El Prado, un museo del pueblo con 200 años y la salud de la eterna juventud

Reportaje publicado en la revista Influencers en septiembre-noviembre de 2019

El próximo mes de noviembre el Museo del Prado soplará 200 velas, una detrás de la otra. Desde que arrancó 2019 el mundo entero ha puesto su foco en esta pinacoteca, una de las más importantes del globo. Es martes, temprano, y su director adjunto de Conservación e Investigación, Andrés Úbeda, nos ofrece un paseo por sus salas, llenas de arte y de luz, antes de que los visitantes lo inunden todo. Porque, por ejemplo, solo en 2018, más de tres millones y medio de personas disfrutaron de la joya de la corona de la cultura española, casi un 2,5% más que en 2017. Esa es la tendencia.

Hemos quedado en el recibidor de Los Jerónimos. Úbeda es, a la vez, el médico, la sala de máquinas y el escaparate de este museo bicentenario donde trabajan 500 personas. Se encarga de la conservación de las pinturas, del taller de restauración, del análisis de diagnóstico de las obras de arte, de la biblioteca, la documentación y de las exposiciones temporales.

Pasilleamos a susurros entre Murillos, Goyas y Velázquez. A solas. Dentro solo opera a estas horas esos servidores públicos que tienen la suerte de ejercer bajo techos así de únicos. Se nota que el personal del museo está feliz con este cumpleaños, con el reconocimiento universal y con el futuro que le espera por delante al Prado más vergel.

El museo de todos los españoles

Úbeda, además, está muy contento con el desarrollo de esta larga onomástica. En su opinión, los grandes objetivos del Prado en 2019 se centran en asentar la idea de que estamos ante un museo de todos, “no del Gobierno, o de Madrid. Por ley, y por derecho propio. Cada una de las piezas de este museo pertenece a todos los españoles. Esto no es una declaración de intenciones. Estamos desarrollando políticas concretas. Ahora mismo hay obras maestras de nuestro catálogo en todas las comunidades autónomas y la mayoría están en museos de acceso público. El Prado es la institución más descentralizada del Estado español”.

Una de las características del Prado es su libertad de movimiento, con directores no políticos que han sabido gestionar esta casa como un patrimonio común. Gracias a un pacto parlamentario entre PP y PSOE, el Prado está fuera de la liza política, y eso le da una soltura especial dentro de las instituciones culturales públicas.

Los 200 años de su inauguración coinciden con dos aniversarios más que el Prado quiere subrayar. Por un lado, este año se celebra los 150 años de la nacionalización del museo, “el momento en el que dejó de ser una colección de los Reyes de España para convertirse en lo que es hoy”. Por otro, en agosto hará 80 años ya del retorno de los cuadros que abandonaron su casa con la Guerra Civil, una ocasión plástica para trascender las heridas.

Dentro de 50 años

A sus 200 años, el Prado es un espejo lustrado donde nos miramos todos los españoles, y es también un reflejo de la generosidad de muchas personas que con su trabajo o sus donaciones han ido mimando esta institución para que no envejezca nunca.

-¿Cómo ve el Museo del Prado de dentro de 50 años?

Responde Úbeda: “El Prado de dentro de 50 años es inimaginable. Esto va muy rápido. Lo que parece evidente es que será más virtual y menos presencial. Sí podemos hablar con más acierto del museo que deseamos para las próximas décadas: un Prado más inclusivo, donde los sectores de la sociedad que aún no se sienten concernidos se integren en esta casa de manera natural. Queremos que ese 30% de españoles que nunca han entrado en el museo den el paso, aunque sea por curiosidad”.

El Prado de las próximas décadas seguirá progresando también en su colección con más arte contemporáneo. Ahora mismo el límite temporal está en los años 20, con Sorolla, “pero ya notamos el cariño de mucha gente en forma de donaciones y de ahí vendrán cuadros para ampliar nuestra colección en el futuro. En ese camino hacia adelante empezaremos desde cero, y habrá un día en el que quedará claro que el Prado, como museo vivo, requerirá en sus paredes la continuidad del siglo XX”.

Más allá de avanzar en el contenido y en las formas de exponerlos, en las fechas de sus obras y en las manera de abrirse a públicos tan diversos, el museo del pueblo tiene también grandes retos que se divisan ya por el retrovisor, como remarca Úbeda: mantener el nivel de la exposiciones en un contexto “en el que cada vez son más difíciles y más caros los préstamos de obras de otras instituciones”; preparar al visitante para que entienda lo que expresan las obras de arte, “porque la pérdida de la cultura religiosa se nota mucho, y sin ese conocimiento no se entiende el museo.  Además, actualmente la mayoría de nuestros visitantes son extranjeros, y no conocen nuestras raíces y nuestra historia, imprescindibles para disfrutar al máximo del arte que cuelga de nuestras salas”.

El Prado del presente y del futuro se abre ya a los temas sociológicos candentes en la calle, como las cuestiones de género. En 2020, por ejemplo, expondrá bajo su techo la primera exposición dedicada a la presencia de la mujer en la pintura del siglo XIX, “que estoy seguro que va a ser una muestra sorprendente”.

