José Coronado | Laureles de galán, podios de honesta madurez

Entrevista publicada en la revista Influencers de noviembre-diciembre 2019

Coronado de prestigio, de proyectos, de presente, de futuro, de pasado, de cuerpo y de alma. Con ese rostro que lleva dentro de nuestras casas desde hace tantos años que nos parece un familiar, un vecino, uno más de los nuestros. En vaqueros de andar sin oropeles. En las orejas de un sofá, a medio metro, escuchamos a un actor que también es voz, pero que, sobre todo, quiere ser José, a secas, sin más focos que los necesarios para seguir adelante en una carrera que le tiene entusiasmado a sus 61 primaveras.  

A punto de volver al cine con la última de Jaume Balagueró (Way Down). Con la última temporada de Vivir sin permiso en prime time. Con el color aún del verano, los ojos de mar verde-hondo y el pelo cano con olas de vida.

José Coronado es un portento físico. Pudo ser abogado, o médico. Pudo haberse perdido en la montaña rusa de los coletazos de la Movida. Pero después de tres décadas llenas de variedad dedicadas a la interpretación, entre el teatro, el cine y la televisión, al final ha sido un actor maduro, de pies a cabeza, capaz de conquistar a audiencias transgeneracionales con un trabajo cada vez más bien hecho.

Galán consumado, buscador de océanos en cada personaje, pescador de tesoros de lo que de verdad importa, padre a muerte, actor con cayos de horas y sin cayos de acostumbramiento, comprometido con las grandes causas de la sociedad.

Estamos en su Madrid, en una esquina de la Plaza de España. Hace 32 años que inició su carrera. Es un hombre de las mil caras coherente que desfila de puntillas por la alfombra roja, porque pisa fuerte el asfalto de la cotidianidad. En unos meses le veremos en medio de un atraco apoteósico en el Banco de España haciéndose el duro. Ahora, sin armas en la escena de esta entrevista, disparamos.

Le veo como en una segunda juventud, en medio de otro despegue profesional.

En estos años de profesión siempre me he sentido en el aire. Me considero un tipo absolutamente privilegiado. Siempre me he agarrado a tocar todos los frentes -teatro, cine y televisión- y esa combinación me tiene muy vivo desde el principio. No sé si estoy en una segunda juventud. Sinceramente pienso que nunca me he bajado de la juventud casi infancia que requiere ser actor. Es cierto que, en estos últimos años, con la edad y con las posibilidades de seguir haciendo cosas, noto un segundo rebrote de ilusión que me hace estar muy feliz.

Una nueva juventud, pero sin adolescencia. Es una ventaja.

Efectivamente, sin dejar que me distraigan las cuestiones que te dispersan cuando tienes 20 años y todavía no estás formado. He aprendido a priorizar y a saber dónde está lo importante. En la profesión ya no padezco los efectos los flashes y la parafernalia que gira en torno a un actor que pueden perturbar la construcción de un buen personaje. Todo eso lo tengo más que superado. Sé que forma parte de mi trabajo y lo hago con la máxima entrega, pero a mí es lo que menos me gusta de todo lo que integra este oficio.

Tiene usted algo de galán, de actor del pueblo, de bueno y de malo, de español medio del CIS, que le hace empatizar mucho con audiencias muy distintas.

La televisión ha tenido mucha importancia en mi carrera, porque, meterte en las casas de tantas personas cuando están en pijama y en familia, hace que te sientan de los suyos. Mi experiencia es que, si eliges bien los personajes, las audiencias te cogen cariño. Al menos yo así lo siento. 

Coronado

Empezó Derecho. Empezó Medicina. Y encontró en la interpretación la pasión de su vida sin tener sangre del gremio. ¿Cuántas veces le preguntaron si estaba loco?

Nadie me dijo que estaba loco, porque cuando llegué a este oficio venía de una locura mayor: la noche y la hostelería en plena época de la Movida madrileña. En esos escenarios había condimentos que podían llevar más directamente a perder el norte… Posiblemente la profesión fue la que me salvó de caer en males mayores y la que me centró. Dar con la tecla de mi trabajo me hizo ponerme las pilas en todos los sentidos.

