Las princesas Disney quieren ser como el ‘Sinsajo’

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Ana Vicens Poveda, autora de la tesis.

Sin vida propia, pero buenas y guapas. Así son las princesas Disney. Desde Blancanieves -yacente, llorona y limpiadora-, hasta Elsa (Frozen), con poder y fuerza física, pero vista con recelo. En esa gama de estereotipos se mueve el icono de mujer que se tragan los niños del mundo con el consentimiento de sus padres, que ven el castillo de Walt Disney en sus pantallas y se quedan tranquilos.

Ana Vicens acaba de presentar en la Universidad Complutense una tesis sobre los corsés sexistas de las princesas Disney. Sin distraerse en los encantos de la nostálgica animación, la joven madrileña ha analizado tres películas fetiche de la marca: Blancanieves (1937), La Sirenita (1989) y Frozen (2013). Y sus conclusiones son rotundas: «Estas películas son arte y hay que verlas, pero sin una explicación pueden ser peligrosas para la educación de los niños. Los estereotipos femeninos negativos están por todas partes. El avance de la igualdad no puede sucumbir antes los encantos de la magia, las músicas celestiales y la potencia del merchandising de Disney».

El estudio de Vicens subraya el empeño de Disney por dar vida a personajes lejanos a la mujer real: «Chicas dulces que esperan a su príncipe azul, jóvenes maltratadas por otras mujeres, adolescentes sexualizadas que venden su voz -su discurso, sus ideas, sus opiniones- a cambio del amor verdadero, y jóvenes que se casan después de hablar con su marido cuatro palabras insulsas».

«En las películas de animación cada plano sale de la nada. Todo quiere decir algo. ¿Por qué no hay mujeres con amigas entre estos clásicos? ¿Por qué los diálogos femeninos son tan escasos? En La bella durmiente, por ejemplo, la protagonista es la que menos habla en toda la cinta… Y después están las más malas de cada película, que siempre son mujeres que odian a otras mujeres… En el cine aceptamos escenas machistas que no consentiríamos en la vida real porque nos hemos tragado mucho Disney».

Vicens observa que las protagonistas de Disney progresan hacia el siglo XXI con objeciones. Entre las últimas, Mulan Moana (Vaiana, en España) «son fuertes, libres, no dependen de un hombre, pero son personajes exóticos y lejanos para los espectadores occidentales. Parecen mujeres demasiado antiguas para estar a nuestro alcance».

Esta tesis saca las garras contra el interés de Disney por masculinizar cada cuento que toca. Critica, por ejemplo, que La reina de las nieves, de Andersen, «haya perdido ocho personajes femeninos hasta convertirse en Frozen», y que La Sirenita se deje en el camino referencias clave del texto original, como la abuela que lidera el mundo de los sirenos.

Destaca que casi todos los cuentos de los Hermanos Grimm están protagonizados por mujeres, «pero han sido refundados por Disney para que los hombres lleven la voz cantante, muestren su fortaleza y su poder, y tengan más peso en los discursos». Subraya el caso de Moana, «una jefa de la tribu fuerte y capaz. Si la enfrentáramos con el príncipe azul de Blancanieves, se lo comería vivo, pero nos la ponen junto a un semidiós de dos metros de alto por dos metros de ancho. Ellos siempre tienen que parecer más».

La autora comprende que las películas de Disney tienen un contexto histórico y social, «por eso no se puede mezclar a princesas de 1937 con protagonistas actuales en la misma cesta. El público infantil es vulnerable y no sabe diferenciar. Sin embargo, sus franquicias prefieren vender sin reparos consolidando estereotipos sexistas y cronificándolos en la historia».

¿Es malo que una niña quiera ser princesa? «No, ¿pero por qué no puede ser reina? ¿Por qué todas las reinas Disney son malas? ¿Por qué a todas las mujeres con poder mágico las asociamos con brujas mientras vemos a Gandalf como un anciano encantador?».

Vicens entiende que Emma Watson rechazara protagonizar La Cenicienta y decidiera ser la estrella más empoderada de La bella y la bestia. Y también entiende que cualquier feminista se oponga «a la hipersexualización de las niñas,que pasan de los trajes de princesas a los tops ajustados atraídas por el encanto empresarial de Disney y sus modelos de mujeres adolescentes que, en muchos casos, acaban siendo juguetes rotos por la fama y los excesos».

Sostiene Vicens que «Disney mata a las madres, que apenas aparecen en las historias. En su lugar florecen las madrastras. El ejemplo materno casi único es Helen Parr (Elastigirl), de Los Increíbles. Se trata de una superheroína que trabaja, cuida de su familia y está al mismo nivel que su marido. Pixar ahora es de Disney, pero su cine es para un público adulto que no aceptaría atropellos en temas así de serios».

¿Cómo pintaría Vicens la próxima heroína de Disney? «No reniego de los cuentos tradicionales. Ahí hay muchas posibilidades de inspiración. Un personaje conocido que refleja a las mujeres de verdad es Katniss, la líder de Los juegos del hambre. Ella sola fulmina bastantes tópicos sexistas. Ella es una mujer fuerte, con sus sombras, sus dudas, capaz. Es una persona normal a quien se le da bien la lucha, mientras que otros personajes masculinos de la película son duchos en cocina».

El futuro de los relatos Disney, según Vicens, debe centrarse en reelaborar las historias de los cuentos clásicos sin enterrar el talento femenino. Sus próximos iconos «tendrían que ser mujeres reales, con amigas, que necesitan ayuda sin parecer indefensas. Si diseñan protagonistas actuales y modernas en sus valores, yo las compro. Es más: es el momento de que surjan personajes masculinos feministas».

Ana Vicens ama Disney. Ha visto todos los clásicos de niña y ahora los ha examinado con lupa hasta convertirse en doctora. Pero está harta del imperio exclusivo de las academias de princesas, las chicas perfectitas, los maquillajes, los tules rosas y los vestidos brillantes. Hasta la coronilla del «niña tonta, guapa y delgada -cada vez más- busca príncipe azul». Sin embargo, su tesis no es keroseno sobre todo el metraje de Disney. En absoluto. Es, sencillamente, un toque de atención académico. «Es una demostración contrastada sobre la necesidad de ser críticos con nuestra infancia para que las de otros niños sean incluso mejores. Desde pequeños debemos aprender que es lógico que mujeres y hombres renunciemos a cosas por amor, pero no a costa de vender nuestra voz o vivir encerrados junto a una bestia esperando a que amaine su mal humor, por ejemplo».

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Artículo publicado el 6 de agosto de 2018 en PAPEL, de El Mundo.

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