Fito: “Todos los cantantes somos espirituales”

Una vida intensa tatuada a versos. Metáforas, paradojas, símiles y paralelismos bailan en su boca el rock and roll. Aquellos gramos de más son hoy kilos de ganas de vivir cantando. Fue Platero y Tú, y detrás de este porte de cuero negro hay un cantante, se diría, todo de algodón. Bandera blanca de paz sobre un esqueleto que nunca se rinde. Guitarrero compulsivo. Poeta con fórceps. Padre de tres y de toda una Generación Fito sin censuras de edades, credos, ideas, fronteras, dress code y códigos postales. Autorretratista, realista, impresionista y sabinero. Corazones con alas en el brazo, sonrisa profunda, cruz de plata en torno al cuello, boina crónica, perilla arraigada, gafas de coser estribillos. Ojillos transparentes, más aquarius que “del color de la cocacola”. Honesta banda sonora, en estéreo desde 1991. Un soldadito marinero huyendo consigo de sí. Acaba de parir Cada vez cadáver bajo un cielo hermético y las palabras le arden, como siempre. Por la boca vive el rey.

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Icíar Bollaín: “Los terroristas se han puesto una bomba lapa en sus propias vidas”

Foto: Patricio Sánchez-Jáuregui

Ojos despiertos. Mirada empática. Sonrisa noble. Empezó siendo actriz hace 38 primaveras, pero se pasó al otro lado de la cámara cuando descubrió que lo suyo era contar historias en pantalla gigante. Su Goya a la mejor dirección por Te doy mis ojos acaba de cumplir los 18, y ella ya era profetisa. Pone los temas sociales sobre la palestra del celuloide antes, más y mejor que los medios. Un año después de La boda de Rosa vuelve a las salas con la historia de dos tacones, un corazón en un puño, las canas del dolor, el vértigo de dos arrepentimientos y la grandeza de Maixabel Lasa, la viuda de Juan Mari Jáuregui, asesinado por ETA en el año 2000. Respeto. Silencio. Un guion para paladear la reflexión, construir sobre las ruinas y evitar que el tiempo y los relatos amarilleen nuestro drama contemporáneo. Porque en este país, hace solo unos años, vivíamos entre coches bombas, familias destrozadas, víctimas apaleadas, asesinos aplaudidos, personas valientes, piltrafas cobardes, sangre, sudor, lágrimas y bilis. Pero aquel infierno en procesión ardía, sobre todo, por dentro… 

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Óscar Camps: “Cuando alguien se juega la vida en el mar es porque no tiene vida”

Fotos: Antonio Cansino

Un socorrista sin fronteras. Un lobo de mar en mitad de un tsunami de dolor, marginación y auxilio. Un SOS hecho carne. La estampa del pequeño Aylan ahogado en una playa de indiferencia le cambió la vida en 2015. Se puso el neopreno y se lanzó al Egeo para echar una mano, hasta convertirse en el capitán de una misión que ha salvado 60.000 vidas. Al timón de Proactiva Open Arms: la esperanza de color salvavidas para quienes naufragan mientras huyen de la muerte. Empresario. Agitador de conciencias sobre proa. Martillo de los herejes de la política que solo se mojan cuando flotan los billetes. Directo. Decidido. Mediático. Polémico. Entre el altar y la mirilla. Aplaudido y perseguido. El pescador de personas abandonadas inspira Mediterráneo, una película de Marcel Barrena en la que Eduard Fernández, Dani Rovira y Anna Castillo hacen que se inunden nuestras pantallas de reflexión social sobre un drama sumergido. La cinta compite por ser la candidata española al próximo Oscar. Camps es un rompeolas y un faro. El Robin de los mares. Una boya como una olla hirviendo. Una diana con carácter. Es el alma de una épica basada en hechos dolorosamente reales.

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José Luis Garci: “La verdadera cultura trasciende las ideologías”

José Luis Garci es un torbellino de proyectos, una vitrina de éxitos vivos, un cineasta puntero y un señor que no está dispuesto a darse importancia, por mucho que usted le saque los colores de sus triunfos. Ganó el primer Oscar para el cine español con Volver a empezar en 1983 y tiene una filmoteca extensa cuajada de sabiduría humana, ojo, arte, amigos, maestría, pasión y disfrute. Pero las alfombras rojas le pillan muy lejos de su forma de ser.