En el cine ha pasado usted de ser el galán guaperas al maduro con personajes llenos de carácter, historia y fuerza. Bendita madurez…

¡Bendita madurez! Normalmente, los personajes complejos tienen más enjundia que el simple galán, que lo apuesta todo al físico, aunque nunca he renegado del galán. Cuando en mis primeros años me decían eso del galán, lo primero que hice fue ir a leer la definición y vi que se definía a un hombre educado, de buenas maneras, y todo lo que decía ese significante me parecía bonito. En mis comienzos tuve dos referentes fundamentales: Robert de Niro, por la complejidad de sus personajes, y Gary Grant, por lo que a mí me pudiera tocar de similitud. Con él entendí que esa galanura, si la acompañas de trabajo y esfuerzo, también puede aportar muchas cosas.

Su primera oportunidad importante en el cine fue “porque sabía mirar a las mujeres”. Ahora que el feminismo se ha convertido en una trinchera, ¿cómo mira un hombre a las mujeres sin necesidad de ideologías?

De una forma limpia y sincera, como lo he hecho toda la vida. No hay nada que me haya gustado más en la vida que las mujeres, y tengo la absoluta seguridad de que nadie me va a venir con sospechas de acoso, porque soy incapaz. Cualquier tipo de relación debe ser consentida y basada en el respeto y la educación. Mis padres me enseñaron a tratar bien a las personas, y así lo he hecho siempre. Nunca he dejado de buscar a las mujeres y de jugar con ellas, pero desde un respeto máximo.

No habrá paz para los malvados (2011) fue la película por la que le cayeron todos los premios gordos, especialmente el Goya al Mejor Actor. ¿Cómo se encarna a la perfección la corrupción, señor Santos Trinidad?

En No habrá paz para los malvados se hablaba de corrupción, pero Santos Trinidad no era un personaje corrupto. En absoluto. He podido desarrollar otros papeles donde la corrupción saltaba más a la vista, como la serie de Acusados, donde interpretaba a un corrupto potente. Santos Trinidad era una bestia de la naturaleza que buscaba salvar su culo, pero, al mismo tiempo, salvaba al mundo. Esa es la esencia del estupendo personaje perfectamente creado en el guion de Enrique Urbizu.

Ha sido usted falso párroco en Brumal, Goya de joven en Goya en Burdeos, Ricardo Palacios en El lobo y en GAL, Maximiliano I de Habsburgo en La Corona Partida, Don Juan, e incluso Iván el Terrible. Por resumir sus repartos. ¿Tanta versatilidad cabe en un Coronado solo?

Y más… En esta profesión pasan muchos personajes, e incluso reeditas con otros matices y otros enfoques los que ya has hecho. Una de las cosas que más me apasiona de este oficio es que me puedo enriquecer personalmente en la medida en que buceo en la construcción de mis personajes. Cuantos más registros tienes, más aportas y más ganas tú mismo. Un actor cuenta con la opción de quedarse o no quedarse en las historias que vives. He aprendido a ser mejor persona entrando en fibras humanas de personajes que, normalmente, me pillarían lejos en mi día a día. Y también aprendes de los hijos de puta, a calarlos de lejos, a mantener la distancia y la seguridad ante ellos, porque los has estudiado a fondo.

¿Cuál ha sido el personaje que más le ha transformado personalmente?

Probablemente mi personaje más catatónico fue Rafa, que era un homosexual que interpreté en teatro en los principios de los 90. Aquel papel hizo que me vieran muchos directores y me llamaran para otros proyectos. Pero, sobre todo, me sirvió para crecer como persona. La obra hablaba de una historia de amor entre un hombre y su marido, enfermo de sida, y cómo el protagonista cuida de él hasta sus últimos días. Para mí esa obra representaba el amor con mayúsculas. Meterme en ese personaje significaba darme cuenta de cosas que, si no me hubiera metido en esa piel, jamás habría descubierto. Me ayudó a realizar un viaje introspectivo que me hizo crecer por dentro. Menos mal…

Aunque sus papeles son multitud, usted ama la soledad.

Profundamente.

¿Cómo se ve cuando está a solas, sin guion?

Muy libre. Me gusta la soledad, evidentemente adquirida por deseo propio, no impuesta, que esa soledad es terrible. En realidad, no es que me guste la soledad, es que la necesito. Por mi trabajo interactúo con mucha gente diferente y mi forma de ser requiere que, como respuesta, me meta en mi burbuja para recargarme a solas.  

¿Los actores están demasiado expuestos demasiado tiempo?

