Palabra, valentía, frío, distancia y acero

Me parece lista, interesante, capaz y necesaria. Es culta, está por encima de la media -que está por debajo de la media-, es valiente, y va a contracorriente en un mundo adicto al rebañeo. Hablo de Cayetana Álvarez de Toledo.

Mis peros al olmo:

Imagen: parece una mujer fría y distante que empatiza poco por dentro (su partido, otros compañeros de profesión) y por fuera (la calle). Romper ese hielo derretiría, quizás, el mote de marquesa. Imagínense a Cayetana con guantes de nitrilo y una mascarilla que baja a tirar la basura. Álvarez de Toledo proyecta una imagen de perfeccionismo-TOC y es difícil empatizar con un polo de Avidesa. La escuchamos valiente y aguerrida. La vemos como insegura con el cuidado obsesivo de su imagen. Hágase un Martínez-Almeida: hágase voluntaria de Cáritas o pasee por Villaverde. Si lo suyo son solo los análisis y los dardos de la palabra, la sabiduría popular la relegará a una biblioteca. O a un Instituto Cervantes. La vemos como una mujer para los momentos heroicos -voy a TV3 y la lío parda, me meto en las bullas sin que me tiemblen las piernas-, hecha solo para los momentos heroicos. Ofrézcanos momentos ordinarios. Un paseo. Una cerveza en terraza. Incluya humanidad en su política de acero.

Actitud: Tú me llamas marquesa en Boston, yo te mando al California del FRAP saltándome muchos pasos de prudencia en la misma jugada. Basta un gesto así para embadurnar de soberbia una trayectoria política. Porque ella lo tiene más difícil que muchos mediocres que juguetean en el Congreso. Debe asumirlo. Controlar su genio es un reto. Debe preparar sus intervenciones igual, pero cambiando el público objetivo. No le hable solo a Carmen Calvo. Hable a la gente de la calle que la ve distante, muy lustrosa en lo verbal, poco habitual en los hechos. Ir por libre en un partido es una apuesta sensata para la opinión pública, pero hágalo ganándose a su gente. Probablemente, muchas de las zancadillas que le ponen procede de su gente. Demuestre que es inteligente no solo en el uso de la palabra. Y pida perdón: eso lo humaniza todo casi instantáneamente. Podemos entender que tenga carácter, pero no que no sea capaz de mejorarlo. Porque, en el fondo, los ciudadanos entienden que un político que no admite sus errores, es incapaz de ver la realidad con honestidad. Y dé las gracias. ¿Le tienen demasiado respeto sus colaboradores más cercanos? ¿Alguno se acerca de cantarle las cuarenta con respeto? Dar las gracias sin que suene a ironía es un arte lleno de autenticidad.

Sinceramente, pienso que es la persona más preparada para ser portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados. Pero o derrite el hierro sin derretir sus esencias, o quemará sin querer todo lo que toca. A la cabeza y a la voluntad, unas gotas de corazón y justa vulnerabilidad le sientan a la perfección.

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