Hijos del relativismo

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La búsqueda del sentido de la vida progresa en la biografía de cada persona. A la vez, fuera, en el camino, el relativismo engorda sin piedad. La verdad no existe. El bien es subjetivo. La belleza es discrecional. Y punto. Una bomba en los cimientos. Un puro. Y miles de insatisfacciones cristalizadas en tensión interior, dialéctica hegeliana tuitera, depresiones, risitas, soledades, mentiras, mal, feísmos.

El relativismo es una higa a la sed de felicidad que naufraga ante la debilidad del hombre para amar, y sufrir, por conquistar las verdades como puños. Es una duda adolescentemente madura que evita cualquier compromiso para justificar una vida veleta asentada en un mojón de arena movediza.

El relativismo es una enfermedad de la razón aquejada de afectuosismo patológico que impide a la voluntad elegir el recto –y difícil- camino de la conciencia.

El relativismo es un monstruo que viene a verme con ira postergando el romanticismo de la vida a un pesimismo existencial lleno de preguntas sin respuestas por voluntad propia y por insistencia ajena.

Del relativismo absolutista nace el lema de las sociedades unidas sólo por la virtualidad de las redes: yo hago lo que me da la gana, yo pienso lo que me da la gana, yo te mando a dónde me da la gana. Piérdete. Muérete. No me importas.

El relativismo era un arma contra el dogma y se ha convertido en una mina contra los principios. Y ahora el dogma inexorable de lo política y asfixiantemente correcto es elegir entre ser relativista, o ser medieval, integrista, apostólico y romano…

La posverdad con la que se nos llena la boca es hija del relativismo. No nos echemos las manos a la cabeza cuando comprobamos que ya es mayor, que está juguetona y displicente, que se ha rebajado la falda para enseñarnos sus carnes. Y que sus carnes expresan su esencia: mentiras.

El falso diálogo social es otro de sus hijos legítimos, amante del postureo, desmelenado y locuaz, que conversa con un puñal en la mano y una sonrisa de metal que también se clava por la espalda. Sólo el desvergonzado relativismo es capaz de vender la confrontación a hierro como diálogo tolerante.

La simple autenticidad es hija de sangre. Pava. Tonta. Yo soy así. Soy súper auténtico. Arriba mi yo mismo. Abajo el mundo.

El exhibicionismo de la intimidad. Otra. La hija casquivana que retrata con su despelote la insoportable levedad del ser sólo cuerpos.

El libro de familia del relativismo es una enciclopedia de problemas contemporáneos que perderán la batalla. Lo augura la esperanza. Otros prefieren pensar que la familia del relativismo es la reina del mambo. OK. Nunca es tarde para huir de Neverland.

(Publicado en Palabra, marzo 2017).

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