Sí. Las únicas armas contra esa realidad son la honestidad y la sinceridad. Si no tienes nada que esconder, te da igual por dónde te pillen. Además, el actor debe examinarse siempre ante cada nuevo trabajo que haga. Lo asumo.

Vivir sin permiso, de nuevo en nuestras pantallas, y usted dentro de Nemo Bandeira y su Alzheimer. ¿Recuerda su vida como un vivir sin permiso, a pesar de la fama?

Yo en mi vida tengo que dar cuenta cada día a mucha gente. Soy un obrero de la interpretación. Me muevo en un modo de vida muy libre, exento de monotonía, pero otras cosas pagas. La libertad de cada ser humano va más allá del oficio.

¿Cómo vienen los nuevos capítulos de Vivir sin permiso?

Todos los personajes están muy cogidos para esta última temporada de diez capítulos, que es un lujo. Tiene un cierre final, no es de estas series que te dejan muchas ventanas abiertas. Irrumpen los mexicanos, con Leonor Watling y Patrick Criado, que hacen unos personajes maravillosos. En esta ocasión, todo se precipita de una forma tremenda. Son los mismos ingredientes de la primera temporada, pero llevados todos al límite, y solucionando.

Gigantes. Abraham Guerrero, el más cabrón de las pantallas. ¿Los papeles así son duros para alguien que parece un cacho de pan, o son una catarsis?

Cuando empecé a trabajar con mi adorado Enrique Urbizu me llamó para hacer La caja 507, una historia de un director de banco buena gente y de un killer. Yo venía de la serie Periodistas, y estaba convencido de que llamaba para hacer de director de banco bonachón al que atracan, y que Antonio Resines sería el malo. Me sorprendió cuando me dijo que eso es lo que esperaba todo el mundo, y que me quería a mí de killer. Me abrió todo un campo que nunca le dejaré de agradecer: esa parte oscura de los seres humanos en la que me metí hasta el fondo. Soy un amante de los thrillers y del suspense, he estudiado mucho el tema, y me siento muy a gusto en ellos. A partir de aquella película empezaron a salirme más y más personajes en los que he disfrutado, porque con la edad sabes muy bien de lo que hablas, sobre todo cuando trabajas con un director con las ideas tan claras como Enrique, que te sabe dirigir de maravilla.

Tu hijo. De nuevo en la pole de los últimos Goya. En escena, el padrazo Coronado vuelve a la Medicina y se pasa el juramento hipocrático por el forro por amor ciego a su hijo. ¿Su amor de padre es así de heavy?

Sí. Creo que el de la mayoría. Un hijo es un hijo. La familia es la familia, eso está claro. Por un hijo hace las mayores barbaridades que nunca harías por nadie más, ni siquiera por una pareja. Por un hijo pierdes el norte y puedes perder los papeles.

Muchos de sus personajes transitan bien de la vulnerabilidad a la dureza. ¿José Coronado está en el punto medio?

Sí. Soy una persona equilibrada, aunque tengo mis puntas a un lado y a otro. Para la profesión, jugar desde la vulnerabilidad hasta la máxima dureza y salvajismo es lo que te permite un arco de registro que hace posible que no aburras a la gente viendo siempre a Jose haciendo otros personajes. Robert de Niro conseguía en sus películas que solo vieras al zumbado de Taxi Driver y esa es la máxima aspiración a la que puede llegar un actor. El mejor piropo que me han lanzado en la vida me lo dijo una chica en Twitter: “José Coronado es un policía que en sus ratos libres hace cine”. 

Le vemos con pistolas y gestos de odio, y en la vida real, echando una mano a Paco Arango en la Fundación Aladina, o con Ayuda en Acción. ¿Cómo es esa parte del metraje de su vida? ¿Echa en falta más asfalto de realidad y menos alfombras rojas?

Las alfombras rojas no son un plato de buen gusto para mí, pero son absolutamente necesarias. Entra dentro del juego de la industria. Hace casi 20 años que empecé a colaborar con Ayuda en Acción como una forma de canalizar esta estupidez que yo llamo fama. Cuando empecé a ser conocido me di cuenta de que cuando hablaba, la gente te escucha. Además de ganarme dignamente la vida, fui consciente de que podía aportar algo a la sociedad a través de esa fama. Desde entonces pongo mi granito de arena, me arremango para concienciar en temas en los que creo, y siento que es mi obligación, y el de cualquier persona que tenga el poder de hacerse escuchar- apoyar estas causas sociales.

