Fotografía maravillosa de Patricio Sánchez-Jáuregui.
Lleva dos décadas prodigiosas en la palestra del humor. Entre Kandinsky y La Mancha. Un “bufón” con pajarita, hijo de José Luis Cuerda, Faemino y Cansado y los Monty Python. De “el trío de Albacete” a La hora chanante y Muchachada Nui. Sigue en el tajo de la tele llevando el dandismo manchego al sumum de la parodia. Y, entre paletadas de cemento armado, afloran verdades como puños: las que dice un ferviente devoto de las novelas rusas y un enamorado del mid century americano. Sin hueco para las guerras frías. Humanista “de gama baja”, dice. Estudió Bellas Artes y hoy es retratista en 360. Actor: “Antes hacía de tontico, ahora, de gestor”. Reyes es siervo de la comedia con duende. Vanguardista. Todo empieza riéndose de sí mismo, y después, de los pies de foto del Hola y de los aprietos escatológicos. Familiar, con sus noches de bohemia de pinchadiscos y sus credos firmes. Lector. Escritor. Persona sobre personaje. Buenagente punto es.
Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) es poeta, crítico literario, escritor, profesor, columnista, traductor y padre. Con asiento en Cádiz y aroma del tiempo. Un vino generoso y fino de los de Jerez, que no es cualquier blanco. Con denominación de origen e indiscutible en su autenticidad. Es, sobre todo, un tipo que viene reflexionado de sí mismo y de los instantes, con la mirada experimentada sin contagio de cinismos.
En marzo da a luz un nuevo libro de poemas: Inclinación de mi estrella. En mayo saldrán sus poesías completas –Verbigracia– en La Veleta. Que por mayo, era por mayo entrará, también, en la Real Academia Hispano Americana con un discurso sobre José María Pemán.
Este tedeahache literario palpita más asuntos pendientes a corto plazo: está cerrando “un ensayito” sobre el sentido del humor del Jesús evangélico: La gracia de Cristo. Además, prepara un volumen que recogerá artículos largos y ensayos cortos sobre pensadores que se han opuesto a la sociedad líquida, de John Henry Newman a François-Xavier Bellamy: Los antiposmodernos. En toda esta recámara de horizontes de imprenta están sus mareas y su orilla.
Así vibra la primavera de este hombre-orquesta de las letras en ristre. En ebullición. En plena cuesta de febrero, con los cerezos en flor, subimos por el albero de los versos, los senderos de la prosa, el asfalto de la realidad y los mares del sur, bajo el cielo de siempre. Entre risas y rimas, entre veras y veremos, paseamos por las dunas con un chestertónico pemaniano que se agarra “a la verdad y a la luz”. Sin miedo a meternos en la harina de cada costal.
Isabel Díaz Ayuso ya es icono pop en el madrileño barrio de Salamanca. En la esquina entre la calle Recoletos y el paseo de la Castellana, la presidenta de la Comunidad de Madrid posa en las paredes de un restaurante, de frente, en un muro entero de 4,5 por 3,5 metros travestida de estatua de la libertad y con el rayo de David Bowie atravesando el lado izquierdo de su rostro.
Un kamikaze zen. El blanco de muchos odios negros en esa profesión supuestamente corporativista de la que usted me habla. Fue reportero en Corea del Norte, Siria y Birmania, entre otros huecos del mapamundi. Ha visto lo barata que está la sangre del periodista de guerra y lo lejos que están de las redacciones los suspiros de la gente que sufre en el lado oscuro de la aldea global. Fue el tercer hombre de El Mundo, pero duró poco más de 365 telediarios. Un tipo curtido en los conflictos vio que las bombas lapas estaban en su despacho. Escribió su sentencia de marginación cuché con El director, pero aquel yo-acuso ha sido un bestseller y se hará película. Fue el tercer hombre de El Mundo asaeteado por la furia de Rajoy. Ha vuelto a las librerías. El corresponsal huele a napalm con la venia de Planeta. Sigue escribiendo en las páginas de The New York Times mientras espera el santo advenimiento de la regeneración del periodismo español. Confía en los millennials la misión que han vendido los crónicos gerifaltes de esta profesión.
Diez ediciones sin psicofonías del más allá. Muy acá, Ángel Martín abre su historia clínica mental al vulgo en Por si las voces vuelven. Diez ediciones en tres meses. Las pastillas y los consejos de Psiquiatría ahora tienen, además, un libro de compañía. El Ángel caído ha caído y vuela alto. El hombre orquesta del entretenimiento da un concierto de fortaleza con la música de su debilidad. El drama en mitad de la comedia se ha convertido en espejo. De Sé lo que hicisteis a No sé qué me pasa, pero me lanzo al reset. Presentador con gancho. Humorista con retranca. El guionista de Siete vidas anda en busca de una propia que merezca la pena y la comenta en estas páginas-trampolín. De Dar cera a pulir alma. En su viaje hacia volver a empezar hace parada y fonda en saber escuchar. El reportero más vertiginoso del momento tiene prisa por no perder ni un instante. De la oscuridad ha salido un brote. Del arrebato psicótico ha salido otra estrella. La luz que sale del armario ilumina de esperanza más historias negras.