Modernidad y tradición

Conviven hoy dentro de estos veteranos muros la pintura renacentista de Fra Angelico y los hierros humanos contemporáneos de Giacometti. El Prado es un diálogo entre todo lo que ha sido y todo lo que será. Entre todo lo que ha sido España y todo lo que será nuestro país. Para que nadie se pierda, explicaciones sencillas pero esenciales acompañan a cada obra. Audioguías en ocho idiomas acercan sus entrañas al mundo entero. Circuitos adaptados a públicos diferentes pueden descargarse desde su página web. Un museo abierto. Un museo listo para salir del museo.

El Prado influye en la cultura española y en el arte universal. Su prestigio -cuenta Úbeda- hace que su voz se oiga también fuera. Su acierto ha sido escuchar antes que proponer y esforzarse cada curso en hacer propuestas tan atractivas que más de 40.000 personas por el mundo portan con orgullo su carné de Amigos del Prado. Es un buen reflejo de cómo la responsabilidad social se hace cómplice de sus referencias culturales para sostenerlas entre todos. Aquí caben entendidos, novatos, mayores, escolares, españoles, extranjeros. Abierto al mundo y al futuro, el Prado navega rejuvenecido las aguas de todos sus tiempos.

Entre sala y sala, contemplando y escuchando, entre la boca abierta y las preguntas, hemos andado por este museo cinco estrellas conversando sobre la historia y sobre las esperanzas de avance que albergan las personas que dirigen con batuta futurista una institución cultural de este calibre. Un lujo estético. Salimos por la puerta de Los Jerónimos. Quedan unos minutos para que el Prado abra sus puertas de par en par y la cola de visitantes da la vuelta al edificio. Se nota la impaciencia, las ganas de dejarse sorprender por la estética, la ilusión de poner un pie en este punto de ignición universal de la Historia del Arte. Un guitarrista callejero anima la espera tocando los acordes de Entre dos aguas. Las aguas de los 200 años. Las aguas de la eterna juventud de un Prado en permanente efervescencia.

CINCO GUIÑOS AL AYER Y AL MAÑANA

Cada vez que le preguntan a Andrés Úbeda, director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado, cuáles son sus cuadros preferidos, elige opciones diferentes. Todo depende del contexto. Hay mucho donde elegir y no se pueden poner puertas al campo de la belleza. Hoy le hemos pedido que nos presente sus cinco propuestas que reflejen bien la tradición y la modernidad que rebosan de estas paredes. En mitad de junio, casi en el ecuador del bicentenario, estas son sus elecciones para los lectores de Influencers:

1. Sala de El Bosco. Más que El Jardín de las Delicias, Úbeda se queda con la sala entera, donde también brilla con luz propia el Tríptico del carro de heno. Apuesta así “por la singularidad del pintor, que hace lo contrario a lo que muestran el resto de artistas del museo al exponer pinturas religiosas que no lo parecen, porque él no se fija en lo imitable, sino en la rechazable”. La exposición de 2016 con motivo del quinto centenario de la muerte de El Bosco ha sido la más visitada de la historia del Prado, al menos desde que se registran los datos de audiencia.

2. Vestir el Prado. Más que una obra que cuelgue de las paredes de esta casa, Vestir el Prado es el origen de una coyuntura: en plenos festejos del bicentenario, los desperfectos del granito que corona el edificio requirieron una intervención urgente. Los andamios conquistaron el exterior “y haciendo de la necesidad, virtud” se colocaron lonas q ue ilustran detalles de telas pintadas que forman parte de las grandes obras maestras del museo. Al final, el edificio se ha vestido de modernidad casi por accidente, y el Prado logra uno de sus objetivos prioritarios: sacar su arte al exterior para que nadie permanezca ajeno a la belleza que late dentro. Estas lonas se han convertido en una obra efímera costeadas íntegramente por El Corte Inglés.

3. El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Esta obra de Antonio Gisbert de finales del siglo XIX se ha convertido en un icono del 150 aniversario de la nacionalización del Prado. Úbeda personaliza en este lienzo el interés del museo por hablar de frente a todos los españoles, “porque cuenta la historia de un patriota, de una persona que fue un héroe por su país y, por tanto, un personaje reivindicable para la Historia de España”. Es el único cuadro encargado por un presidente del Gobierno -Sagasta- exclusivamente para el Museo del Prado. La sala que acoge este cuadro de amplias dimensiones ha sido contextualizada con otros lienzos y objetos que explican la historia de Torrijos.

4. Juan Bautista de Muguiro. Retrato ubicado en la sala de los fusilamientos de Goya. Se trata de una obra pintada en 1827, un año antes de la muerte del consagrado artista, “y que, sin embargo, recoge toda la técnica del pintor, y todas sus ganas de vivir. Es un cuadro que refleja bien que Goya fue un pintor que no se resignaba a dejar de aprender”.

5. Sala 12. Giacometti invade con naturalidad el espacio de Las meninas. Terminamos este recorrido peculiar por el Prado en la sala 12, que lleva más de un siglo ocupada por las grandes obras de Velázquez. En las paredes de este óvalo, además de Las meninas, reyes, reinas y príncipes ecuestres deslumbran en la sala. En medio, una intervención agresiva que resulta muy natural. Sobre una tarima circular, esculturas de Giacometti campan a sus anchas como si estuvieran aquí desde hace mucho tiempo. La convivencia entre modernidad y tradición del Museo del Prado se expresan solas contemplando este diálogo artificial que es un desiderátum de los dirigentes del museo hecho arte.

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