Entre esas causas está su defensa del medioambiente. Para el reportaje gráfico que ilustra esta conversación ha querido usted vestir la marca Ecoalf, un referente en la moda sostenible que fundó hace diez años Javier Goyeneche.

Tiene un mensaje maravilloso de reciclaje de todo tipo de deshechos que naufragan en el fondo del mar para convertirlos en las materias primas de sus prendas. Además, el 10% de sus beneficios van directamente a campañas para sanear el mar. La degradación del planeta en el que vivimos es un tema que me preocupa seriamente, y estoy implicado en la concienciación para que se revierta la situación antes de que sea demasiado tarde.

Más allá del mensaje, ¿se siente estéticamente a gusto con sus prendas?

Para mi la ropa es un elemento completamente superfluo que sirve para no pasar frio y para tapar las vergüenzas. Aunque antes de ser actor estuve metido en el mundo de la moda, la moda no me mueve nada. Mi uniforme son unos vaqueros, una camiseta y unas botas de montar en moto. Es lo que me pongo cada día. Por mi oficio, cambio constantemente de vestuario, pero las ropas no me importan nada. No gasto un minuto al día en pensar lo que me pongo.

Hágame un trailer de su papel en Way Down, su próxima aparición en cine prevista para 2020.

En la nueva película de Jaume Balagueró soy el jefe de seguridad del Banco de España, que no es poco… En la línea de los tipos con peso y mala leche que he interpretado últimamente, este personaje es un tipo celoso de su trabajo que ve que le van a entrar a robar en el banco justo durante la final que jugaba España en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica en 2010, y Cibeles estaba completamente llena de gente. Ese es el momento en que estos ingeniosos rateros intentan robar el banco de España, y mi misión es ponérselo muy difícil.

Coronado

¿Ve usted un cambio en el público y una empatía más fiel al cine español?

Sí, hemos mejorado mucho. Cuando empecé, el cine español estaba en la UVI, y ahora está sano, con muchas fuerzas, y peleando con los primeros espadas del mundo.

Teatro. ¿Le tientan las tablas o está más a gusto ante las cámaras?

El teatro es lo que más me gusta de mi profesión. Creo que es el espacio donde un actor realmente disfruta, y donde se ven sus dotes. Mi problema es que compagino proyectos de cine y televisión y no es fácil establecer un calendario libre para hacer teatro. Para mí es la fuente a la que un actor debe estar acudiendo constantemente para no dejar de aprender. Me encanta el silencio de 500 personas dispuestas a escuchar lo que vas a decir.

Usted, que ha muerto y ha resucitado, ¿qué juicio ha hecho sobre la vanidad del glamour y las apariencias del cuché?

Después de ese acontecimiento que he reciclado en positivo, he visto más motivos para priorizar lo que de verdad importa en la vida. El glamour, los flashes, el oropel son pura cáscara. Me he asentado más en mis principios: la humildad de trabajar con casco cada mañana y tratar de hacerlo lo mejor que sé para consolidar una carrera de largo recorrido.

¿La madurez y el infarto le han hecho más espiritual?

Lucho por buscar la espiritualidad todos los días, pero me cuesta, porque soy demasiado cuerpo. Entiendo que en la espiritualidad está la verdad. Me fui con mi hijo y Jesús Calleja al Tíbet, porque yo quería aprovechar aquello para conectar con el budismo… En fin, como diría el clásico, estoy trabajando en ello. 

Además de “madridista acérrimo”, ¿confiesa algún otro extremo?

Soy madridista acérrimo, pero según acaba el partido, desconecto. Soy madridista acérrimo, pero me encanta que gane el Atlético de Madrid, e incluso me gusta más su idiosincrasia y su forma de ver la vida. Pero desde niño me tocó ser del Madrid, y sigue siendo mi equipo. Mi mayor afición es aprovechar el único lujo que tengo: una pantallita de cine que tengo en casa. Disfruto mucho viendo buenas historias, que me ayudan a descansar como persona y seguir trabajando como actor. En esa burbuja puedo ver hasta cuatro películas seguidas.

De aquel compromiso social de la cultura de la Movida con la sociedad española, ¿quedan restos vivos?