Jesús Vidal cumplirá en febrero 47 primaveras y mantiene esa mirada firme que contempla el horizonte con audacia. Actor, escritor, periodista, poeta, cine, teatro, drama, comedia… Tutifruti de talento. Fue el Actor Revelación de los Goya de 2019 por su papel en Campeones. Aquel bello baloncesto de Fesser le puso en el epicentro del terreno de juego, aunque él ya venía rodado del teatro. Desde entonces, y a pesar de la pandemia, da juego en comedias, series y dramas de escena.
Sueña con tener los dos pies en las cumbres del cine español: rodar con Almodóvar, con Segura, con Álex de la Iglesia, con Bollaín, con Amenábar… Desde pequeño puso el ojo en contar historias en multiformato y sus altas capacidades interpretativas le han traído hasta el podio. Ha conseguido verse con soltura en el séptimo arte sin otear demasiadas barreras. Vidal ve poco, pero vive y trabaja con los ojos como platos.
Unos días antes del verano, a Juan Manuel Parra le explotó la cabeza por dentro. Da igual que mida 1,87 metros, que esté fuerte y que nunca antes en sus 49 años de vida hubiera atravesado una crisis de salud mental. Después de cinco olas de covid, una primera de locura “que he olvidado en una especie de amnesia selectiva”, mucha imprevisión, falta de medios, unas jornadas de trabajo elefantiásicas, un clima laboral en tensión y muy pocas luces al final del túnel, el doctor Parra lleva seis meses con una depresión originada por burnout: el síndrome del profesional quemado que va camino de convertirse en la próxima epidemia, esta vez dentro del sistema sanitario español.
Tras medio año de baja, entre los algodones de psiquiatras y psicólogos del Programa de Atención Integral al Médico Enfermo, Juan Manuel esprinta para volver a su servicio de Urgencias del Hospital de Alcorcón, donde se formó como urgenciólogo y donde lleva quince años trabajando con una vocación como el templo del Ministerio de Sanidad.
El sueño americano de este murciano es fruto de la suerte, el talento y la caridad. Llegó a las columnas sin más padrinos que Facebook. Se asentó en El Confidencial. Ha tonteado con otras cabeceras y algunos se lo han quitado de en medio porque no saben manejar voces libres que se pasan los años antes de la crisis de los 40 defendiendo la libertad de expresión como un vaquero y de verdad. Su último ensayo viene con soga para ahogar los tabúes que asfixian la democracia liberal: La casa del ahorcado. Fue Umbral. Quiere a Juan Manuel de Prada. Admira a Ana Iris Simón. Avanza en el extrarradio de las burbujas periodísticas. Infancia nómada con capital contemporánea en Barcelona. Habla exhalando fumatas blancas. Tinta y café en las venas con trasiego. Ateo jodido. Escritor. Sencillamente nítido. “Pero lo más importante es que mi mujer se llama Andrea y mi hijo se llama Alejandro, que no se os olvide”.
Gregorio Luri (Azagra –Navarra–, 1955) no es mediador matrimonial ni psicólogo de parejas. Por si le ha atraído el titular y buscaba un terapeuta discursivo para sentar en su sala de estar. Pero es un filósofo, pedagogo y ensayista español con alta presencia pública entre columnas de hoy, reflexiones de ayer y libros para siempre que casaría muy bien en un sillón de su casa o en una esquina de bar donde no haya mucho ruido ambiente.
La opinión pública le concede el grado de experto en Educación, porque es licenciado en la materia, porque ha sido maestro de primaria, profesor de bachillerato y docente universitario, y, sobre todo, porque ha pensado mucho en todo lo que él mismo ha vivido en todos los niveles de ese pilar del Estado del Bienestar donde nos enseñan a ser mejores personas entre agujeros negros.
Es un humanista, analista, reflexivo pensador, natural, sencillo, realista, optimista. Veterano en la divulgación de lo positivo, acostumbrado a sortear la tentación de empuñar el martillo de herejes azuzando con la propia ortodoxia y dispuesto a construir algo sólido sobre cimientos que no sean posverdades líquidas diseñadas en el metaverso ideológico.
Es optimista, entre otras cosas, porque casi todos los días, a eso de las 10.30, sale a tomar el sol del Mediterráneo cuando brilla por El Masnou, entre Barcelona y Mataró. Desde una de sus plazas me responde hoy mientras mira al infinito a contraluz, como se intuye en la entonación de sus respuestas. A su vera, un libro. De frente, el horizonte del mar que fluye, pero en modo Demócrito: aspergiendo ilusiones sin atisbos de decepción con la humanidad. Apostrofa él: “Hoy, más que nunca, es urgente proyectar optimismo. Pase lo que pase, que la esperanza sea la última palabra que sale de nuestra boca”.
Tiene 32 años y una mirada firme. Es uno de los pianistas españoles noveles mejor valorados por la crítica. Con seis años puso el ojo en la tecla y disparó una carrera vertiginosa. Nueva York, Londres, Barcelona, el mundo. Cambra podría verse en la cumbre de la música sin barreras, pero la melodía de su vida le lleva también a otras partes. Ha cursado el Programa Executive MBA del IESE y ha entendido que su futuro está entre el arte que lo embellece todo y los negocios que pueden envolver la sociedad con partituras prósperas. Cambra no ve, pero suena.