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Pedro G. Cuartango: “El periodismo es un “espionaje” del poder”

Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui

Cuarenta años de periodismo de manual. Ética y bonhomía. Cultura y discreción. Columnista de ABC y columna del oficio. Ex director de El Mundo, ex fundador de El Sol, ex de El GloboCinco Días y Diario 16. Ex socialista y ex marxista. La honestidad intelectual engrasa su cintura. Silencioso e influyente. El hombre tranquilo. El Chesterton que fue animal de redacción siendo, a la vez, místico de la quietud y fan de la vida monacal. Nostálgico de agradecimiento al pasado. Presente continuo entre libros y teclas con ansias de trascendencia. Futuro gris-Monet. Tren circular constante en bucle: Miranda del Ebro-Madrid-París-Bayona. El que ni se vende ni simula acaba de dar a luz entre taquígrafos Anatomía de la traición: un pudin de espías con extractos de alegato de la lealtad. Nunca ha tenido amigos en la política. Nunca ha dejado a su gente colgando de la brocha. Nunca ha traicionado sus principios. Los amantes de la virtud admiran la coherencia de este obrero filósofo en búsqueda y captura de la verdad.

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Callos picantes para Sánchez, lengua de ternera para Casado

Foto: Patricio Sánchez-Jáuregui

Casa Manolo ha vuelto al ruedo después de un cierre de diecisiete meses por culpa de la pandemia. El centenario bar-cafetería-restaurante que ofrece churros y callos a los diputados nacionales desde 1929 ha reabierto sus puertas con todo el sabor de su historia, que es también el de la Transición. Todos los presidentes de la democracia han mordido sus croquetas. En sus mesas se ataron cabos de la Constitución y en su barra se han negociado acuerdos entre partidos. Alfonso y Alfredo Seijo llevan más de 50 años detrás del telón como “sordos profesionales” sirviendo a sus señorías. Son dos testigos privilegiados de la crónica parlamentaria de las últimas cinco décadas. Tras el 23-F, el consenso de 1978 o la época de feeling entre PSOE y PP, ahora ven que los políticos están más distantes y que hay más tensión. Palpan el radicalismo de los extremos, también en el bar, aunque mantienen que los políticos ganan mucho cuando se acercan a la gente. Sus croquetas han regresado a la vida política nacional, aunque, en realidad, son una parábola.

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Daniel Gascón: “La polarización es algo que impulsan los medios mientras presumen de lo contrario”

Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui.

Un indie entre columnas de periódico con música alternativa. Aire fresco en mitad del ágora mainstream. Entre Un hipster en la España vacía (2020) y La muerte del hispter (septiembre de 2021) ha ocurrido una pandemia. Podio literario. Humor y sociología. Ironía bilateral y bifocal. Daniel Gascón escribe en El País y habla en la Cope. Cincela opiniones, esboza viñetas y fabrica bestsellers. Su crisis de los cuarenta está en las pupilas de Netflix. Un puente por el centro de la izquierda. Un mosquetero casi tímido y sonriente en el equipo de Sergio del Molino o Ana Iris Simón. Un ínsulo cultureta. Un bebedor de Woody Allen que disfruta con la polifonía y la conversación sin caer en las trampas del relativismo. Ni moderneo, ni postureo. Editor de Letras Libres. Escritor de letras libres de prejuicios previsibles. Creador. Rural y urbano. Teruel existe también gracias a él. Amplio y concreto. Una sonrisa como conjunción copulativa.

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La misión clave del ‘doctor Shackleton’

Tomás Piñeiro junto a su padre en la habitación de su ‘viacrucis’ en el complejo hospitalario Ruber de Juan Bravo (Madrid)

Tomás Piñeiro es médico y trabaja en Tenerife. El martes 31 de marzo su padre ingresó por coronavirus en un hospital de Madrid. Ante una muerte anunciada, tomó el avión y se confinó junto a él “para que no falleciera solo”. Una semana encerrados los dos en nueve metros cuadrados de angustia y el alto riesgo de contagio. Contra todo pronóstico, “una mano del cielo, orgullo y felicidad” los dos han salido de esta por la puerta grande con el estímulo del explorador Ernest Shackleton.

