Sin confirmar. Soy de letras. Cortinilla delicada y casi transparente se disfraza de murete de pladur. Falso. Muy falso. Y al baño, paraíso de las cuñas desabridas, ni entro.
Las enfermeras de ese turno de noche tendrán un post, aunque no quieran. No fueron ni buenas profesionales, ni buenas personas. Seguramente fue un mal día. Y a pesar de que defiendo esa profesión con todas las fuerzas de mis teclas, quiero que esa profesión sepa que las familias de los pacientes temen a las enfermeras nocturnas. Antes de que caiga el sol, se preguntan: «¿Crees que tendremos suerte con las enfermeras esta noche?». Suerte. Probabilidad. Mal.
La eterna promesa de las habitaciones individuales en los hospitales andaluces de Chaves, Griñán y Susana, en fin. Ya, a estas alturas, ni post. Pero déjenme que les cuente una crueldad sin ánimo de lucro: de todas las habitaciones del ala impar de la planta 7 de Cirugía de Tórax del Virgen del Rocío -olé, olé, olé- sólo una era individual. Son cosas que se ven de madrugada con asombrosa subjetividad: una individual sólo para Alfredo. O los Alfredos. Hijo… y padre, cercano, a pie de cama en esa noche de insomnio natural… La individual prefabricada al caso era para él: el anterior alcalde de la ciudad de los naranjos…
Sí. He visto a Sánchez Monteseirín en calcetines y con los pies en alto, pegaditos al scay azul.
El post para dar las gracias también lo estoy cocinando. Pero esto me lo pedía el cuerpo. El otro, me saldrá del alma…

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