Muros sin ventanas

carcel

A ver, Juan. Deja de llorar de una puñetera vez. Desangrarse a lágrimas no cura nada. Es tarde. La realidad es esta: te quedan seis meses de cárcel, por imbécil. Por jugar a ser el más listo. Por no tomarte en serio las normas. Por reírte. Por jugar con fuego. Y todo, ¿para qué? ¿Para llegar antes? ¿Para ganar 10 putos minutos de tu tiempo? Pues ahora son seis meses de talego. 259.222 minutos. Uno detrás del otro. No te preocupes. Pasarán. Pero haz ya la maleta. Ha llegado el momento. Despídete de los niños. Yo me encargaré de dejarles tranquilos.

Llueve en Madrid. Piso de ladrillos rojos. Portal de acero oxidable… El ascensor baja al garaje. Miriam y Juan. Una maleta. Silencio. Se enciende el motor. Rampa. Garaje. Calle. Juan mira por la ventana grabando en la memoria cada rincón antes de estas largas vacaciones.

A ver, Juan. Ya lo hemos hablado muchas veces. Ahora llegas y afrontas las cosas. Intenta pasar estos días lo mejor posible. Prepárate para la soledad. Sonríe. No amargues más las cosas. Yo confío plenamente en ti, te quiero, te apoyo, me duele. Estaré cada minuto pensando en ti, en tus miedos, en tus dudas, en tus desesperanzas.

Si quieres pongo la radio.

¿Me escuchas?

Te conozco. Sé que implotas por dentro. Una tontería. Un desliz. Un mal día. Un policía al acecho. Una mala oportunidad. Un pasado entero para reducir la velocidad. Un futuro marcado. ¿Y a ti eso te importa? ¡Pues a mí no me importa una mierda! Que digan lo que quieran. Tú y yo sabemos la verdad, y punto. Y los niños lo sabrán cuando crezcan. ¿Qué me importa a mí que mi hermana dude de todo y se crea cualquier cosa? ¿Eh? ¡Vamos! Precisamente ella. Venga, hombre.

Baja la ventana, por favor.

¿Juan?

No le des más vueltas. Déjame sola, pero no me dejes dándole vueltas cada noche a tu dolor. No me hagas soportar eso también. Necesito verte dispuesto a ser un tío de verdad. Hiciste. Afrontas. Y ya. Seis meses. La vida sigue. ¡Qué son seis meses de nada! Seis meses de nada…

“Buenas noches, queridos oyentes. Adentro cabecera de titulares. El jurado declara al falso shaolín culpable de dos asesinatos con alevosía. Los nueve miembros del jurado consideran que no se ensañó con la segunda de sus víctimas cuando, tras secuestrarla, la obligó a observar el descuartizamiento de la primera de ellas. Tararará. Podemos se cuelga la medalla de la marcha de Griñán y Chaves. El partido considera que es su primer éxito en política nacional. Pablo Iglesias ha destacado que la “renuncia” de los ex presidentes andaluces “ha sido posible porque su partido en Andalucía ha sido firme”. Tararará. La Audiencia rebaja de 800 a 34 millones la fianza a la ex cúpula de Bankia. El juez Andreu había impuesto una fianza de responsabilidad civil a Rodrigo Rato, Francisco Verdú, José Luis Olivas y José Manuel Fernandez Norniella por las presuntas irregularidades en su salida a Bolsa…”

Apaga la radio. O pon música.

¿No quieres decirme algo?

Corre viento fresco por la ventana de Juan. Mirada perdida. Arriba. Un copiloto perdido en sí mismo se quema a lo bonzo…

Estamos llegando, Juan. Dime algo, por favor. Dime que te quedas tranquilo, que vas a aprovechar esta jodida oportunidad que te da la vida…

No hables así.

Dime que vas a vivir ahí dentro de esa cárcel, que no te me vas a morir por dentro, que no habrá suicidio interior, que no matarás tu alma sólo porque eres un cobarde de mierda que no quieres mirar las cosas de cara. Ponte de frente, Juan. Ponte de frente, y dime algo.

El coche del silencio más largo avanza por la comarcal. Al fondo, inevitable, los muros sin ventanas, las rejas, la oscura podredumbre llena de manzanas malcriadas, de asesinos, de enfermos vitales, de causas perdidas, de malas personas… y de hombres y mujeres que fueron débiles, que tuvieron un pronto, que se dejaron llevar, que no supieron o no quisieron saber que las leyes se levantan siempre contra los listillos. Sin más.

Es aquí.

Juan, inmóvil. Llora.

Venga, Juan. No me hagas esto, por favor. No me quites la paz para siempre. Levántate, toma tu maleta, y pierde tu vanidad de una vez entrando como un hombre donde te ha puesto la vida.

Dices cosas muy duras.

¡Bien! Llora dentro donde yo no te vea. Yo lloraría seis meses seguidos si hubiera sido yo una imbécil y mereciera este cuarto oscuro. La vida iba en serio. Te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Seré tu apoyo cada minuto. Serás mi obsesión. Te acompañaré. Rezaré por ti. Te animaré con mis tacones pisando fuerte sobre el asfalto de la afrenta dura, del cotilleo del barrio, del hay-que-ver-este-tio-con-la-buena-pinta-que-tenía-y-dónde-ha-acabado.

No llores.

Pues dime algo.

No puedo. No me sale. Te quiero. No me dejes nunca. Dame un abrazo largo, de medio año, de toda la vida.