Bueno, ¡tampoco soy tan viejo! A mí la Movida me pilló muy niño, aunque tuve la suerte de vivirla. A mí esas noches de Madrid en esos ochenta en los que la gente salía, reía, y estaba abierta a una nueva forma de vida… Había más luz en las calles, más sonrisas en las caras… Aquello fue un regalo que nos tocó vivir. El compromiso del mundo de la cultura de entonces tenía que ver con la cantidad de cosas que había que cambiar. Ahora hay menos, aunque haya que mejorar mucho.

¿Se ve trabajando para Almodóvar?

¡Ojalá!

Cuando vi Dolor y gloria pensé que cabía usted.

¡Yo pensé lo mismo! Eso nos pasa a los actores, que nos encantaría estar en muchos trabajos estupendos… Me encantaría estar con Almodóvar, y con Amenábar, y con muchos grandes directores.

¿Qué es para usted un actor influyente en la sociedad?

Un actor que tenga credibilidad y sea respetado.

¿Qué es para usted un cine que nos haga a todos mejores personas? 

Un cine que aporte reflexión y mecanismos para ayudarte en tus cambios de conducta.

RODAJE DE LA SERIE EL PRINCIPE EN GRANADA FOTO: ALFREDO AGUILAR

EN PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO

• La película que más le ha cambiado:

El Padrino.

• El papel en el que ha estado más incómodo:

Adoro todos mis personajes.

• El director con el que mejor se entiende:

Enrique Urbizu.

• El colega con el que funciona como un reloj:

Álex González.

• La actriz que mejor ha mirado siempre:

Victoria Abril.

• El fracaso que nunca esperó:

La vida mancha, de Enrique Urbizu, no fue un fracaso, pero no fue reconocida como se debía. Para mí es una joya.

• El éxito que llegó de improviso:

No habrá paz para los malvados. Sabía que estábamos haciendo algo digno, pero no pensé que íbamos a convertirnos en un tsunami.

• El momento en el que pensó dejar el cine:

¡Nunca!

• La película en la que más le hubiera gustado estar:

El Padrino.

• El reto cinematográfico con el que sueña:

He aprendido a enamorarme de lo tangible, todo lo demás son quimeras que florecen, y se mueren. El reto de mis sueños es lo que está firmado.

• La idea de su juventud que ahora está en sus antípodas:

Soy bastante fiel a mis principios.

• La persona que más le ha querido en su vida:

Supongo que mi madre…

• La persona a la que más ha querido en su vida:

A mis hijos.

• Lo que rebobinaría si fuera posible:

Sé que he hecho cosas mal, evidentemente, pero no las voy a contar la sociedad… Pero, en general, me encuentro bastante a gusto con mi vida. De todo he aprendido. Tengo la virtud de ser muy pragmático y poner las cosas a mi favor para sacarles partido.

• Lo que ha disfrutado tanto que pondría siempre a cámara lenta:

El teatro.

UN TRAVELLING DE 32 AÑOS LUZ

José Coronado pisó por primera vez la interpretación con 30 años. Llamó a la puerta de Cristina Rota, y a los dos años estaba ya sobre las tablas con El público y detrás de las cámaras, con Waka-Waka. Desde entonces, 70 papeles entre cine y televisión -54 películas 17 series – y 10 obras de teatro sobre sus espaldas. De momento.

Entre sus trabajos más aplaudidos por la crítica destacan No habrá paz para los malvados (2011); Goya, en Goya en Burdeos (1999); Rafael Mazas en La caja 507 (2002), y Jaime Jiménez y su bata blanca manchada de sangre en Tu hijo (2008). Fue mejor actor en televisión ya en 1998 siendo Luis Sanz en Periodistas y también se reconoció ampliamente sus papeles en Brigada Central (1990) o en El cuerpo (2012). Asimismo, su interpretación en Contratiempo (2017) levantó pasiones en torno a un actor que ha sido Don Juan, cura, salvador del mundo, matón, emperador, poli bueno, poli malo, gay, machote, padre a toda costa, e incluso rey mago.

Ahora está en nuestras pantallas itinerantes con Vivir sin permiso convirtiendo a Nemo Bandeira en un personaje icónico. Como hizo con Santos Trinidad, con Ricardo Palacios, con Tomás Garrido o con Joaquín de la Torre.

32 años con metraje de sobra y con metralla por explotar. Esa es la cuestión. La madurez con dientes apretados, puños sobre la mesa e historias interiores complejas tienen su nombre sobre el guion para muchos directores. Coronado de papeles de lujo. Cada vez más.

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