Sanitarios españoles, nuestros héroes ordinarios mal-tratados

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Teresa Romero está detrás de la persiana.

Aun resuenan en los oídos de muchos profesionales sanitarios de España aquéllas desafortunadas declaraciones del consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid. No hay rencores, porque no son humanos, pero hay heridas que se abren y se cierran mal. Y hay gotas que colman el vaso. Y la paciencia. Y las ganas de pasar discretamente desapercibidos, trabajando, al pie de cañón.

Los profesionales sanitarios españoles son motivo de orgullo. Si el Sistema Nacional de Salud es un referente no es por sus instalaciones, por sus gestores, por sus avances, por la calidad de la formación profesional que dispensa, por sus ventajas… El alma del Sistema Nacional de Salud son las personas que lo construyen, con una gran profesionalidad, un evidente esfuerzo, y un talento innegable, que destaca sobre el fondo gris de una sanidad eternamente politizada y asfixiante… sobre todo para ellos.

Los profesionales sanitarios españoles son los verdaderos emprendedores sociosanitarios de nuestro país. Para ellos, cada paciente es verdaderamente el eje de su tarea. A pesar del contexto en el que trabajan, mantienen el interés personal por ser cada día mejores, por humanizar un entorno sanitario tecnificado y burocratizado, por tratar a hombres y mujeres en un ámbito en el que todos somos uno más sentado en la sala de espera.

España está llena de profesionales sanitarios punteros. Hombres y mujeres que cada día dan rienda suelta a su vocación de curar, de cuidar, de salvar vidas. Son nuestras manos y nuestros pies. Son el motivo de nuestra seguridad y de nuestras esperanzas. Son el motivo más grande de muchas confianzas. Son héroes discretos -la inmensa mayoría- acostumbrados a servir, sin buscar nada más allá de esa satisfacción que encuentran las buenas personas en hacer el bien.

La cárcel de la politización

Sin embargo, el ambiente gris perpetuo de la gestión política de la sanidad española les ha abierto el suelo y les ha acercado el techo. Consejeras, consejeros, ministras y ministros de colores diversos y de épocas distintas han ido minando su futuro inoculando el virus de la indiferencia. Su incapacidad manifiesta para sacar la sanidad del debate político y su inoperancia casi total para cuidar a sus recursos humanos como haría cualquier empresa con ese capital, les hace cómplices de un desgaste insoportable que aún están en condiciones de remediar.

Nuestros profesionales sanitarios punteros, por los que se pelearía cualquier país mínimamente competitivo, transitan por una vía hostil llena de agujeros, de recortes, de limitaciones… Bajo los zuecos blancos anda un suelo lleno de minas diseñado políticamente para repeler el talento.

Las facultades de Medicina y de Enfermería de España son muchas y están llenas. Seis años de carrera. Un año, al menos, antes de entrar en el sistema de formación especializada que les prepara para ejercer. Cuatro años, de media, para tener el título que les deja trabajar. Y después, para algunos viene el desierto del paro, de los contratos de la vergüenza, de las noches en guardia, de la permanente inestabilidad, de la plaza vacante, de la oposición recurrente… A otros, les espera un sistema que les defrauda lleno de colegas y pacientes que les animan a recorrer el camino del desgaste. Para casi todos, tras muchos años de esfuerzo y de sacrificio, se abre la puerta a un mundo laboral marcadamente frustrante.

Salvo excepciones, los profesionales sanitarios no son ciudadanos combativos. Con esa vocación de solucionar problemas no quieren generar tensiones sociales. Para muchos, sus representantes profesionales tampoco están a la altura de las circunstancias. Colegios profesionales. Sindicatos. Foros. Endogamia. Intereses. No siempre, pero casi siempre.

La vocación sanitaria se ahoga en un mar de injusticias. De incompetencias. Un Sistema Nacional de Salud fuerte tendría que saber que el mejor agente de salud es cuidar a sus hombres y a sus mujeres. A sus profesionales sanitarios. De que ellos estén bien dependen muchas cosas imprescindibles.

El orgullo de ser piezas claves

Un Sistema Nacional de Salud fuerte siempre valoraría adecuadamente a sus profesionales. Personalmente. Aunque sean muchos. Nos desaprovecharía a nadie. No tiraría por la borda tantos años y tantos recursos invertidos en su preparación. No dejaría que huyeran de nuestras fronteras buscando aire puro. Al menos, un Sistema Nacional de Salud fuerte no frenaría lo único que, en el fondo, ellos están pidiendo: recuperar el orgullo de ser y trabajar como profesionales sanitarios. La simple paz de ejercer como ellos mismos.

Lo hacen bien. Son responsables. Hacen la sanidad verdaderamente eficiente. Asumen las tensiones de un trabajo especial. Humanizan los hospitales y los centros de salud. Hacen avanzar la ciencia, algunos en sus horas extras. Animan. Inventan. Innovan. Producen. Gestionan con cabeza de padres de familia. Se dejan guiar por la ética. No sucumben al poder y al encanto de la politización. Estudian. Crecen. Hacen crecer. Y siguen adelante, a pesar de los pesares.

Un Sistema Nacional de Salud fuerte diseñaría una campaña de homenaje. Y pediría perdón por lastar el futuro de una sanidad que debería haber crecido al ritmo de sus profesionales. Diría, al menos, gracias. Porque una nómina no basta para condecorar a cada héroe ordinario. Estos hombres y mujeres no se los merecen unos políticos y ciudadanos completamente egoístas. Con lo fácil que es entusiasmar a estos líderes sociales…

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