Si me matan en una tragedia

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Antes de morir puedes pautar tu atención con el testamento vital, o documento de voluntades anticipadas, o de instrucciones previas, o como a usted le guste titular el “yo dispongo” de sus últimos capítulos antes de que se baje el telón.
Yo quiero un documento así disponible en las web de las asociaciones de la prensa para que cada ciudadano (normalito o superfamoso) pueda decidir cómo quiere que cuenten su muerte, porque esa es la pauta con la que se recordado.

No me digáis que no os indignan los detalles escabrosos innecesarios que los medios tienen como necesidad de mear sobre los periódicos, las radios, las teles, twitter, Facebook, y todo el maremágnum digital que estalla contra el derecho a la intimidad, especialmente cuando sucede una tragedia.

Está bien homenajear. Dolerse. Sumarse. Je suis. Pray. Pero la responsabilidad de los medios es contar lo que ha pasado, por qué ha pasado, y quiénes son los irracionales que están detrás de una masacre. Su trabajo no es contar cómo fue mi última foto, si he muerto abrazado a mi novia, o si me dejaba el bigote largo porque estamos en movember.

Yo, dispongo:

1. Que antes de llamar a mi madre para decirle que he muerto en un atentado/tragedia/accidente se confirme de verdad que he picado billete definitivamente.

2. Que no se publique ninguna fotografía personal sin el conocimiento de mi familia. Usar una imagen de mi cuenta de Twitter o de mi Facebook, o una que navegue por los mundos de Google, aunque no sean fotos profesionales, tienen sus derechos de autor. Y no quiero que cualquier periodista tome una fotografía prestada y haga con ella lo que le dé la gana.

3. Que no se indague en mi Facebook o Twitter con la intención de describir quién era, qué hacía, a dónde iba. Llevo 36 años haciéndome esas preguntas como para que cualquier periodista cargado de trabajo me resume mi esfuerzo en un apoyo de cinco líneas, así, rápido…

4. Traten siempre sobre mi muerte pensando en cómo lo haría mi madre. Mi santa madre.

5. No habrá nunca una cámara en la puerta de mi casa. Haya sucedido lo que haya sucedido. Si no soy yo quien convoque –que no seré, porque estaré en otro plano-, no acuda usted a donde nadie le ha llamado.

6. No quiero monumentos que después se conviertan en homenajes patéticos. Prefiero la discreción.

7. No me importa que digan que “el finado incluyó en su testamento vital 2.0 el deseo expreso de que las personas que lamentaran su muerte rezaran por él”.

8. Tengan piedad de mí si encuentran mierda en mi pasado. De los muertos, o cosas buenas, o silencio cómplice.

9. Que no cundan los ataques de histerismos. En este mundo morimos todos. Más tarde o más temprano. Menos sentimentalismo de reality show, y más no perder ni un minuto en trincar a los malos.

10. Déjenme descansar en paz, y les seguiré leyendo esté donde esté. Se lo prometo.

Que conste que soy muy consciente de que hay periodistas que están haciendo un trabajo brutal en estos días. Son colegas que admiro profundamente, porque son ejemplares y modélicos. Pero en el mundo de las televisiones que mantienen Tu Cara Me Suena cuando están muriendo en directo y a granel en París, estos compañeros son la excepción que confirma la regla…

Morir así no es cubrir Eurovisión.

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