Cuando éramos agradecidos

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España, el país de la paella de descalificaciones gratuitas y poco constructivas que sólo sirven para que los que lo intentan, o tiren la toalla, o sigan en solitario su camino.

La 30 Gala de los Goya tuvo muchas cosas positivas, y algunas negativas que los medios arrastran hasta empozoñarlo todo. En cualquier caso, se ve que avanzamos en calidad y retrocedemos en vulgaridad, y a mí, eso, en todo lo que tiene que ver con nuestra cultura, me parece un paso de gigante.

Dani Rovira ha dicho que después de lo que ha oído desde el sábado, hubiera sido mejor no haber liderado la gala. No estoy de acuerdo. Dani le da un toque natural y simpático a la celebración muy difícil de imitar. El número de arranque fue bueno, y sus intervenciones a pie de candidatos fueron, por lo general, acertadas y cercanas.

Debo decirle, en todo caso, que como él mismo sabe, un par de canutazos sociales entran bien, pero no más, porque enseguida aparece la serpiente de la política de partes, la ideología se revuelve y empezamos a pelearnos más de la cuenta. Creo que al momento ministro le sobraron vatios y que el olvido de Cifuentes quedó raro. Y ya.

A la gala le sobró el comentario de Botto y el tuit de Pablo Iglesias. Le sobraron los tambores de Calanda y le faltó un algo de Pablo Alborán. Y le sobró metraje, como es habitual, pero ajustarlo sólo se consigue eliminando actuaciones intermedias, porque el resto dura lo que dura.

No me parece mal que se corten los agradecimientos eternos. Que los premiados sepan que tienen un tiempo. Entiendo a Darín, pero él no organiza el timing de la gala y, claramente, algo había que hacer.

Me quedo con lo mejor de Rovira, con el discurso de Herrán, con Daniel Guzmán, con los premios certeros, con el aire de fiesta, con el realismo de Cáritas… Obviemos hablar de los golfos de RTVE, porque eso enturbió bastante mi percepción de la gala.

En cualquier caso, la gala de los 30 años de los Goya fue un espectáculo digno. Con los errores humanos entendibles de un directo diseñado por personas. A pesar de la presión de las redes, propongo a la Academia de Cine seguir aprendiendo y seguir mejorando. Aunque el sensacionalismo diga lo contrario, no creo que haya motivos para tirar la toalla. Ni mucho menos.

Es lo que tiene haber crecido. Que nos olvidamos de cuando éramos cutres y horteras…

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