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[Reedición para el blog del reportaje publicado el 13 de abril de 2020]

Luis Gaspar.‘Fotosofía’ o el retrato real de las almas

El fotógrafo madrileño Luis Gaspar es un retratista de referencia nacional. Su esencia filosófica y una inquietud antropóloga y humanista sobresalientes han convertido su técnica en una positivado social alternativo. Es un tópico decir que la cara es el espejo del alma.  Pero es una revolución constatar que los retratos de este fotósofo son tan verdaderos, buenos, bellos y trascendentales que sacan a la luz, con estética nueva, la intimitas de una sociedad liberada del postureo.

-¿Lo suyo son los retratos o la fotografía?

-Lo mío es la Filosofía. La fotografía es un medio para el que descubrí que estaba dotado que me permite desentrañar la realidad durante unos instantes.

Luis Gaspar es filósofo, pero a los 22 años descubrió que la fotografía le llamaba por su nombre y sus apellidos. Llegó tarde al revelado de talentos, pero está aprovechando el tiempo con una obra buena, verdadera y bella: tres atributos trascendentales que convierten su trabajo en un flash de humanismo más espiritual que material que aporta fondo y forma en un universo de grano y paja.

Un chico de barrio, de la calle Ferrocarril, entre Atocha y Delicias. Un tipo del Madrid sin etiquetas. Un chaval que estudiaba en el Menéndez Pelayo y que abandonaba las aulas de vez en cuando para escaparse al Museo del Prado. Un adolescente enamorado de Catalina Micaela de Austria, retratada por el renacentista Alfonso Sánchez Coello. Aquel fue, quizás, el primer retrato trascendental del que fue consciente y al que podrían remitir sus anhelos creativos por captar las esencias humanas en medio de un mundo, también profesional, donde puja el postureo: físico, estético, intelectual, global, superficial, teórico, impostado.

Hijo de actores. Auténtico. Cordial. En su primera juventud se imaginó escritor y se imaginó sobreviviendo, pero pronto se dio cuenta de que lo suyo, en realidad, era pintar con la cámara. Porque la realidad es un azuce en su biografía, como le pasa a Antonio López, por poner el listón en el tope del siglo. Casero, “con mucho rucu-rucu interior”. “Obsesivo”, como son obsesivos los artistas carismáticos que comparten la ilusión y la intuición, y que no paran de parir.

Su pelea -pacífica, pero intensa- como fotósofo se centra en aportar realidad bien hecha y no convertirse nunca en un cínico. Su faceta como retratista incluye el peso sereno de sus all-stars bien pegadas al terreno. Como ha desarrollado un fuerte talento para mirar el brillo de muchos ojos y el fondo de muchas almas, y acertar, se nota que cree en la belleza de los seres humanos, porque “en las distancias cortas” y sin disfraces y maquillajes todos ganamos mucho.

A solas y al fondo

Luis trabaja a solas. Una persona. Una cámara. Un estudio. Una luz. Un profesional, que es también taxista, peluquero, confesor, y que ha perdido el miedo a mostrar sus cicatrices para que el retratado entienda que todos somos de barro, que afloje el gesto, que viaje a su verdad, porque “la naturalidad nos hace más atractivos”. Cada una de sus sesiones son terapias bidireccionales.

Las fotosofías de Gaspar nacen de una conversación, de un conocimiento por el camino, de un deseo de sacar el mejor perfil interior. Nacen sin prejuicios previos y sin juicios durante, con un punto carismático en el proceso y con una discreción fundamental para conquistar confianzas variopintas de gentes de aquí y de allá que se sientan en su estudio y se dejan retratar hasta el fondo.  

Luis es un antropólogo sin píxeles. Sus pinturas de luz dan a luz tras una relación personal y salen cuando el protagonista se ha olvidado de “poner cara de foto. Cuando ya les da lo mismo actuar”. Porque Gaspar dispara entonces de frente, a traición de la impostura. Por el bien, la verdad y la belleza del sujeto paciente.

Sus retratos son bustos clásicos con personalidad contemporánea labrados con mayéutica, técnica, labia, realismo, sentido del humor, conocimiento propio, sociología de taller abierto, ciencia casera, historia del arte, trascendencia y entusiasmo. Así capta las médulas espinales sin necesidad de que las personas que se apostan ante su cámara se desvelen al desnudo.

Tras el desfile de tantas mujeres y hombres por su fotovivón, los ojos de Gaspar han desarrollado el superpoder de captar la intimitas, que se dice pronto: “ver más dentro del retratado que el retratado mismo”. Un don.