Dos enamorados desconcertados y llorosos se abrazan a las puertas del penal. No hay lugar para la poesía en este paraje gris, marrón, negro, morado, duro. El drama. La lírica se quedó en el kilómetro 102.

Arranca el coche al rato, de vuelta a casa. Sola Miriam. Sólo Juan. Dos fuerzas en direcciones contrarias. Avanzan los dos. La distancia se multiplica por dos, por cien, por mil. Aire allí. Niebla perpetua acá.

Buenas tardes. Soy Juan Lirón González. Tengo orden de ingresar esta noche.

Déjeme su DNI.

Laura, maja, tenemos aquí a un recluso nuevo. ¿Vienes?

Un segundo, caballero. Ahora mismo viene mi compañera y le acerca al módulo de acceso.

Gracias.

Rompen los ruidos del campo. La noche se ha venido arriba de pronto, entre respiración y respiración. Entrecortados suspiros. Lágrimas secas. Duele todo. ¡El coche! ¡El puto coche! ¡La mierda de siempre de querer ir 50 kilómetros por encima! ¡Si hubiera sido al menos por vértigo, por loco! Nada. Las prisas buscadas.

¿Juan Lirón González?

Sí, buenas noches.

Buenas noches, señor. ¿Es la primera vez que ingresa en el centro?

Piensa Juan. La primera, y la última. Y la primera olvidada para siempre desde ya.

Bueno. En realidad no sé por qué le he hecho esta pregunta. Se nota que no. Tiene usted cara de novato. No se preocupe. Aquí hay de todo. Esté tranquilo. Si ha visto muchas películas de esas de prisiones, matones, psicópatas, estiletes, y pijamas naranjas, se me vendrá usted abajo cuando vea lo que es una cárcel de verdad.

Pedro, buenas noches. Aquí Juan Lirón González. Este es su número. Pabellón 1. Cosas de tráfico. Uno más. Pobre. Tratádmelo bien.

Buenas noches, caballero. Firme usted aquí. Y aquí. Y aquí. Pase por favor por este pasillo. Entre en esta sala. Déjeme su dedo e imprima acá su huella. Me acompaña, por favor. Póngase aquí de perfil, y de frente. Flash.

Bueno, esto lo hacemos con todas las personas que ingresan. No se preocupe, porque en unos minutos está usted durmiendo tranquilamente.

Caballero, por favor, debe usted ducharse antes aquí. Tiene usted jabón y toalla a la izquierda. No tenga prisa. Le espero en esta silla.

Y Juan sale sin su ropa, sin sus cosas, con mil cosas que contarle a su mujer en el coche antes de llegar a este triste parador de hombres que metieron la pata en el hoyo, y de mujeres que mordieron la manzana.

Tome este pijama. De rayas. Unas sábanas más gruesas que las de un hospital, con serigrafías molestas de centro penitenciario. Una manta de ejército. Una bolsa transparente. Pasta de dientes. Cepillo. Cuchilla de afeitar con pinta de espátula de pastelería. Y vacío.

Pasillos largos llenos de rostros colgados en suspenso. Hombres todos. Miran con la curiosidad que les revienta la rutina de cada día. Días. Meses. Años. Solos. Y, algunos, peor que acompañados.

Esta es tu celda. Piensa que es una habitación. Lo de celda quizás le suene demasiado fuerte… pero se llama celda…

Entra Juan despacio. No es a cámara lenta. Es a cámara dudosa. Miedo. Parálisis. ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¡Qué alguien me despierte de esta jodida pesadilla! Gritos sordos. Luces apagadas.

Barrotes verdes. Con tiza blanca, un número marcado en la frente de la puerta verde, desgastada por el dolor de los miles de inquilinos de la 007. Colchón de espuma densa. Camastro de hormigón. Somier, divino tesoro. Una sirena. Cerrojos. Silencio. Soledad. Preguntas… Sueño.

Mañana. Aseo. Buenos días. Yo, Juan. Antonio. Luis. Mariano. José Antonio. Marcial. Vicente. Otro Luis. Duchas. Legañas con sonrisas. Algunas, estiradas. Otras, al natural. Sólo otro-Luis enmudece, camina, ejecuta, entra, sale.

Unas galletas de infancia en paquete de tres. Un sobre de descafeinado. Desayuno ochentero. Mantel de hule, a cuadros verdes. Aires de hospital. Sonido de profilaxis. Tiempo muerto.

Primera visita. Abrazo.

Segunda visita. Beso.

Tercera visita. Risas.

Cuarta visita. Historias.

Quinta visita. Niños.

Sexta visita. Los cuatro juntos. Papá. Mamá. Los niños. Normal.

Séptima visita. Papeles.

Octava visita. Miradas.

Novena visita. Me dice Vicente que le digas a su mujer…

Décima visita. Te quiero.

Undécima visita. Mis padres.

Duodécima visita. Cartas.

Decimotercera visita. Juan, llama a tu jefe.

Decimocuarta visita. Pues estoy bien. Demasiado bien… ¡Qué es broma! Achuchón.

Decimoquinta visita. Planes.

Decimosexta visita. ¡Qué ganas de primavera!

Decimoséptima visita. He pensando muchas veces todo el honor que me infundiste cuando me traías hasta aquí.

Decimoctava visita. Cariño. Gracias.

Decimonovena visita. Te he traído estos dulces para que te despidas mejor de tus amigos.

Vigésima visita: ¿Te estás quedando calvo? Y nos morimos de risa. Ella. Él. Una reja. Dos minutos para volver a casa. No es Navidad. Ha llovido. Luces. Sombras. Pero ella, siempre. Canas.

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