Abuela nuestra, que estás en el cielo…

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Esta no es mi abuela. Ni mucho menos. Pero es una metáfora completa…

Historias de fútbol son las que guarda mi abuela en su tumba, que la pobre se tragaba deporte en estéreo cada santo domingo de cada santo mes del año, porque mi abuelo era de ver fútbol en serie hasta en los agostos de tercera división.

Mi abuela se llamaba Fantina. No tiene gracia. Y era una mujer muy suya, a la vez mandona y cariñosa, que se fue enterneciendo con la edad.

Mi abuelo se llamaba José. Sumaba y restaba dineros como los más listos del Cifras y Letras. Tomaba café en el José Luis de la Plaza de Cuba cada mañana de sus 94 primaveras. Y veía y escuchaba el fútbol a la vez, y gritaba, y cuando iba a las gradas del Benito Villamarín, las liaba parda con su genio y figura. “¡Árbitro, eso no es así! ¡Vete a tu casa, home ya!”. Sin más. Porque mi abuelo no era de tacos gruesos escupidos con vuvuzela. Mi abuelo Pepe, que en paz descanse, era un hombre con fuerza, pero pacífico. Era militar. Y también fue docente. Y cultivaba uvas y naranjas como si Noé estuviera a punto de desaparecer para siempre de la tierra.

Total. Mi abuela era mi musa cada domingo por la tarde, porque era capaz de trabajar su casa y hacer sus cosas sin rechistarle a Pepe que viera un partido en directo y escuchara todos los carruseles deportivos en línea, y leyera las crónicas del deporte, y lo hiciera todo a la vez sin moverse del sillón tatuado de encajes.

Mi abuelo era futbolero de todos los equipos. Disfrutó con Di Stéfano, y con Luis Suárez (el otro), y con Emilio Butragueño, y con Jusé –sic- Guardiola, y con Íker Casillas, y con Sergio Busquets, que fueron los balones de oro y los Bravo que le pillaron en su época. Pero vamos, que mi abuelo no era de glamoures, y seguía también a Rincón, a Gordillo, a Merino 1 y a Merino 2, a Finidiyorks (sic), a Denilson, a Joaquín…, porque el Betis era el equipo que más cerca le pillaba de casa. Y del que se hablaba en las tabernas de sus amores.

Mi abuela pasaba por aquí y por allá, con maña excelsa para no estorbar por delante de la tele. ¡José, los pies! Y José bajaba los pies del sofá y subía el volumen de la radio para meterse hasta el fondo del fútbol en tres dimensiones.

Y así, la Liga, las no ligas, los trofeos Carranza, la EUFA, la Eurocopa, la Supercopa, y los partidos de las olimpiadas, y hasta el fútbol-sala que asomaba, tímido, en la programación dominical cuando no quedaba un fútbol once con cabeza.

Escribo esto como anexo a la propuesta de Canonización de mi abuela. La pobre. Que se sabía, al final, por amor, hasta las alineaciones del Extremadura. Y eso que ella era del Écija.

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