El objetivo de su fotosofía es que, al contemplarla, los espectadores piensen que eso que disfrutan es real y es inédito: que están ante la primera vez de una visión, como quien observa “la liebre de Durero, o el cordero de Zurbarán”.

Hace clic ante la estampa real que siente. La que funciona. En una decisión artística que no se puede protocolizar. Esa punzada interior donde el bagaje humano que pilota la obra se ilumina cuando llega el frame oportuno en el que todo cuadra sin ser perfecto y en el que suena la música de ¡bingo!

¿Vanidad? Como todos. Saber que aportamos. Saber que no quieren. Gaspar no adoctrina ni su modus, ni su propuesta estética, ni su discurso. No fotosofía dentro de una torre de marfil. Es un artista casual, en vaqueros, que ha conquistado la difícil cima de darse la importancia justa y vivir la normalidad adecuada. Con sus picos, como todos. Con sus efluvios de excitación y sus momentos down. Como muchos. Pero la línea recta y ascendente de su obra es un buen autorretrato continuo de su mundo interior.

Miedo al cinismo

El fotósofo de Desengaño es realista en su enfoque y en su meta-análisis. El poso clásico de la Filosofía le hace andar descalzo. Seducido por el amor a la sabiduría, incluso después de una pandemia vírica y una pandemia de desencanto, ha convertido su estudio en un parque de atracciones de aventuras sencillas, potentes, nuevas.

Mientras otros lo enseñan todo, él prefiere el pudor. Mientras otros miden todo en términos de eficiencia y resultados, Gaspar considera que “la sociedad necesita que haya gente que se dedique a la nada”. Aunque cualquiera que visite su taller entenderá que esa “nada” es más transformadora que muchos “algos”.

Más dones en torno al mismo esternón: no es profeta, pero es médium. Sus antenas conectan con la línea del futuro, que no es tendencia, sino camino, como si la luz de la verdad -a veces mística, a veces muy urbana- le guiara en su recorrido hacia la verdadera belleza de las personas y las cosas.

Es un explorador. Un arqueólogo y un zahorí de puntos de vista, de texturas, de maneras de ver, de formas de mirar. Un buscador. Un permanente converso. Un después con muchos antes. Un neófito juvenil con callos.

Más allá de la amplia galería de retratos que ponen ojitos a su obra, Gaspar cuenta también con otras fotografías que son “cosas que a mí me llaman, y el fruto de mi forma de pintar”. Cosas que a él le llaman y que pretenden que “quien las vea, se caiga de culo”, el mejor asiento para un realista coherente.  

Sin pinceles, pinta en torno “al objeto encontrado” y allí la imaginación y la reflexión tienen la última palabra. Fotografía inteligente que invita a la sorpresa, a la lectura personal de la obra de un fotósofo franco que ilustra momentos para todos pensando, quizás, en las personas alérgicas al cinismo crónico. Sí, como todo artista, vive su desarrollo profesional “con una cierta sensación de infelicidad”, pero se nota que no es frustración, porque él no ha tirado casi ninguna toalla. 

Se nos ha hecho tarde pronto en el estudio de Luis Gaspar. Hay luz natural de sobra. Texturas. Fondos. Marcos sin lienzo. Papeles. Café y puros. Proyectos. Bailarinas en las paredes. Claroscuros. Recortes. Hay hasta una capa zamorana y unos tacones de lentejuelas. Brilla una tela roja y rondan por estas paredes mentales la ilusión de unas majorettes. Hay algo aquí de Mago de Oz. Madrid. Ciudad de las esmeraldas. Camino de baldosas amarillas.

Reportaje publicado en la revista Influencers julio-agosto de 2021.

«El sexo no es ocio»

Micaela Menárguez es la directora de la Cátedra de Bioética de la Universidad Católica de Murcia e imparte clases de Fecundidad y Planificación Familiar en la Universidad CEU San Pablo. Madre de cuatro. Abuela de tres. Una pionera que entró en el paraíso de la sexualidad a través de la ciencia hace décadas y se ha convertido en una luz al final del túnel para quienes pensaron que el sexo era Jauja, que Jauja era Willy Wonca y la fábrica de chocolate, y, sin embargo, constatan en sus carnes que hay cielos que pueden mutar en pasajes de fango, vacío y terror cuando se vuelve loco el GPS.

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